El arquitecto de la crueldad

9 de Febrero de 2026

Raymundo Riva Palacio
Raymundo Riva Palacio

El arquitecto de la crueldad

raymundo riva palacio AYUDA DE MEMORIA

1er. TIEMPO: El cerebro del odio. En Washington, el poder no siempre se ejerce desde los reflectores. A veces se mueve desde oficinas pequeñas, con memorandos cortos, lenguaje frío y una obsesión casi patológica por cerrar puertas. Stephen Miller es el mejor ejemplo de esa forma de mandar sin aparecer. No es carismático. No es popular. No es querido. Pero es influyente en el corazón del poder en Washington. Miller se sumó al equipo de Donald Trump en 2016, como asesor de políticas públicas y redactor de discursos durante su campaña presidencial. Sus temas eran los que necesitaba Trump para ganar la elección: una agenda nacionalista, que recuperara el orgullo de los red necks en Estados Unidos, y antinmigración, que le ayudaría con las clases trabajadoras y, paradójicamente, con los latinos con residencia y ciudadanía, que pensaban que la migración indocumentada les quitaba servicios, empleos y oportunidades. Miller no diseñaba campañas. Lo que diseñaba eran castigos. Desde el primer periodo de Trump en la Casa Blanca, fue el arquitecto de una nueva política migratoria, donde pensando en muros, reales o simbólicos, ganarían votos aunque él no pensara en ellos. En el primer periodo fue polémico, controvertido. Fue el ideólogo de la separación de familias indocumentadas. De la saturación de los campos de detención. De la cancelación de asilos. De las expulsiones exprés. Cada medida llevaba su huella. Miller entiende la política como un ejercicio de ingeniería social: si el costo es suficientemente alto, el comportamiento cambia. No le interesa si ese costo se paga con sufrimiento humano. En el segundo mandato de Trump, fue él quien impulsó el uso de militares en las redadas masivas de indocumentados en las ciudades santuario. En la más emblemática, Los Angeles, de él salió la propuesta de enviar unidades militares para enfrentar a los manifestantes que se oponían a las redadas, y la orden a los agentes de ICE que cambiaran sus prácticas de elaborar listas de migrantes presuntamente sin documentos, y enfocarse en grandes tiendas donde hacer las redadas. La tienda de Home Depot en Hollywood, se convirtió en el símbolo de la remasteriuzación que hizo Miller de la política migratoria, con violencia en el choque, uniformes tácticos y armas de uso militar. Nada relacionado con migración, refugiados o fronteras llega al escritorio presidencial sin pasar por sus manos. Su poder no estaba en convencer al presidente, sino en anticiparse a lo que el presidente quería escuchar. Le ofrecía políticas que encajaban con sus impulsos, pero envueltas en lenguaje legal, órdenes ejecutivas listas para firmar. Miller es un operador ideológico del trumpismo. Define marcos, empuja narrativas, y sobre todo, mantiene viva la idea de que la dureza es una virtud política. Su discurso ha evolucionado. Ya no habla solo de migración. Habla de “invasión”. Habla de “enemigos internos”. Habla de un país secuestrado por élites traidoras. Ese lenguaje no es casual. Es el paso previo a justificar medidas excepcionales. Y cuando todo es una amenaza existencial, cualquier respuesta se vuelve aceptable.

