Del Escritorio Público a la inteligencia artificial

15 de Septiembre de 2026

Del Escritorio Público a la inteligencia artificial

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José Pérez Linares

Hubo un tiempo en que la burocracia de esta ciudad comenzaba detrás de una cortina de acero. A las ocho de la mañana, la lámina subía con un chasquido agrio de cadena y grasa, como si el día entero tuviera que ponerse en marcha a fuerza de brazos. Entonces abría el Escritorio Público: un local estrecho entre una peluquería de barrio y una panaderia, iluminado por el zumbido verdoso de un tubo fluorescente. Adentro había un escritorio de formaica, una máquina mecánica —luego una pantalla cóncava—, un teléfono negro de disco y carpetas de fuelle hinchadas de papel sellado.

También había un hombre que sabía.

Sabía qué documento faltaba antes de que el solicitante abriera la boca; en qué ventanilla de la calzada de Tlalpan o del Centro Histórico había que formarse desde las seis de la mañana; cuánto medía la paciencia del dictaminador y cuándo un trámite requería otro copia fotostática. Sabía distinguir entre la puerta que permanecía cerrada por costumbre y la que cedía con el código discreto de una llamada telefónica. En la cartulina fluorescente pegada a la entrada se leía «Gestoría y Asesoría Legal». En la banqueta, sin eufemismos, era el coyote.

El coyote ocupaba el espacio neutral entre el ciudadano inerme y el Estado omnipotente. Traducía el lenguaje críptico de los sellos fechadores, los formatos de papel carbón y las firmas autógrafas. Su conocimiento no figuraba en ningún instructivo oficial. Era una ciencia empírica hecha de horas de plantón, errores ajenos y secretos que todos acataban en silencio.

Afuera se formaban las filas.

La gente llegaba sosteniendo bajo el brazo la carpeta de cartón amarillo, con las esquinas ablandadas por el sudor. Los documentos, protegidos en micas transparentes que conservaban el olor acre del plástico nuevo, aguardaban el turno frente a la ventanilla donde tarde o temprano asomaría un rostro indiferente.

—¿Aquí es para el alta? —¿Qué número tiene usted? —¿Sabe si ya regresó el licenciado?
La espera generaba su propio microclima: el roce seco de las hojas, el golpe metálico del sello de caucho sobre el cojinete, la solidaridad espontánea de quien prestaba una pluma atada a un cordel o cuidaba el lugar mientras el otro iba al puesto a comprar un café de olla. La ciudad, gigantesca e inmóvil, encontraba en la banqueta sus propias avenidas de escape.

Luego el Internet llegó sin ruido de cadenas. Llegaron los portales institucionales, el código QR y el teléfono inteligente. La fila no desapareció: simplemente se volvió invisible. Se transformó en un turno virtual, un formulario interactivo, un mensaje codificado a mitad de la noche. Lo que antes exigía una caminata entre camiones de pasaje, preguntas a quemarropa y horas de pie sobre el mosaico frío de una oficina pública, empezó a resolverse con el pulgar desde una habitación en penumbra.

Ahora, a las once de la noche, cuando las oficinas de la administración reposan a oscuras y la metrópoli murmura del otro lado de los vidrios, conversamos con una máquina. La luz cobalto de la pantalla ilumina el rostro del ciudadano solitario. La respuesta algorítmica llega instantánea, pulcra, desprovista de matices y de número de turno.
La cortina de acero del Escritorio Público bajó una tarde para siempre. El oficio cambió de manos. La ciudad entera aprendió a esperar sentada.

Sin embargo, los cerebros electrónicos que prometían librarnos del tiempo perdido devoran hoy el tiempo de otros siglos. Para aprender a articular el lenguaje humano, los grandes modelos de datos necesitan devorar documentos y libros. Millones de volúmenes impresos —viejos, usados, olvidados en bodegas— son adquiridos al por mayor para ser procesados. Se les guillotina el lomo con precisión industrial, se escanean sus páginas a velocidad vertiginosa y el papel, despojado de sus signos, termina destruido en el reciclaje.

Para la máquina, el libro es una mina de datos que concluye cuando la última palabra ha sido codificada.

En una librería de viejo de la Roma Norte, la noticia adquiere la gravedad de un eclipse. Zulma Francelia, detrás del mostrador de Papelitas, comprende la lógica con que una inteligencia artificial analiza la sintaxis de un texto. Lo que se le escapa a la comprensión es la necesidad de aniquilar el cuerpo del libro.

Porque un volumen no es únicamente el mensaje abstracto de su tipografía. Es la edición que tardó décadas en reaparecer; la dedicatoria en tinta ferrogálica dirigida a alguien que ya nadie recuerda; la anotación al margen de un estudiante de jurisprudencia de la generación de 1950 que rescató al vuelo una frase de su maestro don Manuel Pedroso; la mancha seca de café sobre el índice; el polvo fino que se acumula en el corte. Un libro guarda en su estructura física la memoria involuntaria del tiempo que lo atravesó.

El algoritmo extrae información; la ciudad conserva memoria.

El coyote de ventanilla y el libro de viejo pertenecen a la misma estirpe de mediadores. Ambos habitaron la brecha entre una persona y un lenguaje inaccesible. El gestor mediaba entre la angustia del transeúnte y la frialdad del aparato estatal. El libro media entre la voz de una generación extinta y los ojos de quien lo abre hoy. Los dos preservaban una forma del tiempo que la velocidad contemporánea juzga inservible: el tiempo demorado de preguntar, equivocarse, releer, esperar a que algo madure.

Quizá el riesgo de esta época no sea que las máquinas adquieran la capacidad de pensar como seres humanos. El verdadero peligro radica en que nosotros asumamos la mirada aséptica de los procesadores: ver en el gestor de barrio un obstáculo prescindible; en el libro impreso, una acumulación de datos; en la fila de banqueta, únicamente tiempo perdido.

Al mirar la fachada donde estuvo el Escritorio Público, se comprende que no cerró solo un pequeño comercio de papelería y trámites. Desapareció el hombre que nos enseñaba a descifrar la ciudad mientras aguardábamos nuestro turno. Ganamos inmediatez y algoritmos impecables. Pero perdimos, en el trayecto, la antigua y humana costumbre de esperar acompañados.