Hay noches en las que un país se cuenta a sí mismo quién es. Para México, una de ellas ocurre cada 15 de septiembre. Suena una campana, aparecen las banderas, se pronuncian los nombres de los héroes y millones de personas, desde una plaza pública, una sala familiar o una ciudad al otro lado de la frontera, responden con la misma frase: ¡Viva México!
Lo hemos repetido tantas veces que quizá valga la pena detenernos este año en una pregunta aparentemente sencilla: ¿de qué hablamos hoy cuando hablamos de Independencia?
La pregunta resulta particularmente oportuna en 2026. Apenas unos días antes de las fiestas patrias, Donald Trump volvió a provocar a sus vecinos con una imagen difundida en redes sociales: un mapa en el que México, Canadá y otros territorios aparecían cubiertos por la bandera estadounidense bajo la denominación “United States of America”. No era un tratado, una orden ejecutiva ni una declaración formal de anexión. Era una imagen. Y precisamente por eso resulta tan representativa de nuestra época: hoy también se hace política internacional con símbolos, publicaciones digitales y provocaciones capaces de atravesar una frontera en segundos.
La respuesta de la presidentaClaudia Sheinbaum recuperó un lenguaje mucho más clásico. México, dijo, “no es ni será colonia ni protectorado de ningún país extranjero”. Y reivindicó al país como libre, independiente y soberano. Dos siglos de historia cabían de pronto en una publicación y una respuesta.
Porque 216 años después del inicio de la lucha encabezada por Miguel Hidalgo, la soberanía vuelve a formar parte de la conversación mexicana. No como una palabra guardada en los libros de texto, sino en medio de una relación con Estados Unidos atravesada por migración, narcotráfico, seguridad, aranceles, comercio y una integración económica difícil de imaginar para los insurgentes de 1810.
Ahí está quizá la paradoja más interesante de esta Noche Mexicana: celebramos nuestra independencia en un mundo en el que ningún país es completamente independiente.
México vende alrededor de ocho de cada diez dólares de sus exportaciones de mercancías a Estados Unidos. Millones de familias están unidas a ambos lados de la frontera. Compartimos cadenas productivas, inversiones, problemas de seguridad, migración y una relación comercial que convierte cualquier decisión tomada en Washington en un asunto que puede terminar afectando una fábrica en México. Entonces, ¿ser soberano significa no depender de nadie. Probablemente ya no.
En el siglo XXI, la independencia quizá consista menos en levantar muros y más en tener capacidad para decidir dentro de nuestras inevitables interdependencias. Cooperar sin someterse. Negociar sin confundirse. Reconocer cuánto necesitamos del otro sin renunciar a determinar qué corresponde decidir solamente a México. Por eso resulta fascinante mirar nuevamente el ritual del 15 de septiembre.
Habrá pozole, tostadas, pambazos, mariachi, tequila, vestidos bordados, bigotes pintados en niños y edificios iluminados de verde, blanco y rojo. Puede parecer folclor, y en parte lo es. Pero los rituales nacionales tienen una función más profunda: construyen pertenencia. Nos recuerdan que antes de nuestras diferencias políticas existe una historia que, con todas sus contradicciones, reconocemos como común. Incluso esa historia está cambiando.
Este septiembre, el alumbrado patrio del Zócalo recupera los rostros de mujeres como Josefa Ortiz Téllez-Girón, Leona Vicario, Gertrudis Bocanegra y María Ignacia Rodríguez. Durante generaciones aprendimos la Independencia mediante un álbum fundamentalmente masculino: Hidalgo, Morelos, Allende, Guerrero. Ellas aparecían frecuentemente como acompañantes. Hoy recuperamos a conspiradoras, informantes, financiadoras y protagonistas políticas. No estamos modificando la Independencia. Estamos modificando la manera de contarla. Y eso también habla de una nación viva.
México llega a este aniversario con enormes contradicciones. Celebrar la Independencia no obliga a ignorarlas. Un país puede sentirse orgulloso de su historia y, al mismo tiempo, reconocer sus deudas: violencia, desigualdad, impunidad, pobreza y regiones donde el Estado continúa disputando autoridad con el crimen. Tal vez ahí reside la diferencia entre celebrar a México e idealizarlo.
La primera, no lo olvidamos, permite quererlo con los ojos abiertos.