Conflicto de lealtades: cuando los hijos quedan enmedio

26 de Agosto de 2026

Conflicto de lealtades: cuando los hijos quedan enmedio

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Rosalinda De León Zamora.

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Foto: EjeCentral

En los conflictos familiares existe una frontera que jamás debe cruzarse: Convertir los problemas entre los padres en problemas para los hijos o hijas. Una separación, un divorcio o una controversia de alimentos no debería convertir a los hijos en mensajeros, jueces, aliados o enemigos de alguno de sus padres, inclusive de los propios abuelos y abuelas.

Cuando un hijo siente que, para querer a mamá o papá, tiene que dejar de querer a alguno de ellos, o que debe estar en contra de uno para estar del lado del otro, estamos frente a un conflicto de lealtades. Los padres pueden terminar su relación, pero los hijos no tienen porqué terminar su relación con ninguno de ellos.

Cumplir 18 años cambia las cosas

Cuando un adolescente cumple la mayoría de edad, existe un momento particularmente importante dentro de estas historias (y juicios) familiares, porque cambia su situación jurídica: adquiere plena capacidad para ejercer sus derechos y obligaciones, además de comenzar a tomar decisiones sobre su propia vida.

Por eso, cuando existe un juicio por alimentos y el hijo alcanza la mayoría de edad, también debe cambiar la manera en que se observa el conflicto. Ya no podemos verlo exclusivamente desde la perspectiva de lo que solicita la madre o de lo que sostiene el padre. También al hijo le toca refrendar el juicio.

¿Qué necesita? ¿Continúa estudiando? ¿Subsisten las condiciones para que tenga derecho a recibir alimentos (casa, vestido y sustento)? ¿Qué quiere respecto del juicio? ¿Qué circunstancias han cambiado desde que inició la controversia?

Cumplir 18 años no significa que desaparezca automáticamente el derecho a recibir alimentos. Por ejemplo, si la persona continúa estudiando o tiene alguna discapacidad, esa necesidad continua, atendiendo a las circunstancias concretas de cada caso.

Pero existe algo todavía más importante: al alcanzar la mayoría de edad, debemos reconocer que ese derecho pertenece a la persona que recibe los alimentos, al hijo o hija.

Equilibrar la balanza sin incluir al hijo

Durante años, una madre o padre puede haber asumido una parte importante de los gastos de alimentación, vivienda, educación, salud, vestido y cuidados. El que una persona haya sostenido buena cantidad de esas responsabilidades no significa que toda la carga deba permanecer sobre ella. Ambos tienen obligaciones, aun los solteros que, ni intención hayan tenido de casarse para tener al hijo o hija.

Hablar de una contribución igualitaria no necesariamente significa que deban aportar exactamente la misma cantidad. La verdadera igualdad busca la proporcionalidad y el equilibrio, tomando en cuenta las necesidades del hijo y las posibilidades económicas de cada “proveedor”.

Algo que muchas veces genera conflictos es: una demanda de alimentos no significa molestar a mamá o a papá; significa hacer valer un derecho. No es romper una relación afectiva, no se muere el amor.

Un joven puede necesitar alimentos y amar a sus padres. Puede exigir el cumplimiento de una obligación y tener una relación sana con quien debe cumplirla. El problema es pensar que esas dos cosas parezcan incompatibles.

Los padres no deben agarrarse a niñazos

Los padres no deben involucrar a los hijos en sus propias batallas. No deben decirles que tienen que pelear con el otro padre, hablarles mal de él o de ella, convertirlos en mensajeros de sus problemas o hacerlos sentir culpables por recibir una pensión. Querer a uno, no significa dejar de querer al otro.

A quien ha vivido una situación así habría que decirle algo que muchas veces nadie se atreve a decir: la culpa no fue tuya. No es tu culpa tener padres separados, que existiera una demanda, que uno de ellos incumpliera o que los adultos no se pongan de acuerdo. Tampoco es tu responsabilidad resolver sus conflictos.

Al cumplir 18 años, existe la posibilidad de ejercer derechos sin sentirse desleal. Hay que poder decir lo que se necesita, tomar decisiones y construir una vida sin cargar con las diferencias de los padres.

La justicia familiar no solamente consiste en determinar quién debe aportar y cuánto debe aportar, también consiste en evitar que los hijos e hijas terminen pagando emocionalmente las consecuencias de los conflictos de los adultos.

Parece trabalenguas: Los padres pueden no ser pareja, pero los hijos no dejan de ser hijos o hijas de sus papás, “de ambos dos”.