El Derecho a ser abuelo

1 de Abril de 2026

El Derecho a ser abuelo

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Rosalinda De León Zamora.

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Foto: EjeCentral

En muchas familias mexicanas existe una figura que pocas veces aparece en las sentencias judiciales, pero que sostiene silenciosamente la estabilidad emocional, económica, y hasta educativa de niñas, niños y adolescentes: los abuelos. Su papel, aunque tradicionalmente asociado al afecto y la transmisión de valores, hoy también debe entenderse desde una perspectiva de derechos humanos y de corresponsabilidad familiar.

La realidad social ha cambiado. Actualmente, en miles de hogares los abuelos no solamente son figuras de cariño, sino también cuidadores primarios, apoyo económico, mediadores familiares y, en muchos casos, el verdadero soporte cuando los padres enfrentan separaciones, jornadas laborales extensas o conflictos legales.

Pero existe una escena poco visible fuera del mundo jurídico: los abuelos que acuden a los juzgados familiares para solicitar un régimen de visitas y convivencias. Jurídicamente hablamos del derecho de niñas y niños a mantener vínculos con su familia extensa, y en la práctica, muchas veces quien toca la puerta del tribunal es el abuelo o la abuela.

No es extraño verlos en los pasillos o elevadores de los juzgados familiares del Tribunal Superior de Justicia de la Ciudad de México, esperando su turno con un expediente en la mano y una esperanza muy concreta: poder volver a ver a sus nietos.

Ahí ocurre algo que vale la pena reflexionar. Formalmente, quien promueve el juicio puede ser el abuelo, pero el derecho que se está protegiendo no es únicamente de él. Es, sobre todo, el derecho del niño o la niña a mantener relaciones afectivas que contribuyan a su desarrollo integral, conforme al principio del interés superior de la niñez reconocido en nuestra Constitución y en los tratados internacionales.

Esto cambia completamente la perspectiva: no se trata solamente de la nostalgia de un abuelo, sino del cumplimiento de un derecho de la infancia. En ese sentido, los juzgados familiares a través de su Centro de Convivencia Familiar Supervisada (CECOFAM) de la Ciudad de México, uno de los más grandes del país por el número de asuntos que atiende no solamente resuelven conflictos legales; también se convierten en espacios donde se reconstruyen vínculos familiares y se protege el derecho de niñas y niños a no perder a las personas significativas en su vida.

Cada asunto de convivencia familiar tiene un componente profundamente humano. Detrás de cada expediente hay historias de separación, pero también de persistencia. Abuelos que, lejos de rendirse ante los conflictos entre adultos, acuden a la vía institucional para mantener vivo un vínculo emocional que no les pertenece por concesión, sino por derecho construido en el afecto, la memoria y la presencia constante en la vida de sus nietos.

Debemos empezar a entender que el derecho familiar moderno no solamente administra controversias; también protege afectos. Y pocas figuras representan mejor esa dimensión que los abuelos, quienes muchas veces acuden a juicio no por interés personal, sino por la convicción de que el cariño también genera responsabilidades.

Reconocer estos casos también nos obliga a reflexionar sobre una verdad sencilla pero poderosa: cuando un abuelo lucha por convivir con su nieto, muchas veces lo que está haciendo, sin decirlo en términos técnicos, es ayudar a garantizar los derechos de niñas y niños, a crecer rodeado de afecto, identidad y pertenencia familiar.

Quizá por eso, más allá de los expedientes, el derecho no puede perder de vista lo esencial: proteger a la infancia también implica resguardar sus afectos. Porque la justicia familiar no se agota solamente en sentencias ni en formalidades procesales. Su verdadera medida está en los vínculos que logra preservar. En esos encuentros que restituyen algo que jamás debió romperse: el derecho de un niño a seguir abrazando a quienes quieren seguir formando parte de su historia.

Porque, en el fondo, todos quisiéramos que los abuelos y las abuelas siempre fueran eternos; que nunca enfermaran, que nunca sufrieran. Pero como no lo son, el derecho tiene una tarea inaplazable: no permitir que el tiempo, la distancia o los conflictos les arrebaten a las niñas y niños, la oportunidad de quererlos y de valorarlos con amor, y no con ausencia.