He leído con mucha reflexión todo lo que se ha compartido aquí, y coincido profundamente con la impotencia y la frustración de no poder hacer más… por ahora.
Pero también nos queda algo muy claro: muchas hemos tenido en nuestras manos la oportunidad de hacer lo correcto o hacer “lo que se puede”. Y como mujeres, sabemos que lo correcto casi siempre ha sido posible únicamente cuando estamos en colectivo. Porque el sistema patriarcal está diseñado para invisibilizarnos, debilitarnos, hacernos sentir pequeñas, impotentes y sin opciones.
Es en colectivo donde encontramos el “cómo sí”. Y ese “cómo sí” siempre existe. Siempre.
Ese camino depende de nuestra brújula moral, de nuestra empatía y de nuestra sororidad. De eso se trata.
Estoy convencida de que a los señoros les acomoda cambiar todo para que, en el fondo, todo siga igual. Por eso históricamente nos han querido separadas, aisladas, contenidas.
Claro que debemos llegar al Poder Legislativo para cambiar leyes.
Claro que debemos llegar al Ejecutivo para transformar programas y presupuestos.
Claro que debemos llegar al Judicial para garantizar justicia.
Pero si no partimos de una pregunta esencial —¿para qué quiero llegar?— todo se vuelve letra muerta.
Si una mujer llega al poder sin entender que enfrenta un sistema que urge transformarse, entonces no ocupa ese espacio para cambiarlo, sino para sostenerlo. Para simular que hay representación, aunque no haya compromiso con las mujeres.
Sí, las consecuencias de no alinearse al sistema son reales: señalamientos, aislamiento, ataques, descalificaciones. Intentarán regresarte “al carril”. Pero también es cierto que nuestra responsabilidad es mayor: representar a quienes no pudieron estar, a quienes fueron silenciadas, violentadas, desaparecidas.
Y eso no es negociable.
Hacer lo correcto no debería ser un acto extraordinario, pero hoy lo es. Por eso necesitamos mujeres con inteligencia, con convicción y con claridad de propósito. Mujeres que sepan encontrar el “cómo sí”: en una ley, en una aliada, en una estrategia, en una voz.
Porque el sistema no va a ceder por voluntad propia.
Cambiarlo implica estar despiertas, preparadas y profundamente comprometidas. Implica tener el corazón puesto en hacer historia.
Lo demás es lo fácil: volverse una pieza más de un tablero que no fue diseñado para nosotras.
En lo personal, siempre elegiré caer de pie, defendiendo los ideales que me dan sentido. Elegiré el “cómo sí”, el colectivo, la dignidad. Nunca el “así se ha hecho siempre”, cuando sabemos que siempre se ha hecho mal.
Ojalá esta reflexión nos lleve a organizarnos más: a hacer foros, pronunciamientos, a alzar la voz, a tomar espacios, a señalar lo que todas sabemos.
Porque mientras ellos se cubren entre sí, nosotras seguimos luchando por algo básico: vivir sin miedo.
Y ocupar espacios de poder sin tener esto claro nos vuelve vulnerables frente a un sistema que se resiste a cambiar.