El segundo turno también cuenta

16 de Septiembre de 2026

El segundo turno también cuenta

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Rosalinda De León Zamora.

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Foto: EjeCentral

Hay jornadas laborales que terminan cuando se apaga la computadora, se cierra el negocio o se sale de la oficina. Hay otras que apenas comienzan en ese momento.

Llegar a casa, preparar la comida, lavar, revisar las tareas, llevar a los hijos a sus actividades, acudir a citas médicas, comprar lo necesario para el hogar, organizar pagos, pero que permite que una familia funcione todos los días.

Durante mucho tiempo, ese trabajo fue visto simplemente como parte de las obligaciones familiares. Como si cocinar, limpiar o cuidar no tuviera valor económico porque nadie entrega un recibo de nómina al final de la semana.

La Suprema Corte de Justicia de la Nación ha dado un paso importante para cambiar esa visión. El caso surgió en Querétaro, en el amparo directo en revisión 1309/2023, una mujer reclamó una compensación económica por la finalización de su matrimonio. Lo interesante es que no se trataba de alguien que hubiera abandonado por completo su vida profesional para quedarse en casa.

Ella trabajaba.

De hecho, tenía dos empleos remunerados, obtenía mayores ingresos que su esposo y dedicaba más horas que él al trabajo fuera del hogar. Aun así, sostuvo que también había asumido en mayor medida las labores domésticas y el cuidado de su hijo.

Eso es lo que conocemos como una doble jornada, y ahí está lo verdaderamente importante del criterio.

La extinta Primera Sala sostuvo que tener un empleo, recibir un salario o incluso ganar más que la pareja, no elimina, por sí mismo, la posibilidad de obtener una compensación económica. La pregunta no debería ser únicamente si una persona trabajó fuera de casa, sino qué ocurrió dentro de ella.

Porque dos personas pueden salir todas las mañanas a trabajar y, aun así, regresar a hogares completamente distintos; una puede llegar a descansar y la otra puede llegar a comenzar su segundo turno.

La Corte explicó que esa doble jornada puede generar costos de oportunidad. No necesariamente porque la persona haya dejado de trabajar, sino porque dedicar tiempo y esfuerzo adicional al hogar y a los cuidados puede limitar su desarrollo profesional, personal, académico y la posibilidad de formar un patrimonio.

La resolución, sin embargo, no significó que la cónyuge recibiera automáticamente una cantidad o la mitad de los bienes. La Suprema Corte revocó la sentencia que se revisaba y devolvió el asunto al Tribunal Colegiado para que lo analizara y resolviera nuevamente, con perspectiva de género, atendiendo al contexto y a las pruebas.

Cada caso debe analizarse de manera particular. Además, la regulación puede variar entre las entidades del país.

La persona juzgadora deberá revisar cómo se distribuyeron realmente las responsabilidades familiares, quién asumió con mayor frecuencia las labores domésticas y de cuidado, durante cuánto tiempo lo hizo, qué consecuencias económicas produjo esa distribución y si, al terminar el matrimonio, se generó un desequilibrio patrimonial.

La compensación busca corregir las asimetrías ocasionadas por una distribución inequitativa de esas cargas, no simplemente igualar los patrimonios de quienes se divorcian.

Aunque estas tareas han recaído históricamente, y en mayor proporción, sobre las mujeres, la figura puede ser solicitada por cualquiera de los cónyuges que se encuentre en esa situación. Lo que se reconoce es el valor del trabajo doméstico y de cuidados realizado dentro de una familia.

Porque mantener y cuidar una casa también cuesta.

Criar también cuesta.

Y no solamente cuesta dinero, cuesta tiempo, oportunidades, cansancio, posibilidades profesionales y, muchas veces, años enteros dedicados a que otra persona pueda desarrollarse con mayor libertad.

El matrimonio supone un proyecto compartido. Por eso, cuando termina, no basta con preguntar quién llevó más dinero a la casa.

También hay que preguntar quién puso más tiempo, quién cuidó, quién organizó, quién dejó pasar oportunidades y quién sostuvo silenciosamente la vida cotidiana.

La justicia familiar comienza precisamente ahí: cuando aquello que durante años pareció invisible finalmente también cuenta.