El 81.º periodo de sesiones de la Asamblea General de la ONU ocurrió en un complejo escenario internacional marcado por una agobiante parálisis multilateral —agravada por las guerras— y congregó a cerca de 130 jefes de Estado y de Gobierno, además de vicepresidentes y cancilleres. Este foro no es solo un desfile de discursos; el verdadero poder diplomático reside en los pasillos: en los encuentros bilaterales, las negociaciones cara a cara y la capacidad de tejer alianzas estratégicas.
Para un país como México, cuya imagen y liderazgo internacionales atraviesan por un evidente debilitamiento, esta cumbre representaba una ventana crucial para proyectar sus virtudes de forma asertiva, técnica y especializada, sin escalar conflictos. Sin embargo, la realidad fue distinta. El aislamiento de la política exterior mexicana quedó plasmado en una imagen desoladora: al momento en que la delegación nacional tomó el micrófono, el pleno lucía semivacío. Los asientos desiertos no fueron casualidad, sino la respuesta de la comunidad internacional ante un país que, por segundo año consecutivo, restó peso político a su representación enviando a su canciller en ausencia de la Presidenta.
Desde la tribuna, el presidente estadounidense fue implacable. Restregó en las narices de la delegación mexicana ofensas injustificables al calificar al país como el “epicentro de la violencia de los cárteles”, lamentando grotescamente compartir una frontera de tres mil kilómetros controlada por el crimen organizado. Aunque también proporcionó palmaditas en la espalda al afirmar que mantiene buena relación con el gobierno mexicano, la gravedad del embate vulneró la dignidad nacional. Ante esto, la respuesta mexicana quedó ahogada en la irrelevancia del rango.
Sin el cobijo de una figura presidencial, un canciller joven y sin la suficiente trayectoria poco podía hacer para contener los daños en un escenario donde se dan cita “pesos pesados” de la talla de Luiz Inácio Lula da Silva. Limitado por su investidura, el funcionario se vio relegado a sostener encuentros bilaterales con homólogos de su mismo nivel, perdiéndose una valiosa oportunidad de interlocución directa con jefes de Estado.
La participación de México quedó dividida en dos claros bloques discursivos que evidencian su extravío internacional. La primera parte consistió en una narrativa trillada y politizada de enaltecimiento a la denominada Cuarta Transformación, presentándola como la continuidad histórica de la Independencia, la Reforma y la Revolución. Presumir supuestos avances en pobreza, bienestar, agua, salud, educación y seguridad con cero impunidad resultó en una demagogia que no encaja en un foro de gobernanza mundial; sobre todo cuando el discurso estadounidense acababa de evidenciar la cruda realidad mexicana.
La segunda parte del discurso fue un recitativo de los principios constitucionales de la política exterior mexicana. Si bien es importante reiterarlos y notar que están alineados con la Carta de las Naciones Unidas, se percibieron más utilitarios para el discurso que reales, particularmente aquellos principios tan instrumentalizados políticamente por el Estado mexicano: la no injerencia, la autodeterminación y los derechos humanos.
Mientras que el mensaje del canciller se inclinó al reconocimiento del Estado de Palestina mediante el derecho internacional y el consenso multilateral —evitando calificativos estridentes—, la solidaridad hacia Cuba desnudó un profundo sesgo ideológico. Bajo el cobijo de una supuesta empatía con el pueblo cubano, los esfuerzos de México han contribuido a respaldar a la jerarquía político-militar de la isla, un régimen donde se persigue el disenso, se prohíbe el pluralismo político y se abaten los derechos humanos. Otro de los temas abordados fue el reconocimiento y participación de las mujeres en los espacios de decisión internacional.
Como bien lo expresó el periodista Pablo Hiriart en su columna “El ominoso silencio de la presidenta” para el diario digital La Aurora de México: “Nunca nuestro país había sido tan agredido en el máximo foro internacional como ocurrió el martes en la Asamblea General de las Naciones Unidas”. Esto deja una lección preocupante en un mundo hiperconectado y hostil: la soberanía no se defiende con discursos —menos de corte partidista—, sino con la presencia firme de sus líderes y el despliegue de una diplomacia de primer nivel que devuelva a México el liderazgo internacional que hoy parece haberle quedado grande.