El debate sobre la existencia y magnitud del multiplicador fiscal se halla en las discusiones académicas y de política macroeconómica desde hace décadas. El concepto es intuitivamente sencillo, pero aún carecemos de respuestas definitivas: ¿Qué ocurre cuando el gobierno decide gastar más? ¿Ese gasto impulsa la actividad económica más allá de su propio monto o simplemente redistribuye recursos dentro de la economía?
La idea detrás del multiplicador es clara. Si el gobierno invierte en infraestructura, paga salarios o financia programas públicos, ese dinero no se detiene en el primer receptor. Quien recibe ese ingreso lo gasta, ese gasto se convierte en ingreso para alguien más, y así sucesivamente en olas sucesivas de recursos. La cadena continúa y, en teoría, podría amplificar el impacto inicial del gasto público sobre la actividad económica.
La pregunta es cuánto se amplifica realmente. Si el multiplicador es mayor a uno, el gasto público genera un impulso económico más grande que el gasto inicial. Si es menor a uno, el efecto existe, pero es más limitado. El principal reto ha ido más allá de la teoría y se encuentra en la medición.
Para estimar el multiplicador es necesario identificar momentos en los que el gobierno aumenta o reduce el gasto por razones que no estén directamente relacionadas con la evolución inmediata de la economía. Dicho de otro modo, es necesario distinguir entre decisiones fiscales que responden al ciclo económico y decisiones que obedecen a otros factores, como reformas estructurales, compromisos institucionales o programas de inversión de largo plazo.
Para lidiar con ese reto, diversos investigadores han recurrido al método narrativo que, en esencia, consiste en revisar documentos oficiales, reportes de política económica y registros presupuestarios para reconstruir las motivaciones detrás de cada decisión fiscal. Es un trabajo casi historiográfico: leer miles de páginas, identificar episodios de expansión o contracción del gasto y clasificarlos según sus motivaciones. Dicho proceso ha sido tradicionalmente artesanal. Y ahí es donde aparece un nuevo actor inesperado en la discusión del multiplicador: la inteligencia artificial.
Un estudio reciente del Fondo Monetario Internacional (“AI Meets Fiscal Policy: Mapping Government Spending Actions Across 64 Countries”) utiliza modelos de lenguaje para analizar reportes trimestrales sobre política económica en 64 países durante más de siete décadas. En lugar de que un equipo de investigadores revise manualmente cada documento, el modelo de inteligencia artificial lee los reportes, identifica decisiones de gasto público y clasifica si representan expansiones o contracciones fiscales, así como las razones que las motivaron.
En términos simples, la inteligencia artificial funciona como un archivista incansable que revisa décadas de historia fiscal para detectar episodios de política discrecional. Una vez identificados esos episodios, los economistas pueden utilizarlos para estimar el efecto que esas decisiones tuvieron sobre la actividad económica.
El ejercicio produce un resultado interesante. En promedio, el multiplicador fiscal que emerge de este análisis es moderado: alrededor de 0.7. Es decir, cuando el gobierno aumenta el gasto, la actividad económica tiende a crecer, pero el incremento total suele ser menor que el monto inicial del gasto. Esto ocurre porque el impulso fiscal no se produce en el vacío. Cuando el sector público aumenta su demanda de recursos —trabajo, capital o financiamiento—, una parte de esos recursos deja de estar disponible para el sector privado. Economistas llaman a este fenómeno “crowding out” o expulsión: el gasto público impulsa la actividad, pero al mismo tiempo desplaza parcialmente otras decisiones de inversión o consumo en la economía.
Más interesante aún es que el multiplicador no parece ser una constante. Su tamaño depende del contexto económico e institucional. En economías más abiertas al comercio, por ejemplo, una parte importante del gasto adicional se filtra hacia importaciones, reduciendo el impacto interno. En entornos de alta incertidumbre, el efecto del gasto también tiende a ser menor, posiblemente porque hogares y empresas reaccionan con cautela.
El entorno político también importa. El estudio encuentra que cuando los gobiernos cuentan con respaldo político para implementar su política fiscal, el impacto del gasto sobre la economía tiende a ser mayor. En cambio, cuando las decisiones fiscales se toman en contextos de fragilidad política o cerca de procesos electorales, ese efecto se diluye. En otras palabras, el multiplicador no depende únicamente de la aritmética del gasto público. También depende de las condiciones económicas, del entorno institucional y del grado de credibilidad que tenga la política fiscal.
Lo más interesante del ejercicio, sin embargo, no es sólo el número que produce, sino el método que utiliza. Durante décadas, identificar episodios de política fiscal discrecional ha requerido una labor minuciosa de lectura y clasificación de documentos. La inteligencia artificial permite ahora escalar ese ejercicio a una base de datos global que abarca más de medio siglo de historia económica.
Esto no significa que la tecnología resuelva el debate sobre el multiplicador fiscal. La discusión sobre el tamaño y las condiciones bajo las cuales opera seguirá abierta. Pero sí cambia algo importante: nuestra capacidad para observar y reconstruir la historia de la política económica con una profundidad y una escala que antes eran prácticamente imposibles. Lo que está haciendo es proporcionar una lupa más potente para examinar uno de los mecanismos más discutidos de la política económica.