Dafne debería estar viva

29 de Julio de 2026

Dafne debería estar viva

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Yazmin Jalil

Hay dolores que uno ni siquiera se atreve a imaginar. Yo no quiero hacerlo. No quiero imaginar lo que está viviendo la mamá de Dafne. No quiero pensar en esa llamada telefónica que cambia una vida para siempre, en regresar a casa y encontrar una cama vacía, en el sinsentido que debe estar viviendo.

Me cuesta mucho escribir sobre este tema porque duele profundamente saber que hay una familia atravesando una tragedia así. Pero precisamente por eso creo que tenemos la obligación de sumarnos a la exigencia de justicia. Esto no puede quedar así.

Dafne tenía 13 años. Una edad en la que uno debería estar preocupándose por si hizo la tarea, por quién le gusta en la escuela o qué quiere ser cuando sea grande. No por cómo murió. No por quién le hizo daño. No por si habrá justicia.

Su mamá la inscribió en un campamento militarizado de verano. Como millones de padres, tomó una decisión pensando que era lo mejor para su hija. Los papás tomamos miles de decisiones todos los días intentando proteger, formar y acompañar a nuestros hijos. Algunas veces somos más aprensivos, otras más relajados. Algunos investigamos hasta el último detalle y otros prefieren darles más libertad.

Pero absolutamente todos, algunas veces, simplemente tenemos que confiar. No hay de otra.

Lo que sí debería ser igual para todos es esto: cuando dejamos a nuestros hijos al cuidado de una institución, deberían regresar sanos y salvos a casa. Punto. No es negociable.

Hoy sabemos que Dafne murió mientras estaba bajo el cuidado de adultos cuya única responsabilidad era protegerla. Sabemos que las autoridades investigan el caso y que ya hay detenidos. Pero seguimos con muchas preguntas sin respuesta.

¿Qué pasó? ¿Por qué una niña de 13 años murió lejos de su mamá en un lugar que prometía cuidarla? ¿Quién estaba a cargo? ¿Quién decidió no actuar? ¿Quién falló cuando más necesitaba protección?

No son preguntas morbosas. Son las preguntas que la justicia tiene la obligación de responder.

Lo que más me ha indignado de este caso es ver cómo algunas personas han decidido sentarse a juzgar a la mamá. No. La responsabilidad no está en una madre que buscaba una experiencia para su hija. La responsabilidad está en quienes recibieron a una niña sana, viva y llena de sueños, y no fueron capaces de devolverla a los brazos de su familia.

Hay responsabilidades que son sagradas. Cuidar a un menor de edad es una de ellas.

Hoy su mamá, en vez de abrazar a su hija, está pagando abogados con sus ahorros y peleando para que se haga justicia. Está obligada a enfrentar un proceso legal mientras intenta sobrevivir al dolor más grande que puede vivir una madre. Pero nada, absolutamente nada, le regresará a su niñita.

Esto no ocurre solamente en México. Paris Hilton pasó años denunciando los abusos que sufrió siendo adolescente en instituciones especializadas para menores en Estados Unidos. Sus padres también creyeron que estaban tomando una decisión por su bienestar. Nunca imaginaron que viviría algunos de los peores abusos de su vida en esa institución.

Su activismo logró impulsar reformas legales y poner sobre la mesa una conversación que durante años muchos prefirieron ignorar. Los adultos también le fallaron.

Por eso el caso de Dafne tiene que sentar un precedente.

Quienes trabajan con niños y adolescentes tienen que entender que no estamos hablando de simples protocolos administrativos ni de errores que puedan minimizarse. Estamos hablando de vidas humanas. De futuros completos que pueden desaparecer en cuestión de horas.

Si una institución recibe a un menor de edad, adquiere la obligación más importante que existe: proteger su vida. Si falla, las consecuencias tienen que ser ejemplares. No podemos permitir que la muerte de un niño sea tratada como un accidente más.

El castigo para los responsables debe ser contundente. No solamente por Dafne, sino por todos los niños que hoy están en escuelas, campamentos, internados y actividades de verano bajo el cuidado de otros adultos.

Dafne debería estar viva. Debería estar soñando con su futuro, haciendo planes, abrazando a su mamá y descubriendo quién quería ser.

Le arrebataron toda una vida. Lo mínimo que podemos exigir es que no le arrebaten también la justicia.