Inflación, ¿lugar común?

14 de Abril de 2026

Inflación, ¿lugar común?

Julieta Mendoza - columna

La inflación no siempre aparece en los indicadores: se siente en la mesa. Está en el precio del jitomate, en ese boleto de avión que se vuelve inalcanzable, en la comida fuera de casa que deja de ser opción. Hoy, México vuelve a enfrentar un fenómeno silencioso pero persistente, que lejos de ser nuevo, ha marcado distintas etapas de su historia económica y que, sin estridencias, erosiona día a día el poder adquisitivo de millones.

Los datos son claros. De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), la inflación anual pasó de 3.79% en enero a 4.02% en febrero de 2026, marcando una tendencia al alza en los primeros meses del año . Para marzo, el repunte fue más evidente: la inflación alcanzó alrededor de 4.59%, su nivel más alto desde finales de 2024 . No es un salto descontrolado, pero sí una señal de alerta.

Detrás de este incremento hay causas concretas y, sobre todo, cotidianas. Los alimentos —especialmente frutas y verduras—, han sido uno de los motores principales del encarecimiento. El jitomate, por ejemplo, registró aumentos de hasta 40% en pocas semanas, impulsado por factores climáticos y logísticos . A esto se suman los energéticos, cuyo precio ha sido presionado por tensiones internacionales, y servicios como el transporte aéreo, que también han registrado incrementos significativos.

Pero más allá de los porcentajes, la inflación tiene un rostro humano. Es el de una familia que ajusta su despensa, el de un trabajador que ve cómo su salario rinde menos, el de un pequeño negocio que enfrenta costos más altos sin poder trasladarlos completamente al consumidor. Este fenómeno económico no es sólo un dato económico: es una experiencia diaria.

En términos simples, la inflación significa que el dinero pierde valor. Lo que antes alcanzaba para diez productos, hoy apenas cubre ocho. Y aunque el aumento pueda parecer pequeño en términos porcentuales, su efecto acumulado es profundo. Especialmente para los sectores más vulnerables, donde el gasto en alimentos representa una mayor proporción del ingreso.

El Banco de México tiene como objetivo mantener la inflación en torno al 3%, con un margen de un punto porcentual. Hoy, el país se encuentra por encima de ese rango. Sin embargo, el panorama no es del todo negativo. La inflación subyacente —la que excluye productos más volátiles—, muestra señales de moderación, lo que sugiere que parte del fenómeno podría ser temporal.

Aun así, el contexto es complejo. La economía mexicana ha mostrado señales de desaceleración, lo que ha llevado al banco central a reducir tasas de interés para estimular el crecimiento. Pero esta decisión implica un delicado equilibrio: bajar tasas puede reactivar el consumo, pero también puede presionar aún más los precios .

El gobierno, por su parte, ha recurrido a medidas como mantener los subsidios a combustibles y acuerdos para contener precios en ciertos productos. Son esfuerzos que alivian momentáneamente el impacto, pero que tienen límites fiscales y temporales .

La gran pregunta es qué sigue. Las expectativas de inflación para el cierre de 2026 se mantienen alrededor de 3.7%, según estimaciones del propio Banco de México. Sin embargo, estas previsiones dependen de factores que van más allá de las fronteras nacionales: conflictos internacionales, precios del petróleo, cadenas de suministro globales.

En este escenario, el encarecimiento se convierte en un termómetro de la economía, pero también en un recordatorio de sus fragilidades. Porque detrás de cada décima porcentual hay decisiones, sacrificios y ajustes en la vida diaria.

Hoy, más que nunca, hablar de inflación es hablar de bienestar. No desde la frialdad de las cifras, sino desde la realidad de millones de mexicanos que hacen cuentas todos los días. La economía, al final, no se mide sólo en crecimiento o estabilidad, sino en la capacidad de las personas para vivir con dignidad. Y ahí, la inflación sigue siendo una prueba pendiente.