Mythos

11 de Junio de 2026

Mythos

Víctor Gómez Ayala_.jpg

Víctor Gómez Ayala

Para los griegos había dos maneras de decir la verdad. Una era el logos, el discurso que demuestra, ordena y se deja verificar. La otra era el mythos, el relato que no se prueba porque no hace falta, el saber que circula como creencia compartida y funda el mundo antes de cualquier argumento. Por siglos, la cultura de Occidente, con una fuerte raíz helena, contó la historia de su propio progreso como el triunfo de logos sobre mythos. En otras palabras, el triunfo de la razón desplazando al mito.

Esta diada sobre la forma de contar la verdad formó parte de las reflexiones que un profesor de literatura me hizo hace algunos años. En aquella ocasión añadió que en 1948, Robert Graves escribió un libro para desconfiar de esa historia. Su diosa blanca sostiene que el conocimiento verdadero no es el apolíneo, racional y domesticado, sino el de la musa, esto es, antiguo, peligroso, e irreductible a la clasificación.

Graves creía que la civilización había amansado a esa diosa hasta volverla inofensiva, y que en el proceso le había arrancado el poder. Sin embargo, parafraseando a aquel profesor, no es posible domesticar una fuerza a medias; frente a ese intento hay dos opciones, o conserva su filo, o deja de ser lo que era. Años más tarde aprendí que aquel libro de Graves es, además, un mito sobre el mito. Buena parte de su erudición está inventada, y los especialistas la desmontaron pieza por pieza. Importa señalarlo, porque la ironía que sigue es demasiado precisa para dejarla pasar.

Este 9 de junio, Anthropic lanzó el modelo de inteligencia artificial más capaz jamás puesto a disposición del público, Fable. A la versión sin las mismas restricciones, reservada a un puñado de usuarios, eligió llamarla Mythos. La empresa explicó que ambos nombres salen de la misma raíz (fabula en latín, mythos en griego, es decir, aquello que se cuenta) y que lo único que los separa son las salvaguardas. Se trata del mismo modelo, pero en el fondo es la diosa blanca partida en dos según quién pueda, como ocurre en los relatos, mirarla a la cara.

La capacidad del modelo, no obstante, está lejos de ser retórica. En pruebas tempranas, la empresa de pagos Stripe reportó que el modelo comprimió meses de ingeniería en días, ya que ejecutó en un día una migración de código que a un equipo humano le habría tomado más de dos meses. Además, en investigación científica, la versión sin restricciones aceleró cerca de diez veces aspectos del diseño de fármacos y produjo hipótesis de biología molecular que sus propios científicos prefirieron a las de modelos anteriores en cuatro de cada cinco comparaciones a ciegas.

Quizás la potencia del modelo impulsó la idea de ponerlo a disposición del público en un ambiente controlado, puesto que el riesgo tiene un nombre técnico, uplift. Éste se refiere a la posibilidad de que el modelo dé a un actor malicioso ayuda que no habría conseguido en ningún otro lado, en aplicaciones que abarcan desde la ciberseguridad hasta la biología. El reto estará en la ética de su uso. La consulta que sirve a un investigador legítimo es la misma que serviría a quien quiere hacer daño. Por eso Fable, la versión pública, desvía esas preguntas a un modelo anterior y menos capaz.

Aquí Graves resulta involuntariamente profético. Anthropic reconoce que sus barandillas están calibradas en exceso, que a veces atrapan preguntas inofensivas, y que probablemente sea imposible cerrarlas del todo. Un programa externo no halló forma universal de burlarlas en más de mil horas de intento; y el instituto británico de seguridad en IA, en una ventana breve, avanzó hacia una. La meta declarada ya no es impedir la transgresión, sino volverla tan lenta y costosa que pueda detectarse a tiempo.

En ese punto es donde aparece el logos definitivo. El 1 de junio, ocho días antes del lanzamiento, Anthropic presentó ante el regulador estadounidense el borrador confidencial para salir a bolsa, con una valuación reportada cercana al billón de dólares sobre ingresos anualizados que las fuentes ubican alrededor de los cuarenta y siete mil millones (cifras que conviene leer como reportadas, pues el expediente sigue sellado y no hay estados financieros auditados).

De este modo, el mercado público se convierte en la forma contemporánea más pura del logos: trimestral, medible, fiduciario. Pasa del relato hacia las cifras, lugar al que arriba una empresa cuyo mythos fundacional, construir inteligencia artificial segura para beneficio de todos, acaba de pedir, apenas la semana pasada, que los grandes laboratorios pacten un freno coordinado al desarrollo de frontera.

Graves es útil como referencia frente a esta trama porque hace casi ochenta años presentó una pregunta que hoy podemos reconstruir frente al avance de los modelos de IA, ¿quién está dispuesto a pagar por conservarle el filo a la diosa, sabiendo que amansarla del todo la vuelve, por definición, otra cosa? En las próximas semanas, los mercados y los casos de uso empezarán a decirnos en qué medida aquella pregunta fue una paráfrasis profética.