Durante años hablamos del Mundial como si fuera un destino lejano; vimos las obras, los anuncios, las campañas de promoción, discutimos desde infraestructura de los estadios, aeropuertos, movilidad y turismo. Escuchamos una y otra vez que México volvería a ser sede de la Copa del Mundo y que el Estadio Azteca volvería a hacer historia. Parecía entonces un acontecimiento demasiado distante para sentirse real.
Hasta hoy, que ha llegado el momento de vivirlo en presente. Hoy jueves 11 de junio de 2026, el balón rodará y la espera terminará.
México volverá a inaugurar un Mundial; no es un hecho menor, ningún otro estadio en el mundo puede presumir haber sido escenario de tres inauguraciones mundialistas. El Azteca vuelve a colocarse en el centro de la conversación de fútbol a nivel global y, durante unas horas, los ojos del mundo estarán puestos sobre la Ciudad de México. Pero quizá lo más interesante no ocurra en las tribunas ni en la ceremonia inaugural, sino frente a las pantallas.
Familias, amigos e incluso compañeros de trabajo compartirán un momento que trasciende el fútbol. Bastará una pantalla encendida, ya sea en la sala de una casa, en una oficina, en un restaurante o en un teléfono móvil, para formar parte del arranque de la máxima fiesta deportiva. Y, por supuesto, estarán quienes tengan la fortuna de presenciar el partido inaugural desde las tribunas, una experiencia que para muchos aficionados representa el cumplimiento de un sueño.
A pesar de las críticas, las polémicas y los inevitables dimes y diretes, el Mundial no pierde la capacidad de darnos algo de qué hablar a todos. Durante unas semanas, el fútbol se convierte en una conversación que atraviesa edades, profesiones e incluso diferencias de opinión, recordándonos que todavía existen temas capaces de reunir la atención de millones de personas al mismo tiempo.
Pero, ¿será que en el fondo se percibe un ánimo distinto?
La afición mexicana sigue siendo apasionada, pero ya no es ingenua. Después de años de resultados irregulares, de promesas incumplidas y de debates interminables sobre el rumbo del fútbol nacional, pocos parecen esperar milagros. Lo que existe es algo más razonable: el deseo de ver competir a una selección que juegue bien, que esté a la altura de la responsabilidad que implica inaugurar un Mundial en casa y que recuerde por qué millones de personas siguen acompañándola.
Quizá esa sea la gran diferencia respecto a otros tiempos.
Antes, la ilusión estaba construida sobre expectativas desbordadas. Hoy parece construida sobre algo más sencillo: las ganas de disfrutar el fútbol.
Es algo a lo que le llamo ganar criterio; porque los Mundiales siempre han sido más grandes que los resultados. Son memoria colectiva: conversaciones que duran décadas, imágenes que terminan formando parte de la historia personal de quienes las viven.
Hoy comienza un torneo que durará poco más de un mes. Habrá sorpresas, decepciones, héroes inesperados y favoritos que se quedarán en el camino, como siempre ocurre.
Pero antes de que empiecen los análisis, las estadísticas y las polémicas arbitrales, vale la pena detenerse un momento para reconocer algo sencillo: y es que después de tantos años hablando del Mundial que venía, finalmente estamos hablando del Mundial que ya llegó.