Era un martes a las 13:14 horas. Nadie lo sabía todavía, pero ese día la memoria de México iba a volver a abrirse.
Yo estaba transmitiendo en el foro de noticias de Imagen Televisión. Toda la cobertura recordaba aquel terrible terremoto que sacudió a México en el 85. De pronto, estando al aire, sentí que el escritorio comenzó a moverse. Lo primero que pensé fue que el staff estaba haciendo una broma, pero de reojo vi las lámparas del techo bailando de un lado a otro.
Hablaba de aquel temblor que dejó miles de heridas en mi país… mientras la tierra volvía a temblar.
Busqué en la computadora la magnitud del sismo y aparecieron reportes de edificios colapsados. Era impactante ver aquellas imágenes y ser yo quien estuviera informando lo que ocurría. Miedo, dolor e impotencia.
Me quité los tacones y salí del foro para llamar a mis papás. Estaban bien.
Transmití todo el día con una angustia inexplicable. Al salir me reuní con voluntarios para llevar agua y sándwiches a quienes lo necesitaban. Vi personas esperando noticias de sus seres queridos desaparecidos, familias que habían perdido sus casas, sus fotos…
Hay cosas que uno no logra explicar. Dicen que todo pasa por algo, pero hay preguntas que se quedan atoradas en el pecho: cómo una familia puede perderlo todo bajo los escombros, cómo la vida puede cambiar en segundos. No tengo esa respuesta. Y duele.
Hoy le toca a Venezuela, que está viviendo uno de esos momentos que dejan una huella profunda en la historia de un país. La sacudida de la tierra provocó una emergencia que mantiene a miles de familias entre la angustia y la esperanza.
Los reportes más recientes hablan de 1,400 personas fallecidas, 50,000 desaparecidos y 33 personas rescatadas. Cada vida encontrada es una victoria contra el tiempo, porque cada minuto cuenta.
Detrás de cada número hay una historia. Un fallecido no es una cifra: es una silla vacía en la mesa. Un desaparecido no es un dato: es alguien que todavía tiene una familia esperando una puerta que vuelva a abrirse.
He visto imágenes de madres sobre los escombros, hablando con sus hijos atrapados, dándoles fuerza cuando el miedo pesa más que el cuerpo, implorando ayuda para remover piedras que separan la vida de la muerte.
Venezuela no solo enfrenta la fuerza de la naturaleza, sino también tres décadas de crisis políticas, económicas y sociales que han marcado la vida de millones. Familias separadas, comunidades golpeadas y una sociedad que ha aprendido a resistir incluso en medio del desgaste.
Por eso este terremoto no cae sobre un país vacío de historia. Cae sobre un pueblo que ya venía cargando demasiado.
Y aun así, en medio del desastre aparece algo que no se derrumba: la solidaridad.
México conoce profundamente esa imagen. Personas con casco, botas y lámparas que se meten donde nadie quiere entrar. Héroes que no vuelan, se arrastran entre piedras. Buscando un latido entre el silencio, una señal de vida, cuidando no mover una piedra equivocada que provoque otro derrumbe. Son los Topos.
Nacieron tras el terremoto de 1985 en México, cuando ciudadanos comenzaron a entrar entre ruinas para buscar sobrevivientes.
No eran soldados ni una institución. Eran personas que decidieron no quedarse quietas.
Les llamaron “Los Topos” porque avanzaban como estos animales bajo la tierra: abriéndose camino entre concreto.
Héctor “El Chino” Méndez, quien hoy tiene 80 años, no llegó buscando ser símbolo, llegó buscando a su hermano. En una ciudad cubierta de polvo y miedo lograba meterse entre recovecos diminutos, junto a los héroes caninos.
México aprendió a golpes lo que significa un terremoto. El de 1985, de magnitud 8.1, dejó alrededor de 20,000 víctimas. El de 2017 volvió a recordarlo con más de 300 fallecidos.
Pero hay algo que no se rompe: la solidaridad.
Los terremotos más fuertes de la historia nos recuerdan la fuerza de la naturaleza: Valdivia, Chile, 1960, magnitud 9.5; Shaanxi, China, 1556, con cientos de miles de víctimas.
Pero una tragedia nunca se mide solo en magnitud. Se mide en nombres, en familias, en vidas. Por eso después del rescate viene otra tarea igual de difícil: reconstruir. No solo edificios, también vidas.
México alguna vez estuvo bajo los escombros. Hoy sus manos viajan para ayudar a otros a salir. Porque cuando la tierra tiembla, las fronteras desaparecen.
Y al final, entre las ruinas, lo que queda no es el concreto. Es la gente.