1er. TIEMPO: La utopía de Fidel. Las noticias llegan de La Habana: el transporte público y privado, está paralizado. Ya no venden las gasolinerías en pesos, sino en dólares, y con un racionamiento de no más de 20 litros. Los hoteles, fuente de divisas por el turismo, están cerrando. El gobierno casi no está trabajando y la mayoría de los ministerios han cerrado, al menos parcialmente. No hay clases de educación media superior. Ni dinero para pagar pensiones. El precio de los alimentos se ha disparado. Y viajar a La Habana, donde está lo menos peor de este colapso en cámara lenta, solo puede hacerse ocasionalmente por semana. ¿Estamos viendo el final de la utopía que levantó Fidel Castro? Sí. La utopía castrista no murió de golpe; se fue apagando lentamente, como se extinguen los mitos cuando la realidad insiste. Cuba no colapsó por una invasión extranjera ni por un complot imperial, como durante décadas explicó la narrativa oficial, sino por el desgaste interno de un modelo que confundió resistencia con inmovilidad y épica con administración. Durante más de 65 años, el régimen cubano vivió de una renta simbólica: la revolución como promesa permanente. Fidel entendió, mejor que nadie, que el poder no se sostiene sólo con coerción, sino con relato. La revolución no era un hecho histórico cerrado, sino un presente eterno que justificaba sacrificios, carencias y silencios. Sus discursos legendarios por mútiples cosas, su duración, normalmente no menos de cuatro horas y coan máximos que llegaron a rozar las 10, pasionales, persuasivos, apoyado en las manos y las gesticulaciones, que mezclaba la narrativa histórica con las apelaciones emocionales, sin leer, improvisar, perfectamente articulado, sin detenerse, pero con pausas estratégicas, hacían de sus mensajes eventos multitudinarios, en las Naciones Unidas, donde solo el presidente de Estados Unidos y el Papa convocaban tantas personas, en la Plaza de la Revolución, en los encuentros más cerrados. Todo estaba permitido en nombre del mañana luminoso que nunca llegaba. Ese relato sobrevivió a la caída del Muro de Berlín y el final de la Guerra Fría, al colapso soviético cuando la carrera militar en el espacio de Ronald Reagan quebró a la potencia de Mijail Gorbachov, y al “Periodo Especial”, como se llamó a la década donde la economia cubana cayó en picada tras perder los rublos de la Unión Soviética, porque aún tenía un antagonista útil: Estados Unidos. El bloqueo -real, pero también sobredimensionado como explicación total-, fue el comodín perfecto para encubrir la ineficiencia estructural del Estado cubano. Mientras existiera un enemigo externo, el fracaso interno podía maquillarse como heroísmo. Pero los mitos también envejecen. La Cuba de hoy ya no es la de la Guerra Fría. Es un país exhausto, con una población empobrecida, envejecida y, sobre todo, desconectada emocionalmente del proyecto revolucionario.
2º. TIEMPO: Hartazgo sin dirección. La generación que creció bajo el carisma de Fidel Castro se está yendo; quienes nacieron entre 1050, una década antes de la toma del poder el 1º de enero de 1959, y entre 1970, con dos décadas de adoctrinamiento, son un grupo demográfico de 2.3 a 2.9 millones de personas, poco menos de una tercera parte de la población actual de Cuba, que se ha venido desangrando en la diáspora. La que queda no quiere consignas, quiere comida, electricidad, medicinas y futuro. Ya se hartaron de la épica. El castrismo, convertido en cascarón burocrático bajo Raúl Castro y luego en gerencia gris con el presidente Miguel Díaz-Canel, perdió lo único que lo hacía políticamente viable: la mística. Raúl nunca tuvo el carisma de su hermano, y mucho menos su retórica. Díaz-Canel, peor aún. Sin Fidel, la revolución dejó de ser un acto fundacional permanente y se volvió lo que siempre fue en el fondo: un sistema autoritario incapaz de generar prosperidad. Las protestas de julio de 2021 marcaron un punto de no retorno, y de los tres millones de cubanos que viven fuera de la isla, un millón la dejaron después de ese momento de un quiebre irreversible. No fueron marchas ideológicas, sino estallidos sociales. No se gritó “abajo el imperialismo”, sino “tenemos hambre”. El régimen respondió como siempre: represión, cárcel y silencio informativo. Pero algo había cambiado. Por primera vez, el miedo empezó a fracturarse sin que hubiera una alternativa política organizada detrás. Eso es lo verdaderamente peligroso para un sistema autoritario: el hartazgo sin dirección. Al morir