2o. TIEMPO: No llegó con Trump; llegó antes. Probablemente Stephen Miller sea el segundo hombre más poderoso de la Casa Blanca, después del presidente Donald Trump. Es un producto clásico de la derecha conservadora estadounidense, pero llevado a un extremo ideológico poco común. Nació en 1985 en Santa Monica, California, y creció en el área de Los Ángeles, en un entorno suburbano acomodado y bastante liberal. De orígenes judíos de clase media-alta, con antecedentes de inmigración de Europa del Este, no deja de ser contradictorio que mantenga posiciones tan radicales contra la migración que marcó a sus pades y abuelos. No salió de pobreza, ni de la marginación. Su visión no nació de una experiencia directa con crisis migratorias, sino de una construcción ideológica, que comenzó temprano, desde la preparatoria, en donde se involucró en política conservadora. Desde entonces atacaba públicamente programas de diversidad y defendía una visión asimilacionista y nacionalista de Estados Unidos. En la Universidad de Duke, en Carolina del Norte, donde estudió Ciencias Políticas, se convirtió en un activista visible del conservadurismo duro, escribiendo columnas contra el multiculturalismo en The Duke Chronicle, el periódico universitario, sobre la acción afirmativa y la inmigración, donde perfilaba su rasgo central, el de un conservador cultural, obsesionado con la identidad. Sal concluir su carrera trabajó para dos diputados, pero su despegue fue cuando se incorporó al staff del entonces senador Jeff Sessions, uno de los políticos más antiinmigrantes del Partido Republicano. Sessions fue muy importante en su carrera en Washington, al abrirle las puertas al poder real, una red de contactos dentro del ala más dura del partido, y el conocimiento para dentro de un marco legal pudiera traducir su ideología en política pública. Sessions completó su formación doctrinaria: nacionalismo blanco a partir de la teoría del “remplazo demográfico”, que algunos han llegado a equiparar con la búsqueda de la raza aria nazi, y que tuvo una expresión en la nueva política migratoria que impulsó desde la Casa Blanca, donde todos los inmigrantes eran invasores y no bienvenidos, mientras que a los inmigrantes europeos nunca los tocó. Miller no llegó a la vida pública con Trump; llegó antes. Tampoco es producto del resentimiento económico, como muchos electores de Trump, sino producto de una radicalización ideológica temprana, cultivada en universidades, think tanks y oficinas del Senado. Su origen no está en la frontera, sino en los libros, los manifiestos y las guerras culturales. Eso lo hace menos estridente que otros actores, pero mucho más persistente.

3er. TIEMPO: El gran enemigo de México. Dentro de la obsesión de Stephen Miller para reducir la migración indocumentada a Estados Unidos, reveló el periódico The Washington Post, se encontró la “guerra” contra los traficantes de drogas, que incluyó su participación definitoria en julio que se convirtió en una directiva presidencial confidencial que autorizaba el uso de fuerza letal contra dos docenas de organizaciones criminales a las que el Departamento de Estado había designado como “terroristas”, que abrió la puerta para una orden ejecutiva del secretario de la Defensa, Pete Hegseth, para que pudieran ser objetivos militares. Miller, agregó el Washington Post, fue de quienes más presionaron en la Casa Blanca para explorar opciones agrasivas contra los cárteles transnacionales, especialmente los mexicanos, que solo cambió de objetivo -la destrucción de las lanchas supuestamente con droga que salían de Venezuela y Colombia- cuando el gobierno mexicano redujo la actividad de esas organizaciones criminales a lo largo de la frontera entre los dos países. Aquella amenaza se disipó, pero nada es para siempre. Para México, Stephen Miller, el jefe de Gabinete Adjunto del presidente Donald Trump, es más relevante que muchos secretarios de Estado. Es quien empuja la idea de que la frontera sur de Estados Unidos debe comenzar en el Suchiate. Que México debe funcionar como muro adelantado, y que la contención debe tercerizarse. No lo dice así. Pero lo piensa así. Cada presión sobre México para detener migrantes, cada exigencia de endurecer políticas, cada amenaza velada, lleva detrás esa lógica. Miller no ve a México como socio. Lo ve como instrumento. Y esa es quizá su definición más precisa. Miller no busca acuerdos. Busca subordinación. No quiere cooperación. Quiere alineamiento automático. No es el rostro del trumpismo. Es su cerebro más frío. Y en política, los cerebros fríos suelen ser más peligrosos que las bocas calientes.

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