En el corazón de Addis Ababa se puede visitar el remodelado “Africa Hall”, una exquisita sala de conferencias al estilo Sociedad de Naciones, de esas donde los delegados intentan decidir el futuro de millones. Albergó la antigua Organización de la Unidad Africana (OUA) y hoy la usa la Comisión Económica para África. La construyó en 18 meses Arturo Mezzedimi, quien por cierto era autodidacta y logró una mezcla exitosísima de modernismo y sutilezas africanas.
Tiene una peculiaridad que los edecanes confiesan, sólo bajo presión: un torreón interno, atrás del presídium, donde el Emperador de Etiopía, Haile Selassie, podría ver los debates sin ser visto. Esa atalaya para la supervisión, la que ejerce el infalible “hombre fuerte africano” —Selassie lo era realmente—, perfila sintomáticamente los procesos panafricanos: liderazgos apasionados e idealistas, pero verticales y reacios a conceder soberanía a favor de instituciones.
Cuando las independencias africanas ebullían en la segunda mitad del siglo XX, hubo en África dos tendencias unificadoras: la más atrevida, Grupo de Casablanca, se ejemplifica en la figura del primer presidente de Ghana, Kwame Nkrumah. Desde su activismo como estudiante, destilaba conciencia panafricana incomparable. Personaje novelesco, logró la independencia de su país y de inmediato aprobó los colores de su bandera (diseño de la artista Theodosia Okoh) retomando el rojo, verde y amarillo del León de Judá de Etiopía, el país africano nunca colonizado. Reemplazó el león con una estrella negra que significaba “la libertad de toda África”.
Fue él quien primero designó un Día de la Libertad Africana. Como figura clave en el nacimiento de la OUA, abogaba por una unión inmediata y comprensiva, pero refutaba la atomización del continente. Ello frenó la unión política total que él mismo añoraba. Rechazó, por ejemplo, la independencia de Katanga, la región sur del Congo, la que hace salivar a tantos por sus recursos de cobalto y cobre.
La otra tendencia en el panafricanismo se nombra Grupo de Monrovia. Tuvo ideales conservadores: cooperación económica gradual, respetando también la soberanía estatal. Se ejemplifica justamente con el Emperador Haile Selassi quien reunió en ese Africa Hall, el 25 y 26 de mayo de 1963, a los 32 países que entonces habían conseguido la independencia, 24 de ellos eran recién nacidas naciones con menos de tres años de independencia.
Kwame Nkrumah estuvo ahí; Nasser de Egipto también. Y cabe mencionar a Ahmed Ben Bella, otro personaje novelesco que traía consigo, como jefe histórico del Comité Revolucionario de Unión y Acción de Argelia, una voz radical de trabajadores y campesinos de orden continental.
Entonces se decidió cambiar el “Día de la Libertad Africana” (que se celebraba el 15 de abril) por el Día de la Liberación Africana, el 25 de mayo. Ahí se ratificaron los compromisos de crear un comité especial para ayudar a los movimientos de liberación y el boicot a Sudáfrica por el apartheid. El oleaje apuntó consecuentemente a construir naciones sobre las viejas fronteras. Fue el día en que Haile Selassie de Etiopía se consolidó como la figura unificadora y los grupos “Casablanca” y “Monrovia” acordaron un texto común, más no necesariamente una visión compartida.
La OUA se transformó en Unión Africana en 2002 tratando de atender cuatro décadas de una organización que enarbolaba la “no injerencia absoluta” en la vida y en los errores de cada nación, de cada líder. Se avanzó a un compromiso con la gobernanza, modesto, pero más activo, y con una voz capaz de sancionar a sus miembros.
Existe el Día de Europa, 9 de mayo, recordando la Declaración Schuman donde se propuso una administración conjunta del carbón y el acero. No hay un Día de Asia, obviamente. El Día de las Américas (así en plural) es el diluido 14 de abril, dedicado a la soberanía, la paz y la unión “voluntaria” entre repúblicas americanas. Retoma la creación, en Washington 1890, de la Unión de las Repúblicas Americanas, más tarde Unión Panamericana y luego OEA.
Latinoamérica está siempre llamada a profundizar seriamente su debate sobre los factores de consenso regional trascendiendo, por supuesto, ese 12 de octubre, Día de la Raza o de la Hispanidad, que ciertamente marca un “encuentro” (o “colisión”) entre mundos, pero negativamente reitera señales de expansión europea, neocolonialismo y violencia cultural.