El municipio de Ocampo tiene más de veinte mil kilómetros cuadrados de territorio. Es mayor en dimensiones que entidades como Hidalgo; sin embargo, tiene menos de 15 mil habitantes. Al desierto lo conocemos como el Chihuahuense y es un lugar de condiciones difíciles para la vida humana. En lo particular, me gusta transitar por sus grandes valles y admirar su naturaleza. El calor del verano puede ser tan insoportable como el frío del invierno.
La lechuguilla es, dice el diccionario, “una especie suculenta”, anteriormente clasificada dentro de la familia Agavaceae; ahora, subfamilia Agavoideae, dentro de las asparagáceas. Eso se traduce en una planta no comestible y de la cual, después de una joda, se saca una fibra que sirve para hacer cuerdas y cepillos. Por otra parte, la candelilla es un arbusto de la familia Euphorbiaceae; eso significa obtener, en medio de ácidos y un calor infernal, una cera que sirve, entre otras cosas, para empacar chicles y hacer productos de belleza para mujeres.
Luis Echeverría Álvarez, en diciembre de 1970, a unos días de haber asumido la presidencia, visitó Cuatro Ciénegas, Coahuila, donde anunció la creación de la Comisión Nacional de Zonas Áridas. El decreto era del día anterior y la dirección general se estableció en Saltillo, no en la comodidad de la Ciudad de México. Por cierto, el presidente regresó tiempo después a la zona, en particular a Ocampo. El objetivo del organismo era apoyar a los habitantes del desierto.
La institución creada durante los últimos años del nacionalismo revolucionario, que sobrevivió a las frías políticas “neoliberales”, no tuvo suerte con las hordas del “charro vengador”. Desde los años de López Obrador, los diputados de Morena votaron disminuciones al presupuesto mayores al noventa por ciento. Le dejaron dinero solo para la nómina y lo que fue una institución aliada de los campesinos más pobres de México —esos de la lechuguilla y la candelilla—, terminó siendo una fachada hueca e inútil.
Con una presencia en más de 20 entidades, durante casi 60 años, Conaza aplicó recursos para una buena cantidad de obras y acciones, desde mejora de agostaderos hasta pequeños trabajos hidráulicos. Sus recursos fueron esenciales para el sostenimiento de muchas comunidades donde viven y laboran familias que se enfrentan al desierto, algunas de ellas las más pobres del país. Una buena parte de esas obras eran de carácter colectivo y no individual.
Hace unos días, la titular del Ejecutivo federal emitió un decreto para desaparecer Conaza. Un conocido miembro de Morena, originario de mi estado, atajó con una “brillante” declaración: “Conaza ya ni hacía nada”. Es evidente la intención de engañar: primero la menguaron y ahora la desconocen. Por lo pronto, los campesinos se quedaron sin apoyos y el dinero público se fue a elefantes blancos. ¿Quién lo iba a decir? Los de Morena se convirtieron en lo que decían odiar: unos neoliberales, pero de cuarta.