El 26 de marzo pasado, Noelia despertó por última vez para practicarse un procedimiento que le quitaría la vida, el cual pidió y defendió legalmente en años previos. Según una larga entrevista concedida a un medio español, su deseo era irse en paz y dejar de sufrir: estaba parapléjica y sufría de dolor neuropático crónico, lo que le hacía depender de terceros para su vida cotidiana. Es precisamente esa condición la que le permitió alegar un padecimiento grave, crónico e imposibilitante frente a las autoridades que le dieron luz verde.
El sufrimiento de Noelia, no obstante, venía acumulándose desde mucho tiempo atrás, según relata. Dolor emocional causado por experiencias personales no resueltas, que incluyeron episodios de abuso sexual, instituciones de asistencia, psiquiátricos, y una vida familiar disfuncional a causa de la carencia financiera y el divorcio de sus padres. Causado por sentir que estaba sola, que no era comprendida y que nadie empatizaba. Y, en última instancia, causado por la desesperanza: veía su mundo oscuro, sin metas ni objetivos. Sin nada.
Así pues, llegó a la conclusión de que no quería vivir más. No solo era la desesperanza personal. Rechazaba el camino por el que iban el mundo y la sociedad: “Yo prefiero desaparecer, porque es cada vez peor”. Y, desde ahí, emprendió esfuerzos progresivos de suicidio. Al final, consiguió que le practicaran la eutanasia.
El debate público detonado por esta terrible historia se ha centrado en si las personas tienen o no un derecho inmanente a privarse de la vida (y, más aún, un derecho a exigir al Estado o a terceros que les asistan para proceder en consecuencia). De igual forma, se ha focalizado en si las legislaciones prohíben o permiten la eutanasia y en los requisitos que es preciso demostrar. E, incluso, se ha desatado un debate de lege ferenda sobre si es preciso permitir en los países que prohíben, o bien, si debemos prohibir en los países que permiten.
No obstante, en mi opinión, la discusión primordial está en otro lado. El problema fundamental a debatir es eminentemente filosófico, más que de políticas públicas o legislación a propósito de la eutanasia. Es uno que pasa por observar el tren de pensamiento que está detrás de la historia de Noelia, y que podría actualmente estar detrás de infinidad de jóvenes y adultos. Un problema cuya solución pasa por preguntar, debatir y decidir sobre aspectos fundamentales de la experiencia humana.
¿Cuál es, en mi opinión, ese tren de pensamiento? Uno que parte de la premisa de que el dolor y el sufrimiento son algo que debe evitarse a toda costa (nótese que aquí hablamos de dolor emocional, pues la paraplejia y el dolor físico aparecieron después, cuando Noelia saltó de un quinto piso). Y que, por tanto, considera que una vida en la que se verifican es una que presenta distorsiones indebidas que, de acaecer de manera reiterada, privan de sentido el continuar viviendo.
Este tren de pensamiento (i.e., si hay sufrimiento, no tiene valor vivir) es delicadísimo, pues puede derivar (incluso ilógicamente) en consecuencias sistémicas adversas. ¿Acaso el dolor emocional y el sufrimiento no son una cuestión común y transversal de la experiencia humana (comenzando por la inevitable partida de nuestros familiares)? ¿Acaso no la mayoría de nosotros experimentamos con profunda intensidad lo que nos acaece (por ejemplo, la desdicha a causa de la infidelidad, la traición y la mezquindad humana), incluso si, desde una perspectiva externa, nuestros problemas son menores e insignificantes comparados a los de Noelia? Y, si esto sucede de manera reiterada, ¿acaso no la inmensa mayoría de nosotros tendríamos razones para negar el valor de la existencia?
Mas aún, si no damos valor a nuestra vida, ¿por qué razón habríamos de atribuir valor a la de alguien más? En este punto ¿por qué entonces abrazaríamos la noción de dignidad, según la cual tenemos un valor intrínseco y, por tanto, no debemos ser tratados como herramientas para la consecución de ulteriores fines egoístas? ¿Por qué habríamos de respetar derechos humanos, figura basada precisamente en la noción de dignidad? ¿A dónde nos llevaría el que nuestra convivencia —y nuestro derecho— se estructure precisamente a partir de la premisa de ese desvalor, poniendo la existencia misma al servicio de intereses externos e, incluso, inconfesables?
Observe usted, querido lector, que la pendiente resbaladiza podría ser interminable. No es casualidad que Noelia haya dicho contundentemente “No quiero ser ejemplo de nadie”. Y, por eso, es preciso pensar en una alternativa. ¿Cuál? Jordan B. Peterson propone una, lo que no significa que no puedan buscarse otras. Consiste en partir de una premisa fáctica diferente: es ingenuo pensar que la experiencia humana se agota en la felicidad y el frenesí. Incluye, invariablemente, dolor y sufrimiento (a veces causado por la naturaleza —como es el caso de las enfermedades o los desastres naturales—, a veces por la conducta humana). Y es nuestra responsabilidad prevenir que ese sufrimiento crezca innecesariamente con motivo de nuestra conducta y nuestros pensamientos.
Bajo esta óptica, sería nuestra responsabilidad (y solo nuestra, según sugiere Dostoievsky en Los hermanos Karamasov) el asignar significado a todo lo que acaece. Buscar propósito, de tal forma que las vicisitudes impuestas por la existencia misma puedan valer la pena.