En la política mexicana existen momentos en los que los procedimientos importan tanto como los resultados. La designación del nuevo titular de la Auditoría Superior de la Federación es uno de esos casos. No se trata simplemente de ocupar un cargo administrativo; se trata de elegir a quien vigilará el uso del dinero público en un país que exige cada vez más transparencia y rendición de cuentas. Por ello, la manera en que se condujo el proceso en la Comisión de Vigilancia de la Auditoría Superior de la Federación de la Cámara de Diputados merece ser reconocida.
El proceso fue escrupuloso, transparente y eficaz. Hubo método, reglas claras y conducción política responsable. En tiempos en los que la sospecha suele contaminar la vida pública, lo ocurrido en la comisión demuestra que las instituciones pueden funcionar cuando existe liderazgo y compromiso con la legalidad.
Buena parte de esa conducción tuvo nombre y apellido: Javier Herrera Borunda. Desde la presidencia de la comisión, el legislador veracruzano mostró algo que pocas veces se conjuga en la política: visión, capacidad técnica y sensibilidad política. El reto no era menor. Organizar un proceso de designación para uno de los órganos de fiscalización más importantes del país implica escuchar, conciliar, ordenar el debate y garantizar que cada paso se apegue a la ley.
Herrera Borunda pertenece a una nueva generación de políticos que, lejos de improvisar, entienden el valor de las instituciones. Es joven, sí, pero su juventud no es sinónimo de inexperiencia. Por el contrario, su paso por el Poder Legislativo ha demostrado que sabe moverse en los complejos equilibrios del Congreso, donde las decisiones relevantes solo prosperan cuando hay capacidad para construir acuerdos.
En ese sentido, el proceso que le tocó organizar marca el inicio de una nueva etapa. La designación del nuevo auditor no estuvo rodeada de improvisaciones ni de decisiones opacas. Hubo un procedimiento ordenado, deliberación pública y una conducción institucional que permitió que el resultado final surgiera de un proceso sólido.
Su historia política también tiene raíces profundas. Javier es hijo de Fidel Herrera Beltrán, un político de cepa que marcó época en Veracruz y que muchos recuerdan por su habilidad política y su cercanía con la gente. Pero Javier no vive de la herencia. Más bien ha tomado esa tradición política como punto de partida para construir su propio camino.
Y lo ha hecho con un respaldo popular veracruzano que muchos políticos veteranos, de cualquier partido en su estado, desearían tener. En una tierra donde la política se vive con intensidad y memoria, ese respaldo no se improvisa: se gana con trabajo, presencia y capacidad de interlocución.
Por eso, más allá del nombre del nuevo auditor, lo verdaderamente relevante es el mensaje institucional que deja este proceso. Cuando las reglas se respetan y la conducción política está a la altura del reto, las instituciones se fortalecen. Y en un país que exige vigilancia al poder y cuidado del dinero público, eso no es poca cosa.
El proceso para elegir al nuevo auditor demuestra que aún hay espacios en la política mexicana donde el procedimiento importa, donde la institucionalidad se respeta y donde una nueva generación de liderazgos empieza a demostrar que puede conducir decisiones de gran calado con responsabilidad.
Si esa ruta se mantiene, la fiscalización del país no solo tendrá un nuevo titular. Tendrá también una señal clara de que las instituciones pueden seguir funcionando cuando quienes las dirigen entienden que la política, antes que ambición personal, es responsabilidad pública.
@jlcamachov