En México, el silbatazo final ya no lo da un árbitro; lo da el estruendo de los bloqueos o el silencio sepulcral de una carretera que nadie se atreve a cruzar. Lo que vivimos no es solo una crisis de seguridad; es el colapso de la última parcela de normalidad que nos quedaba: el deporte.
El sector profesional, que mueve millones y parece blindado, se dobló. El “Código Rojo” en el occidente del país dejó las gradas vacías. No fue por falta de afición, sino por falta de garantías. La Liga MX reprogramó el Querétaro contra Juárez, mientras la Liga MX Femenil suspendió el Clásico Nacional entre Chivas y América. Lo mismo ocurrió con la Liga de Expansión y la Liga Mexicana de Softbol. Cuando el “Clásico de Clásicos” no puede jugarse porque los traslados son una sentencia de riesgo, el mensaje es claro: el Estado ha perdido el control de las vías.
Pero el daño al deporte estudiantil y amateur es una herida silenciosa. Miles de padres en Guanajuato y Zacatecas cancelan viajes de ligas infantiles. El temor ya no es perder el partido, sino no regresar a casa. En Celaya y Salamanca, el tejido social de las ligas de barrio ha bajado la cortina. No hay trofeo que valga la vida de un joven que sueña con una beca. El deporte estudiantil está paralizado; las escuelas prefieren el forfait administrativo que el riesgo del asfalto.
Economía de la Parálisis
Esta pausa forzada no es solo una tragedia social, es un boquete financiero. Para los clubes locales y las pequeñas ligas, la suspensión de actividades es una asfixia económica inmediata. Un fin de semana sin jornada amateur en una ciudad mediana representa pérdidas en cascada: desde el arbitraje que vive al día, hasta los proveedores de uniformes, mantenimiento de campos y transportistas locales.
En el ámbito profesional, el costo operativo de reprogramar un partido (hotelería, logística de transmisión y salarios) erosiona las finanzas de equipos que ya operan bajo presión. Para el comercio informal que rodea los estadios, una jornada suspendida es comida que falta en la mesa. El deporte es un motor económico de base que, al detenerse por el miedo, profundiza la crisis en las comunidades más vulnerables.
Nos estamos acostumbrando a que los estadios sean búnkeres y los campos de barrio terrenos baldíos. A meses de que el mundo mire a México por el Mundial 2026, la realidad nos escupe: no podemos asegurar un partido de softbol en Zapopan. La pelota no se mancha, decían; pero hoy en México, la pelota no rueda porque el miedo juega de local y siempre va ganando por goleada.