Las anécdotas que aluden al encuentro entre política y futbol son apetitosas. Por ejemplo, una guerra entre Honduras y El Salvador estalló, dice el folclore, por un partido de desempate en el Estadio Azteca (1969). El partido se definió en tiempo extra, en ambiente violento. No fue la causa de la guerra, pero sí una gota más en un vaso de tensiones agrícolas y migratorias que ya se había rebalsado.
En 1982, el jeque Fahad Al-Sabah, hermano del emir de Kuwait, bajó a la cancha en el partido contra Francia. Obligó a que se anulara un gol contra su selección. No revirtió la victoria francesa, pero sí provocó que el árbitro fuera eternamente suspendido.
Pocos fenómenos poseen el alcance emocional del fútbol. A nivel de selecciones, encierra vibrantes sentimientos nacionalistas. También trasciende barreras idiomáticas, religiosas y culturales y, al tiempo que parece ser un inocuo juego de 22 tipos persiguiendo un balón, alude a las identidades y trastoca escenarios políticos.
El fútbol es canal de dos vías: así como captura la atención y enciende filias y fobias, ofrece también la oportunidad de transmitir mensajes que la diplomacia convencional no comunica. Crea plataformas para mostrar magnificencia y afinidad; lo que Joseph Nye llamó el “poder suave”.
En Francia 1998, Irán y EUA se enfrentaron en un ambiente tenso por décadas de hostilidad, pero intercambiaron flores, regalos y tiempo para estrechar manos diciendo “la política no afectará nuestra camaradería”. Con victoria iraní, la ocasión pasó a ser diplomacia penetrante y demostración de que el fútbol puede construir puentes entre adversarios. Cuando la selección de Costa de Martil clasificó al Mundial 2006, el legendario Didier Drogba hizo uno de los llamados más profundos para apaciguar los ánimos de los bandos que se habían enfrascado en una guerra civil. Fue parte sustancial de una reconciliación.
Sin embargo, el torneo del 2026 llega en un mundo alterado. Los canales de entendimiento están rebasados por una tendencia contraria: el deporte se queda en pretexto para arrojar gasolina a la hoguera del desacuerdo. Políticos vociferantes hablan de rechazo, tras el escaparate de temas de seguridad.
El ambiente entre Irán y EUA pasó, este año, a ser guerra real, y las vicisitudes del equipo iraní para entrar a EUA y jugar, son de antología.
Si Rusia usó la Copa 2018 para “paliar” su invasión a Crimea, hoy subyace el descaro en la invasión a Ucrania. Incluso en el Medio Oriente los aires cambiaron: los objetivos cataríes en 2022 con la “Visión Qatar 2030" que promovía el diálogo intercultural con sus vecinos se leen distintos.
La diplomacia deportiva enfrenta un muro; la desconfianza la sojuzga. Los liderazgos envalentonados la acusan de verbosidad impráctica, incluso pusilánime; no se diga lo que piensan del “poder suave” cuando las bravuconerías enaltecen la ley del más fuerte. El mundo de hoy no albergaría aquel estado de ánimo que permitió que, durante los Juegos Asiáticos 2018, las Coreas del Norte y el Sur presentaran un equipo unificado como gesto de concordia.
Lo más grave es que la veta dorada del deporte universal para convertirse en diplomacia era su extensión universalista, democrática. El balón, por su sencillez, crea comunidad en cualquier rincón; borra diferencias, especialmente las económicas. Pero la forma en que actualmente evolucionan las copas mundiales, erigiendo barricadas y enarbolando derechos de explotación comercial, precios para elites, derechos restringidos de transmisión, alejan al ciudadano de a pie.
La voz de un crack pertenece mayoritariamente a marcas comerciales y pocas veces sirve para detonar un valor colectivo perene. El “juego de todos”, el más popular en el planeta, pasa a ser coto de favorecidos. Esa no es la mejor plataforma para el despliegue de estrategias que suavicen tensiones. Si bien la Copa del Mundo debería ser la vía privilegiada del “poder suave”, hoy se desaprovecha y el sentimiento de fraternidad deportiva se diluye como actividad comercial lejana, utilizada, explotada.
Pero la gente de México se cocina aparte. Esa candidez que acoge como nadie a los visitantes, que ofrece casa y comida a los influencers y que muestra esperanza —tan inexplicable como infinita—, vuelve espontánea a ser el gran “poder suave” mexicano, consagrado en el grito, la porra y el abrazo de un enorme país.