Durante años las mujeres mexicanas nos preguntamos: ¿cuándo llegará una mujer a la Presidencia? Y el momento llegó.
También nos preguntamos cuándo habría más gobernadoras, más legisladoras, más secretarias de Estado, más mujeres tomando decisiones. Y eso también ya ocurrió.
México avanzó en paridad, hasta convertirla en una obligación constitucional. La presencia de mujeres en la política dejó de ser una excepción y comenzó a formar parte de la normalidad democrática.
Entonces quizá toca cambiar la pregunta, porque una cosa es que las mujeres lleguen al poder y otra, es que puedan ejercerlo sin que constantemente se les cobre el precio de ser mujeres.
El poder sigue teniendo género
A un hombre poderoso se le puede considerar autoritario, soberbio, ambicioso o incluso insoportable. ¿Es un tema patriarcal? Con una mujer no se percibe en el mismo sentido. Si muestra ser firme, es “mandona”, si negocia muestra “debilidad”, y si se equivoca, su error rápidamente se convierte en una prueba de su falta de preparación.
Para las mujeres, la ambición política debe ser justificada, para los hombres no.
Las mujeres en la política han sido atacadas durante décadas no sólo por sus decisiones, sino también por su vida personal. El tiempo ha pasado, las instituciones han cambiado y la paridad ha avanzado, pero hay algo que permanece: la reputación de una mujer sigue siendo una de las armas más fáciles para desacreditarla políticamente.
Ese es uno de los grandes problemas que todavía no hemos resuelto: hemos cambiado quién ocupa la silla, pero no siempre hemos cambiado la forma en que juzgamos a quien se sienta en ella.
La paridad consiguió abrir la puerta, pero abrir la puerta no significa necesariamente cambiar las reglas de la casa.
La política no se volvió menos violenta porque haya más mujeres
De hecho, mientras aumenta la participación política de las mujeres, también persiste la violencia que busca expulsarlas, desacreditarlas o limitar su capacidad de ejercer el cargo.
El propio INE reconoce que la violencia política afecta a las mujeres no solamente cuando son candidatas, sino también cuando ocupan cargos públicos o participan en los partidos.
Y ahora el problema tiene una nueva dimensión, gracias a la inteligencia artificial puede fabricar una fotografía, un audio o un video que nunca existió.
Eso significa que una campaña de desprestigio puede dejar de necesitar siquiera una mentira convincente. Puede necesitar únicamente una herramienta tecnológica y unos cuantos minutos.
De cara a 2027, especialistas ya advierten sobre el uso de deepfakes y ataques digitales contra mujeres que participan en política. La violencia política también se está modernizando, y la pregunta es si nuestras instituciones lo están haciendo al mismo ritmo.
El caso Sinaloa dice mucho más de lo que parece
Esta semana, Graciela Domínguez asumió como gobernadora interina de Sinaloa después de la salida de Rubén Rocha Moya.
Domínguez llega a gobernar un Estado atravesado por una profunda crisis de violencia, con miles de homicidios y desapariciones acumulados durante la crisis de seguridad. Pero, ¿Estamos dispuestos a exigirles exactamente lo mismo que a los hombres?
Porque tampoco se trata de construir una política donde a las mujeres se les coloque en una especie de vitrina de cristal. Las mujeres no necesitan cargos públicos para demostrar que son mejores que los hombres. Necesitan poder ser políticas con sus acierto, errores, ambiciones, criterio, carácter para la toma de decisiones, incluso con sus fracasos.
Si cada error de una mujer se convierte automáticamente en un argumento contra todas las mujeres, entonces nunca estamos evaluando a una política: estamos evaluando al género completo.
Y eso también es una forma de desigualdad.
El verdadero salto todavía no ocurre
Quizá el siguiente paso de la participación política de las mujeres no consiste en contar cuántas llegaron; más bien, consiste en preguntarnos cuánto poder tienen realmente cuando llegan. Quien realmente toma las decisiones, controla los recursos, quien construye las candidaturas, negocia dentro de los partidos y decide sobre las listas.
Porque la representación numérica importa, pero no es suficiente; podemos tener muchas mujeres sentadas en una mesa y seguir teniendo una mesa diseñada por hombres. Y eso marca la diferencia.
La discusión sobre paridad debería evolucionar precisamente hacia ahí: de la presencia a la influencia; de la fotografía al poder real.
El INE ha comenzado a hablar de una paridad sustantiva, es decir, no solamente de que las mujeres estén presentes, sino de que los principios de igualdad orienten la manera en que se integran y conducen las instituciones públicas. Sin duda ese es el verdadero reto.
Porque si bien, ahora México puede presumir que tiene una mujer Presidenta, que la paridad está en la Constitución; puede contar gobernadoras, senadoras, diputadas, alcaldesas y funcionarias. Pero una verdadera democracia tendrá que llegar a otro punto.
Al momento en que una mujer pueda ejercer el poder sin que cada decisión sea interpretada como una prueba de que las mujeres pueden o no pueden gobernar.
Ese será el verdadero cambio: cuando una mujer pueda ser brillante sin que la llamen arrogante, pueda negociar sin que cuestionen su autonomía, pueda equivocarse sin que su error se convierta en una condena colectiva.
Y, sobre todo, cuando podamos dejar de hablar de “las mujeres en el poder” y simplemente hablar de poder.
Las mujeres ya llegaron, pero, ¿la política mexicana ya está preparada para dejarlas ejercerlo?