Cuando gobernar ya no significa convencer

28 de Enero de 2026

Julieta Mendoza
Julieta Mendoza
Profesional en comunicación con más de 20 años de experiencia. Es licenciada en Ciencias de la Comunicación por la UNAM y tiene dos maestrías en Comunicación Política y Pública y en Educación Sistémica. Ha trabajado como conductora, redactora, reportera y comentarista en medios como el Senado de la República y la Secretaría de Educación Pública. Durante 17 años, condujo el noticiero “Antena Radio” en el IMER. Actualmente, también enseña en la Universidad Panamericana y ofrece asesoría en voz e imagen a diversos profesionales.

Cuando gobernar ya no significa convencer

Julieta Mendoza - columna

Si Hannah Arendt viviera hoy, probablemente no estaría revisando mapas de guerra ni estadísticas económicas. Estaría observando algo más inquietante: cómo el poder ha dejado de explicarse y ha empezado a imponerse. Ya no se trata de convencer, sino de decidir y ejecutar. De guerras que se alargan, de liderazgos que no buscan consenso y de sociedades cada vez más agotadas de entender lo que ocurre.

Volver a Arendt en este contexto no es un ejercicio ocioso. La filósofa y teórica política alemana, exiliada del nazismo, y una de las pensadoras más lúcidas del siglo XX, dedicó su obra a analizar el totalitarismo, la violencia y la fragilidad de la democracia, no desde la teoría abstracta, sino desde la experiencia directa del colapso político y moral de Europa. Pensó en el poder para advertir sobre sus derivas.

Por eso su mirada resulta tan vigente en este 2026. El escenario internacional parece confirmar una de sus ideas más incómodas: cuando la política pierde sentido, la violencia, o su amenaza, ocupa su lugar. No siempre con bombas; a veces con sanciones, bloqueos , aranceles y decisiones unilaterales presentadas como inevitables.

Ahí está Ucrania, por ejemplo. La guerra sigue sin una salida clara, convertida ya en una especie de estado permanente del conflicto. Arendt advertía que el verdadero peligro no es solo la guerra, sino acostumbrarse a ella. Cuando el horror se normaliza, la política se empobrece.

Rusia, bajo ese prisma, no gobierna desde la persuasión, sino desde la lógica de la fortaleza sitiada. Todo se explica en clave de amenaza externa. Esa narrativa justifica el control interno, la represión de la disidencia y la prolongación del conflicto. El miedo sostenido, nos dice la filósofa, es uno de los cimientos más eficaces del autoritarismo moderno.

En tanto, China juega otra partida. No invade, pero avanza. No grita, pero condiciona. Su influencia crece a través del comercio, la tecnología, las infraestructuras estratégicas y el control de minerales clave. ¿Puede una sociedad ser próspera, eficiente y estable sin pluralismo político? ¿Por qué se debe desconfiar profundamente de los sistemas donde la vida cotidiana está tan administrada que pensar se vuelve innecesario?.

Estados Unidos, mientras tanto, atraviesa una paradoja. Sigue siendo una superpotencia, pero cada vez parece menos dispuesto a sostener un orden global compartido. La política exterior se ha vuelto transaccional, pragmática hasta el cinismo: apoyo a cambio de lealtad, protección a cambio de beneficios. Las democracias, nos dice la filósofa, no colapsan de golpe; se vacían cuando el espacio público deja de ser un lugar para debatir y se convierte en un campo de trincheras.

Incluso el contexto de Gaza e Israel, cobra otro sentido bajo la mirada de la autora. “El mayor riesgo para las sociedades no proviene de la maldad extrema, sino de la indiferencia, la normalización de lo inaceptable y la renuncia de los individuos a pensar críticamente sobre sus actos y responsabilidades políticas” (Arendt, 1963; Arendt, 1971).

Lo más inquietante no es la existencia de conflictos o autoritarismos —la historia siempre los ha tenido—, sino la fatiga global frente a la complejidad. La tentación de soluciones simples, líderes fuertes y verdades absolutas.

Leer el presente con Arendt no es un ejercicio nostálgico ni erudito; es una herramienta para entender por qué el autoritarismo ya no siempre se presenta con botas y desfiles, por qué la violencia puede normalizarse sin escándalo y por qué las sociedades, incluso las democráticas, pueden dejar de pensar sin darse cuenta. Arendt insistía en algo incómodo pero vigente: el mayor peligro no es el fanatismo visible, sino la renuncia silenciosa a comprender lo que ocurre.