Para cualquiera que haya sobrevivido los años 80, esta nueva ola de materialismo no tiene nada de sorprendente. Es, incluso, predecible y aburrida. Que las clases privilegiadas busquen maneras de distinguirse de los demás, es quizá tan antiguo como la mismísima civilización. Y que el resto de la pirámide social se esfuerce por igualar a aquellos que están en el tope, es tan natural como las leyes de la física.
Recién terminó el Festival de Cannes y, para aquellos que lo seguimos a la distancia, fue un recordatorio de que todavía hay niveles. Quizá, para los que nos dedicamos al periodismo cultural, no es nada nuevo que el ser acreditado oficialmente como un medio de comunicación funciona como distintivo, como un indicador de cierto prestigio que nos separa de otros medios. Lo que sí es nuevo es que los creadores de contenido, y otros cinéfilos, normalicen el autofinanciarse un viaje para hacer una cobertura independiente que puedan presumir en sus redes sociales, aunque queden endeudados para toda la vida.
Algo similar sucedió con la reciente edición del festival de música de Coachella, pues vimos más mexicanos que nunca trasladándose hacia allá para formar parte de la experiencia. Lo raro no es que los mexicanos vayan a esos conciertos, pues este fenómeno ha ido creciendo durante la última década, lo increíble es que lo hagan en uno de los peores momentos para la economía, local y mundial.
Es casi como que, para esta generación, anunciar un estatus es asunto de vida o muerte: ser percibido como alguien que pertenece al grupo social correcto. Hasta hace muy poco, asistir a festivales de música locales, como el Corona Capital y el Ceremonia, ya implicaba un gasto considerable para los melómanos. Ahora no es suficiente, o vas a Coachella o no eres nadie. Lo mismo con el cine. Para ser tomado en serio, tendrás que ir hasta Cannes y, si no puedes, ahí te quedas con tu Festival de Morelia.
En la vida cotidiana, el fitness ha vuelto a colocarse al frente y centro. Gracias a la manósfera (o por desgracia), y por influencia de los extranjeros que hoy viven en México, el cuerpo es el nuevo símbolo de estatus para los hombres. Si quieres ser incluído en ciertos grupos sociales, más te vale estar fit. Tus posibilidades de crecimiento, y de lograr lo que deseas, dependerán de qué tan perfecto es tu cuerpo según los estándares actuales. Incluso, ya se están creando nuevas apps de citas que son fitness-based.
En la Ciudad de México se encuentra el que es ampliamente considerado como el hotel más caro de Latinoamérica, el Ritz-Carlton. Bajo un concepto de espacios con estándar hotelero pero lógica residencial, tiene habitaciones más amplias y más cómodas, pensadas para ser habitadas a largo plazo, con precios que pueden llegar hasta los 300 mil pesos por noche. ¿Y quién paga por estas camas? Obviamente, quien necesita separarse del resto.
Por estos días, la casa relojera Audemars Piguet, quizá uno de los mejores ejemplos de lo que se entiende como lujo, lanzó una colaboración con la marca Swatch: el Royal Pop, un reloj de bolsillo con el que pretende acercarse a públicos más aspiracionales. La reacción fue inmediata y violenta. Largas filas y empujones en ciudades como París, Nueva York y Dubai, e incluso la intervención de la policía en Barcelona, Milán y Düsseldorf.
Otra vez, el mismo mensaje: si no te alcanza para un Royal Oak de Audemars Piguet, tal vez puedas comprarte un Royal Pop de Swatch para colgarlo en tu mochila junto a tus Labubus. Pero si tampoco tienes los 8 mil pesos que cuesta esta pieza, podrías calmar tu sensación de FOMO dándote una vuelta por Zara, para comprar algo de la nueva colección de Bad Bunny… hay para todos los bolsillos.