Salma Hayek no tiene el arrastre con el pueblo mexicano que diversos medios insisten en atribuirle. Por eso, su reciente aparición junto a la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo como vocera de la industria cinematográfica resultó, para muchos, una decisión impopular. La opinión se polarizó de inmediato, aunque es posible que esa reacción formara parte del cálculo político.
Para anunciar los nuevos incentivos otorgados a la industria audiovisual —un plan integral de apoyos para el sector—, la presidenta organizó una conferencia en Palacio Nacional en pleno domingo, aprovechando la visita de Salma a su natal Veracruz, donde actualmente produce una película. Más tarde explicó a medios que el acercamiento se dio por la intervención de Rocío Nahle, gobernadora del estado.
Salma Hayek no es Dolores del Río, no es María Félix, no es Lucero, no es Thalía, no es Andrea Legarreta, no es Verónica Castro. Es decir, no es el tipo de figura mediática que la mayoría de los mexicanos identifica como cercana, como ícono local y, mucho menos, como vocera de la realidad nacional. Salma Hayek es hoy otra cosa: una estrella global. Eso no implica demeritar su relevancia ni su impacto. Pero si alguien pretende atribuirle una representatividad política o social más allá del espectáculo, tendría que sustentarla.
Prestarse para lanzar un mensaje a favor del gobierno, sin embargo, exhibe el uso estratégico de su imagen. Colocarla al frente del anuncio busca dotarlo de un aura de legitimidad casi automática: “si Salma lo dice, debe ser verdad”. Su estatus como mujer exitosa tiene un peso considerable entre el público aspiracional. Pero no se trata de conceder razón por simpatía ni a la presidenta ni a Claudia Curiel de Icaza, secretaria de Cultura, sino de examinar las propuestas, medir su impacto real en la producción local y exigir que se cumplan.
Salma no es una celebridad incuestionable; nadie lo es. En su caso, la controversia ha estado ligada a decisiones creativas a lo largo de su carrera: aceptar papeles que refuerzan estereotipos de mujeres latinas o involucrarse en proyectos que explotan el “mexican curious” característico de cierta generación de los años ochenta: Frida, tequila, chocolate, cenotes.
Para buena parte de la prensa, hay dos etapas muy claras en torno a Salma Hayek: cuando criticarla era casi un deporte nacional y cuando se volvió intocable, montada en la ola de la corrección política y los nuevos feminismos. Incluso entonces, hubo señalamientos por la tardanza con la que reaccionó al escándalo de Harvey Weinstein. Por razones como estas puede afirmarse que, pese a su fama y fortuna, sigue siendo una figura impopular para un sector de la opinión pública mexicana.
Tras el anuncio presidencial, la discusión pública quedó atrapada en la distracción y la polarización. En lugar de analizar el paquete de incentivos, los opositores de Sheinbaum dirigieron su enojo hacia Salma. Sin embargo, es probable que su elección como rostro de la iniciativa responda a objetivos más amplios. No vino a buscar aprobación popular, sino a prestar su plataforma internacional para proyectar un mensaje: México está abierto a hacer negocios.
Desde productores hollywoodenses inconformes con los altos costos de producción en Estados Unidos hasta cineastas en cualquier rincón del mundo, la voz de Salma Hayek elogiando a la presidenta de México puede funcionar como un llamado para atraer inversión extranjera. La presidenta lo sabe, las secretarías de Cultura y Turismo lo saben, y también lo sabe Donald Trump, quien ya ha amenazado con imponer aranceles de hasta 100 % a las películas producidas fuera de Hollywood.