Hay algo profundamente distinto en ver una exposición antes de su inauguración. El silencio todavía no está ocupado por opiniones, los espacios no han sido “explicados” por el público y las obras siguen dialogando únicamente con quien las mira. Bajo esa lógica, Sofitel México organizó un recorrido privado por tres galerías clave de la Ciudad de México, como antesala de su exposición durante Art Week. Fue toda la curaduría en movimiento, un viaje pensado para entender el arte desde la experiencia, no desde el pedestal.
La ruta comenzó en la colonia San Rafael, continuó por la San Miguel Chapultepec y cerró en la Doctores. Tres zonas, tres maneras de habitar el arte contemporáneo.
La primera parada fue en la Galería Hilario Galguera, un espacio que desde hace años funciona como un puente entre artistas internacionales y el público mexicano. Para Art Week, la galería presenta obras que dialogan con la materia, el gesto y el cuerpo desde distintos lenguajes.
Aquí conviven piezas de James Brown, donde la pintura se siente casi como escritura: capas, manchas y líneas que parecen impulsivas pero están profundamente pensadas. No hay una imagen “bonita” que perseguir; hay energía, repetición y ritmo. La obra de David Bailey, por su parte, introduce una mirada icónica: fotografía directa, frontal, sin ornamentos innecesarios. Rostros y gestos que no buscan agradar, sino permanecer. Y en el caso de Bosco Sodi, la pintura se vuelve casi volcánica. Texturas gruesas, superficies agrietadas, color como materia viva. Sus obras no se observan a distancia, se sienten, casi físicamente.
Más que entenderlas, estas piezas se recorren, no piden interpretación inmediata.
La segunda parada fue Kurimanzutto, en San Miguel Chapultepec, una galería que propone experiencias más silenciosas e introspectivas. Ahí se presentan dos exposiciones que, aunque distintas, comparten una sensibilidad muy particular.
El pozo de agua, de Oscar Murillo, se construye desde lo cotidiano y lo aparentemente incompleto. Murillo trabaja con materiales que parecen usados, manchados, vividos. Sus piezas hablan de desplazamiento, memoria y trabajo, sin necesidad de discursos largos. Uno entiende la obra no porque se la expliquen, sino porque le resulta extrañamente familiar, como algo que ya había visto en otro contexto.
En contraste, Superficie, borde, de Leonor Antunes, es una exploración del espacio mismo. Sus obras susurran a través de cuerdas, metal, madera y formas suspendidas te obligan como espectador a reaccionar distinto, a mirar el vacío tanto como el objeto.
El recorrido cerró en Bodega de Arte OMR, en la colonia Doctores. Y aquí todo cambia, la galería es, literalmente, una bodega. No intenta ocultarlo ni disfrazarlo. Ese carácter crudo es precisamente lo que le permite albergar exposiciones profundamente reales.
Para esta temporada, presenta Mexicano, del fotógrafo Dorian Ulises López Macías. Su trabajo es directo, incómodo y necesario. López Macías ha construido una trayectoria sólida explorando identidad, masculinidad, clase y representación en México. Sus imágenes no buscan idealizar lo mexicano; lo muestran como es: contradictorio, poderoso, vulnerable.
En Mexicano, los cuerpos, los gestos y las miradas hablan por sí mismos. No hay artificio ni pose. Es fotografía que confronta, que obliga a mirarse sin filtros. Que se exhiba en una bodega no es casualidad, pues el espacio potencia el discurso, lo vuelve más frontal, más honesto.
Estos espacios proponen una forma distinta de mirar; que contemples con intimidad, desde la materia, desde el cuerpo o desde el archivo. No se recorren con prisa o con certezas, sino con atenciòn, Es ahí, en ese gesto mínimo de detenerse, que el arte encuentra su fuerza en esta ciudad marcada por tensiones sociales, culturales y políticas, el arte permanece como un territorio donde las preguntas importan más que las respuestas.