El error en el Museo Archivo de la Fotografía

28 de Enero de 2026

José Pérez Linares
José Pérez Linares
Abogado y Cronista. Ha publicado en Rumbo de México, Diario DF, El Capitalino.

El error en el Museo Archivo de la Fotografía

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José Pérez Linares

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Foto: EjeCentral

Quien camina por la calle de Guatemala, entre la mole solemne de la Catedral y las excavaciones abiertas del Templo Mayor, rara vez sospecha que ese corredor breve y denso contiene una de las zonas más cargadas de historia de la Ciudad de México. A un lado sobreviven fondas que huelen a aceite recalentado y café aguado, librerías donde el polvo reposa sobre las colecciones de la editorial Botas, patios ocultos tras portones coloniales y comercios antiguos que han visto pasar más gobiernos que clientes; al otro, la piedra prehispánica expuesta como herida y como memoria. Por ahí pasan turistas despistados, vendedores ambulantes de estampas religiosas con voz cansada, policías que bostezan al sol de la tarde, cargadores que empujan a toda prisa sus diablitos. Y, en medio de todo esto, sin anunciarse, está la Casa de las Ajaracas.

Es un inmueble virreinal, levantado en una zona donde la ciudad prehispánica aún respira bajo los cimientos, decorado alguna vez con motivos de origen morisco, convertido después en ruina, predio baldío y estacionamiento, hasta que la ciudad decidió rescatarlo de su propia desmemoria. Bajo sus muros hay capas superpuestas: México-Tenochtitlan debajo, Nueva España encima, la modernidad torpe del siglo XX atravesándolo todo y la restauración patrimonial devolviéndole una dignidad tardía.

Ahí funciona el Museo Archivo de la Fotografía. Es un museo modesto, silencioso, sin el aparato espectacular de los grandes recintos del Paseo de la Reforma, pero con algo que ninguno de ellos posee: la vida cotidiana fijada en negativos, copias y hojas de contacto que no fueron hechas para colgarse en galerías sino para circular en periódicos, en boletines oficiales, en expedientes administrativos, en portadas que al día siguiente envolverían arroz o frijol en forma de cucurucho. Las salas son pequeñas, la luz discreta, las vitrinas exhiben marchas, desfiles, inundaciones, mítines, bodas civiles, temblores y fiestas patronales; es la ciudad antes de Instagram, antes de esa manía reciente de volver estética la miseria urbana.

Su acervo, construido con fondos procedentes del Archivo Histórico de la Ciudad, del Museo de la Ciudad de México y de antiguas colecciones públicas, reúne más de un siglo de imágenes. Es un museo que da talleres, organiza charlas, forma a jóvenes, programa exposiciones y casi siempre pasa inadvertido. No suele ser noticia, y quizá esa discreción ha sido una de sus virtudes.

Nuestra tradición fotográfica ha sido excelsa. Agustín Víctor Casasola enseñó a este país a mirarse en la Revolución; Manuel Álvarez Bravo le dio dignidad poética a la miseria urbana; Nacho López salió a la calle a preguntar con su cámara lo que nadie preguntaba; Enrique Metinides narró la tragedia sin convertirla en circo. Después vinieron los del 68, los del 85, los del 2017, y hoy están los que siguen saliendo con chaleco, casco, cámara digital y sueldo precario, los que todavía se meten en incendios, marchas, desalojos y conciertos, los que entregan imágenes que mañana serán archivo. La memoria no se escribió sólo con decretos; se forjó con imágenes.

Quizá por eso resultó tan extraño que el Museo Archivo de la Fotografía fuera noticia este enero. No por una exposición ni por una retrospectiva, sino por una frase a la ligera. El 15 de enero, desde las redes oficiales del museo, se difundió la promoción de un taller titulado “¿Quieres fotografiar conciertos y no morir en el intento?”. El taller era legítimo; la frase no. En una ciudad donde aún pesa la muerte de dos jóvenes fotoperiodistas, Berenice Giles y Miguel Ángel Rojas, que salieron a trabajar a un concierto y ya no regresaron a casa, la ligereza del lenguaje sonó a burla involuntaria. No fue un chiste; fue peor: una banalización del riesgo real del oficio.

La publicación fue retirada horas después y la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México emitió un mensaje institucional de disculpa dirigido a las familias, al gremio fotográfico y a la comunidad cultural. El museo volvió a su silencio habitual, pero las frases borradas no desaparecen del todo. Permanecen como síntoma, como grieta mínima en la autoridad moral de una institución que nació para custodiar la memoria visual y que, por un instante, olvidó el peso simbólico de sus propias palabras.

Evidentemente no hubo dolo ni mala fe en la promoción del curso. Se acepta la disculpa, y la forma de demostrarlo está en cruzar la puerta de la Casa de las Ajaracas, recorrer sus salas y volver a mirar, con respeto y atención, las imágenes que ahí se resguardan. Porque la memoria de los jóvenes fotógrafos también se honra visitando el museo. Y punto.