Hay una forma de saber que el receso legislativo está por terminar en México y no es el calendario, sino el ruido: llamadas que se multiplican entre San Lázaro y Reforma, coordinadores que de pronto tienen la agenda llena, y esa sensación, ya conocida por quien sigue de cerca al Congreso, de que todos empiezan a calentar motores al mismo tiempo. Este año el rugido se escucha más fuerte de lo habitual. El 1º de septiembre arranca el penúltimo periodo ordinario de la LXVI Legislatura, y coincide, no por casualidad, con el Segundo Informe de Gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo. Dos calendarios que se cruzan y que obligan a cada bancada, en Diputados y en el Senado, a definir agendas y posturas.
Quien mejor ha entendido la dimensión del momento es Ricardo Monreal Ávila. Al frente de la bancada mayoritaria de Morena en San Lázaro, el coordinador no esperó a que sonara la campana de regreso a clases legislativas: convocó a una plenaria para el 30 de agosto, dos días antes de que el pleno reanude actividades, con un gesto que dice mucho sobre cómo se está armando el tablero. No será una reunión cualquiera de grupo parlamentario. Monreal invitó a integrantes del gabinete presidencial —entre ellos la secretaria de Gobernación, Rosa Icela Rodríguez; el titular de Economía, Marcelo Ebrard; el secretario de Hacienda, Edgar Amador Zamora; el canciller Roberto Velasco, y la consejera jurídica, Luisa María Alcalde— para poner sobre la mesa los temas que definirán al Poder Legislativo en los próximos meses.
La lista no es corta. Se habla de alrededor de treinta asuntos pendientes y de al menos diecinueve iniciativas que la coordinación morenista considera prioritarias, desde ajustes en materia económica hasta la tensión comercial con Estados Unidos y Canadá, un tema que, según el propio Monreal ha reconocido, exige la opinión directa de quienes negocian esos frentes desde el gabinete. Hay también, debajo de la superficie legislativa, otra conversación que a nadie sorprende: la del relevo interno rumbo al proceso electoral de 2027, que empieza a definir liderazgos dentro de Morena casi al mismo ritmo que se discuten las leyes. Monreal lo ha dicho sin muchos rodeos: la mayoría respaldará la agenda de la presidenta, pero también reconoce la presión de cerrar bien un año que es, para su bancada, el último con margen amplio de maniobra antes de que el calendario electoral empiece a comerse la atención de todos.
El resto de las bancadas no se ha quedado callado, aunque hable con acentos distintos. Desde el PAN, la diputada Kenia López Rabadán ha advertido que al Congreso lo espera “una agenda amplia, compleja y de enorme trascendencia para el país”, y ha insistido en que ese volumen de trabajo —más de mil cuatrocientas iniciativas acumuladas durante el receso, según cifras que ella misma ha manejado desde la Comisión Permanente— exige responsabilidad antes que prisa.
En el PRI, Rubén Moreira encabeza una bancada aguerrida y decidida a no pasar inadvertida, mientras que en Movimiento Ciudadano la coordinadora Ivonne Ortega en Diputados y Clemente Castañeda en el Senado preparan su propia narrativa, la de un partido que se asume como tercera vía frente a la polarización entre Morena y el bloque opositor tradicional.
Lo interesante es que ninguna bancada actúa realmente sola. Cada reunión previa, cada plenaria, cada entrevista de coordinador parlamentario es también un mensaje hacia adentro y hacia afuera: hacia sus propias filas, para ordenar prioridades y evitar sorpresas en la tribuna; y hacia la opinión pública, para dejar claro quién controla el ritmo de la conversación nacional antes de que empiece formalmente. Que Morena decida sentar a la mitad del gabinete en una reunión previa al periodo ordinario no es solamente logística legislativa: es una forma de subrayar, con hechos, que el Poder Ejecutivo y el Legislativo caminan por el mismo carril, algo que en otros momentos de la vida institucional del país no siempre fue tan evidente ni tan deliberadamente exhibido.
Falta ver, claro, si el ruido de motores se traduce en kilómetros recorridos. México ha visto periodos ordinarios que arrancan con enormes expectativas y terminan diluidos entre la negociación política y el desgaste natural de los últimos tramos de una legislatura. Pero hay algo distinto en este cierre: es, para buena parte de quienes hoy ocupan una curul, la última oportunidad real de dejar huella legislativa antes de que la mirada de todos —diputados, senadores, coordinadores y hasta la propia presidenta— se desplace inevitablemente hacia las urnas de 2027. Por eso las bancadas calientan motores con tanta anticipación. Saben que el tiempo legislativo, a diferencia del político, no perdona prórrogas.
@jlcamachov