Donald Trump entiende perfectamente la realpolitik o, mejor dicho, la política del “bulleador”. Frente a grandes potencias o líderes de peso -como Putin, Xi Jingping o el régimen iraní- suele modular el tono, negociar o retroceder. Pero con países vulnerables, dependientes o divididos, su lógica cambia: máxima presión, amenazas y exhibición de fuerza. Ahí tenemos los ejemplos de Venezuela, Cuba, Ucrania y, claro, México.
En este sentido, para lograr lo que quiere, Trump entiende que todos los temas se encuentran entrelazados, terrorismo, guerra, petróleo, democracia, aranceles, salud y seguridad pública y sabe que Estados Unidos aún es la hegemonía mundial y lo ejerce de tal manera. Sin embargo, aunque esta “política de bulleador” deja muy mal parados a países de menor peso en el tablero político, algunas decisiones puede que sean favorables.
Como ejemplo está la intervención en Venezuela para detener al dictador Maduro y, en nuestro país, hacerle frente al narcotráfico que durante décadas nos ha hecho tanto mal. Trump cambia el vocabulario para darle sentido a sus acciones y denominar como terroristas a los cárteles permite combatirlos y erradicarlos de una vez por todas.
Estas decisiones tienen muchas aristas, pues desde una perspectiva puede caer en intromisiones e injerencismo, por el otro, es un aliciente a que el gobierno mexicano por fin se decida a actuar en contra de los cárteles y gobiernos locales coludidos. Es por esto que los operativos realizados por García Harfuch no son casualidad.
Así, en Palacio Nacional toman nota de la política de Trump y -ahora sí- deberán continuar con las acciones necesarias para desarticular al crimen organizado y sus lazos políticos o se encontrarán ante un escenario aún más adverso para la negociación del TMEC, puesto que desde Washington no se dejará de presionar con extradiciones -de políticos y funcionarios- y posibles operaciones militares contra grupos criminales.