Fidel el 25 de noviembre de 2016, se perdió también la columna que unía y articulaba las vértebras de un sistema. Durante décadas fue un líder por el que morían, como él ofreció hacerlo cuando llegó a Playa Girón en abril de 1961, para tomar las armas y enfrentar la invasión en Bahía de Cochinos en la costa del suroeste de Cuba. Fue agresivo un año después, cuando permitió a la Unión Soviética instalar armas nucleares en territorio cubano, que provocó “la crisis de los misiles”, durante la cual presionó a Nikita Kruschchev un ataque nuclear preventivo para evitar una invasión. Mandó a sus tropas a pelear en Angola y soportó la desaparición de la Unión Soviética. Logró mantener el país a flote durante una década, hasta que Hugo Chávez lo rescató con el petróleo venezonalo. Pero esa Cuba había empezado a construir su agonía. La Habana, una de las grandes ciudades latinoamericanas en los 50’s, profundizó su deterioro. El dinero de la UNESCO para la restauración, ya no alcanzó, ni el turismo operado por españoles e italianos. Literalmente hablando, el viejo centro de La Habana, mostrando las huellas de su grandeza, comenzó a caerse en pedazos. El discurso nunca se agotó, pero la realidad económica y la cerrazón política y la represión, para buscar cohesuon y pretexto para la dictadura, fue cediendo al irse agotando su vida. Raúl, tan viejo casi como él, no tenía los pilares de Fidel. Díaz-Canel, terminó de sepultar el mito, que vemos hoy desvanecerse en esa isla del Caribe que, en durante mucho tiempo, la energía de Fidel la hizo mucho más grande de lo que siempre fue.
3er. TIEMPO: Se acabó la fuerza de la consigna. La crisis cubana actual -económica, energética, migratoria- no es coyuntural. Es estructural. Cuba ya no produce, no atrae inversión, no retiene talento. De hecho, siempre fue ineficiente en generar producción y crecimiento, y la falta de infraestructura frenó la inversión, al solo permitir empresas privadas de capital mixto con el Estado, que tenían que caminar como socios minoritarios en una economía socialista. Cuba vive en una economía de guerra, racionando los recursos, que se puede en las bodegas, donde se compra comida racionada a bajo precio, porque en las tiendas donde se compra libremente, casi nunca se encuentra uno cubanos. El turismo, las misiones de médicos al exterior, y algunos productos de bienes de exportación como el tabaco y el ron, contribuyen marginalmente a la economía, centralmete planificada como en el mundo comunista que hace casi 30 años que desapareció. El principal ingreso es el de las remesas, estimadas entre dos mil y dos mil 500 millones de dólares anuales, que significaron el año pasado el ingreso para el 37% de los hogares. El Estado controla casi todo, pero no gestiona bien nada. El mercado está prohibido cuando funciona y tolerado cuando es inevitable. El resultado ha sido el de una economía paralizada y una sociedad informalizada. El éxodo masivo fue, sin embargo, el veredicto más contundente contra la utopía fidelista. Millones de cubanos han votado con los pies. No huyeron del bloqueo, sino del sistema. Y lo hicieron sin romanticismo, sin nostalgia revolucionaria, sin fe en reformas graduales. Simplemente se fueron. En América Latina, la izquierda que alguna vez veneró a Cuba guarda hoy un silencio incómodo. Solo en Méxicop tiene abogados vehementes. Pero en realidad, defender al régimen cubano ya no da réditos morales ni políticos, salvo en sociedades hipócritas. El ejemplo dejó de inspirar y empezó a incomodar. Cuba pasó de ser faro a ser advertencia. Incluso para gobiernos afines, el castrismo es una herencia difícil de explicar frente a sociedades que exigen resultados, no discursos. El final de la utopía no significa, necesariamente, el final inmediato del régimen, pero sí su pudrición. Mantiene un control autortario, pero ya no gobiernan con adhesión, sino con inercia y control. Eso los volvió frágiles. No ha caído por asalto, sino por agotamiento. La utopía murió cuando dejó de convencer incluso a quienes debían heredarlo todo menos la miseria. Lo que queda es un régimen administrando ruinas y una sociedad esperando algo que rompa la parálisis, como lo está haciendo Estados Unidos ahora, con soberbia y arrogancia. La historia no avisa cuándo se acelera. Pero cuando los mitos se vacían, el tiempo político empieza a correr más rápido de lo que el poder imagina. Cuba ya entró en esa fase, y no hay consigna que la detenga.
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