"En primera persona". Cuando el teatro nos obliga dejar de ser indiferentes

5 de Enero de 2026

Claudia Aguilar Barroso

“En primera persona”. Cuando el teatro nos obliga dejar de ser indiferentes

Claudia Aguilar Barroso

Claudia Aguilar Barroso

/

Foto: EjeCentral

En Primera Persona es mucho más que una obra de teatro. Es una forma de obligarnos a mirar de frente una herida abierta que como país llevamos años evitando ver: el rostro humano (los nombres, historias, sueños y familias) detrás de las violencias que hemos normalizado. Salir del foro después de ver la puesta en escena es profundamente doloroso, se trata del dolor de un país entero que se resquebraja mientras intentamos seguir con la vida como si nada. Porque en México, desde hace demasiado tiempo, la tragedia es cotidiana y la indiferencia se ha vuelto un mecanismo de defensa. Y esa indiferencia nos está matando.

Quienes vimos En Primera Persona fuimos convocados a mirar, sin filtros, a Nitza Paola, a Samir, a Nancy, a Claudia, a Gerson y a Jennifer. A mirarlos no como estadísticas, sino como personas: hijas, hijos, madres, jóvenes, campesinos, defensoras, trabajadores. Personas que tenían una vida antes de convertirse en un caso, un expediente, una carpeta, un número. Personas que tenían sueños y un futuro que les fue truncado por la violencia, la indolencia y la indiferencia. Esa es la verdad más brutal: detrás de cada cifra hay un país roto en pedazos y una familia que jamás vuelve a ser la misma.

Pero lo más devastador no es solo la violencia misma; es la manera en que la hemos naturalizado. La forma en que, para sobrevivir, hemos aprendido a no mirar. Nos enteramos de una desaparición y pasamos la página. Leemos sobre una fosa clandestina y seguimos el día. Escuchamos del asesinato de una mujer joven, trabajadora, madre, y simplemente pensamos que “una más”.

La obra nos obliga a enfrentar el hecho de que esta indiferencia es parte del problema. Que ese “yo no me meto” es una forma de abandono. Que nuestro silencio es cómplice. Que mientras no nos duela como país la desaparición de una persona, ninguna reforma, ningún discurso y ningún gobierno van a tener la fuerza para cambiar el rumbo.
La violencia no es patrimonio de un gobierno ni de un partido. Es la continuidad que une décadas de omisiones, negligencias y decisiones inhumanas. Desde la guerra absurda de Calderón, pasando por los pactos silenciosos del peñismo, hasta llegar al presente que sigue negando, con discursos y eufemismos, lo que está a la vista: las violaciones graves a los derechos humanos no disminuyen. Las desapariciones no cesan. La impunidad sigue intacta.

Pero hay otra continuidad igual de peligrosa: la de nuestra piel endurecida. Ese “siempre ha sido así”, ese derrotismo que nos anestesia. Cuando un país deja de conmoverse, el horror se vuelve administrable, casi burocrático. Y en esa administración del horror es donde la crueldad encuentra su terreno más fértil.

En Primera Persona irrumpe en ese letargo. Nos obliga a escuchar a quienes ya no pueden hablar, a nombrarles, a llorarles, a reconocerlos. Nos recuerda que la violencia no se combate solo con instituciones, sino con humanidad, memoria, empatía, incomodidad y decisión. Con la voluntad de no apartar la mirada, aunque duela.

Hoy México necesita justamente eso: una sacudida moral que nos devuelva la capacidad de sentir y de actuar. Necesita que entendamos que la indiferencia también mata y que, si no hacemos algo ya, terminará por consumirnos por completo.

No sé si En Primera Persona cambiará políticas públicas. Pero sí sé que cambia algo más profundo: cambia miradas. Y cuando una sociedad vuelve a mirar de frente, empieza también a despertar.

Ver En Primera Persona es un acto de responsabilidad. Y lograr que más personas la vean es, quizá, el primer paso para que las voces de Nitzia, Nancy, Samir, Claudia, Gerson y Jenny jamás vuelvan a perderse en el ruido de un país que ya no puede permitirse seguir mirando hacia otro lado.