Cuando educar también significa desconectar

23 de Julio de 2026

Cuando educar también significa desconectar

Brenda Peña

Durante años asumimos que las redes sociales eran una herramienta más de entretenimiento. Hoy, cada vez más gobiernos las consideran un asunto de salud pública, protección infantil y formación ciudadana.

Ese cambio de perspectiva explica por qué Australia prohibió el acceso a las principales redes sociales para menores de 16 años y por qué Francia acaba de convertirse en el primer país de la Unión Europea en restringirlas para menores de 15.

Lejos de ser decisiones aisladas, ambas forman parte de una discusión que comienza a extenderse. Noruega, Dinamarca, España y Reino Unido también analizan medidas similares para proteger a niños y adolescentes en el entorno digital.

La preocupación no es menor. El aumento del ciberacoso, la exposición temprana a contenidos nocivos, el uso intensivo de algoritmos diseñados para captar la atención y las crecientes alertas sobre la salud mental de niños y adolescentes han llevado a distintos gobiernos a preguntarse si las reglas actuales siguen siendo suficientes. El debate dejó de ser exclusivamente tecnológico; hoy también es educativo, social y familiar.

Francia decidió intervenir. Pero la verdadera pregunta es si una ley puede resolver, por sí sola, un problema que comenzó mucho antes de que un adolescente abriera una cuenta en una red social.

Durante años la conversación se centró en el tiempo frente a las pantallas. Hoy la discusión es distinta: ¿quién está formando el criterio de los menores mientras pasan horas conectados?

Diversos estudios han encontrado una asociación entre el uso intensivo de redes sociales y mayores riesgos de ansiedad, alteraciones del sueño, síntomas depresivos, problemas de autoestima y ciberacoso, aunque los especialistas también advierten que estos efectos dependen de múltiples factores, como el entorno familiar, la personalidad del menor y la forma en que se utilizan estas plataformas. No se trata de demonizar la tecnología, sino de reconocer que su impacto no es el mismo para todos y que requiere acompañamiento.

Lo significativo es que el debate también cambió de responsable. Durante años se asumió que el control correspondía casi exclusivamente a las familias. Hoy varios gobiernos sostienen que las empresas tecnológicas también deben asumir una mayor responsabilidad mediante mecanismos eficaces de verificación de edad, mayor transparencia sobre el funcionamiento de sus algoritmos y herramientas más sólidas para proteger a los menores.
Regular parece una respuesta razonable. Sin embargo, ninguna ley puede sustituir el trabajo que comienza en casa.

Ningún filtro tecnológico reemplaza una conversación. Ningún sistema de verificación enseña pensamiento crítico. Ninguna restricción puede ocupar el lugar de padres que conocen el contenido que consumen sus hijos, establecen límites, hablan sobre los riesgos del entorno digital y acompañan su desarrollo emocional.

Quizá ahí está la reflexión más importante.

Durante años delegamos parte de la educación emocional a una pantalla. Esperamos que los algoritmos entretuvieran, acompañaran e incluso ocuparan espacios que antes pertenecían a la convivencia familiar. Hoy, frente a las consecuencias, comenzamos a pedir que los gobiernos resuelvan un problema cuya raíz también está en la forma en que educamos, supervisamos y acompañamos a las nuevas generaciones.

Eso no significa que la responsabilidad recaiga únicamente en las familias. Las plataformas tienen la obligación de ofrecer entornos más seguros y los gobiernos deben establecer reglas claras para proteger a los menores. Pero también sería un error creer que una prohibición bastará para formar ciudadanos digitales responsables. La experiencia demuestra que los adolescentes suelen encontrar formas de eludir las restricciones tecnológicas, mientras que el criterio, la capacidad de discernir y la inteligencia emocional sólo se construyen con educación y acompañamiento.

Australia abrió la puerta. Francia confirmó que no será un caso aislado. Otros países ya discuten medidas similares y es probable que el debate llegue también a América Latina. Cuando eso ocurra, la discusión no debería reducirse a decidir si prohibir o permitir las redes sociales. La verdadera pregunta será otra: ¿estamos formando jóvenes capaces de convivir con la tecnología o seguimos esperando que una ley haga el trabajo que corresponde a la familia, la escuela, las plataformas digitales y a toda la sociedad?