El mundial de los otros

11 de Junio de 2026

El mundial de los otros

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Emilio Antonio Calderón

El fútbol nació en las calles, pero hoy habita en los tribunales de Zúrich y en los portafolios de las multinacionales. Tal como se ha expuesto profundamente en los últimos días, ell arranque de la Copa del Mundo 2026 en nuestro país expone una contradicción que va más allá de lo deportivo. Aunque el territorio mexicano funciona como una de las sedes oficiales de la justa, los hechos demuestran que el evento no se diseñó para el disfrute de la ciudadanía local. Por el contrario, las restricciones operativas, los costos prohibitivos y el desplazamiento urbano envían un mensaje unánime: el aficionado mexicano es un ente indeseable en su propia casa, un simple decorado logístico para un espectáculo que pertenece a las élites globales.

La parálisis que sufren las vialidades aledañas a los estadios y las penalizaciones a los establecimientos comerciales que intenten transmitir los partidos sin pagar licencias exclusivas son apenas la superficie de un problema mayor. Son muchas las voces que señalan que la derrama económica de estos eventos es un espejismo matemático; las ganancias se indexan en las cuentas suizas de la FIFA, mientras que las deudas y los sacrificios se pagan en pesos mexicanos. Las promesas gubernamentales de un crecimiento histórico chocan de frente con la realidad financiera. Un reporte macroeconómico emitido por la calificadora Moody’s Local México revela que el torneo aportará un marginal 0.13% al crecimiento del Producto Interno Bruto nacional en 2026. El beneficio es temporal, limitado y no compensa el gasto estructural a largo plazo que absorbe el erario.

El colonialismo fiscal

Para que la FIFA opere su monopolio de entretenimiento, el Estado mexicano aceptó condiciones leoninas que vulneran la soberanía hacendaria. Mientras el Servicio de Administración Tributaria (SAT) fiscaliza con rigor al contribuyente promedio y al pequeño comerciante, el gobierno otorga un blindaje fiscal absoluto a las filiales de la federación internacional. Esta exención les permite vender boletos, comercializar patrocinios y exportar divisas sin dejar un solo peso de Impuesto sobre la Renta (ISR) o IVA en las arcas nacionales. Se trata de un subsidio público masivo a una entidad privada multimillonaria, un capitalismo de extracción donde las ciudades sede asumen los costos de seguridad y servicios públicos, pero ceden el 100% de las ganancias directas de taquilla.

Esta distorsión se extiende a los estadios. Para cumplir con el cuaderno de cargos de la FIFA, el Estadio Azteca tuvo que sacrificar su mística popular y su capacidad masiva. El coloso de Santa Úrsula pasó de albergar a 110,000 espectadores a una capacidad actual de poco más de 83,200 asientos. La demolición de gradas generales tuvo un propósito claro: construir palcos club y zonas de hospitalidad premium para el turismo corporativo. El costo de esta adecuación superó los 3,500 millones de pesos de inversión. El verdadero drama no radica en el precio de una remodelación, sino en la desnaturalización de la tribuna; el sistema sustituyó al hincha apasionado por un consumidor de zonas VIP.

Gradas gentrificadas

La expulsión del aficionado común se consolida mediante la tecnología. Por primera vez, la FIFA implementa un algoritmo de precios dinámicos, un mecanismo que reajusta el costo de las entradas en tiempo real según la demanda del mercado bursátil del entretenimiento. Esta barrera económica convierte el acceso a las gradas en un privilegio inalcanzable para la mayoría de los mexicanos. El fenómeno no es exclusivo de nuestro país; investigaciones de las fiscalías locales en Nueva York y Toronto indagan actualmente a las alcaldías de esas ciudades por comprar porciones de sus propios boletos locales para revenderlos a corporativos a sobreprecio, una táctica desesperada para intentar recuperar los millones de dólares invertidos en logística que la FIFA no les reembolsará.

El resultado de esta estructura es la exclusión absoluta. Los gobiernos locales ceden ante las exigencias de Gianni Infantino en busca de una proyección internacional abstracta, pero el saldo real es el endeudamiento público y el descontento social. La paradoja se consuma en los hogares de las colonias populares que rodean a los estadios. El aficionado común, incapaz de costear un boleto o de transitar por sus propias calles cerradas debido a los anillos de seguridad, debe pagar una suscripción de televisión por internet para ver un partido de fútbol que ocurre a unas cuadras de su casa. Lejos del talento en la cancha, esta Copa del Mundo pasará a la historia por ser el torneo que perfeccionó la gentrificación del deporte más popular del planeta.