Pronto será el aniversario de la publicación (1930) de El malestar en la cultura, donde Freud estableció una lucha entre lo instintivo y la represión social. Hoy he ido a visitar a mi doctor en el metro y, frente a mí, una estudiante con enormes lentes lee con desgano ese libro. A su alrededor, muchos pasajeros matan la aburrición en sus redes sociales. Freud parece resurgir frente a ese auditorio atrapado en Instagram, TikTok y Facebook. ¿Es un nuevo malestar ansioso por cazar un placer que, paradójicamente, genera más ansia?
La información en las redes es asombrosa en cantidad e inmediatez. DataReportal afirma que somos 5,660 millones de usuarios de redes sociales, dos tercios de la población mundial; según HubSpot, les dedicamos un promedio de 2.5 horas diarias. 139 millones de reels surgen cada minuto y el contenido de video representa más del 80% del tráfico total de internet. Las interacciones son brevísimas, sobresaltos visuales, música pegajosa, bailes y rituales primitivistas.
Los algoritmos que rigen estas plataformas priorizan la interacción sobre la sustancia. Operan para cazar la atención e invitar al brinco hacia otra publicación. En 2025, la circulación cibernética alcanzó 181 zettabytes anuales, casi 90 veces más que en 2010. Se trata de “economías de la atención” dirigidas al esencialismo emotivo. Esos algoritmos que determinan contenido utilizan estrategias basadas en la interactividad para asegurar recepción positiva. Estudian los likes, los comentarios y el tiempo de visualización, y atacan nuestra emotividad al sugerirnos que amigos admirados han gustado de esas publicaciones.
Recuerdo algunos comentarios de Gabe Newell, ícono de los videojuegos, realizados durante el 25º aniversario de su máximo éxito: Half-Life. Él insistía en que lo divertido radica en el placer de sentirse tomado en cuenta, deseado. Según Mewel, lo importante es que un videojuego responda pronto al jugador y lo haga trascendente, aun si lo engaña. Si un jugador dispara al muro y su disparo no genera efecto, produce una “lesión narcisista”. Entonces hay que colocar un muro que se mancille ante los tiros. Así, los jugadores olvidan incluso el objetivo del juego y se dedican a “balacear” por ese simple placer. Las claves de la diversión son entonces el reconocimiento al receptor y ofrecerle siempre una respuesta.
Es un hecho irrebatible que las redes sociales han llegado para quedarse y son irreprimibles. Lo que la chica de lentes grandes parece comprender es que hay espacio para que los usuarios de redes comiencen a manipular el algoritmo y tomen el mando. Quizá ella haya cruzado con otros pensadores, más en el círculo del existencialismo y la voluntad de sentido, valorando la selección activa de objetivos. Ella se puede posicionar encima del algoritmo y determinar mejor lo que habrá de recibir mañana: la clave está en jugar activamente con el tiempo y la profundidad de lo visitado y dominar los propios intereses, construyendo su puente de libertad.
Ella puede valorar plataformas como Open Culture y 92nd-Street-Y con acceso gratuito a medios seleccionados por profundidad. Son solo unos ejemplos, pero más importante es jugar diestramente: seleccionar publicaciones y dedicarles tiempo, hacer la pausa correcta y acompañarlas hasta su final; no dejarlas para otro momento y no sucumbir empalagada al zapeo; compartir si es el caso y, de preferencia, con un comentario que dé valor agregado. Los temas son los que se deseen, siempre que se decida ir a fondo. Recogiendo y atendiendo las recomendaciones de lecturas y publicaciones accesibles que ello provoca, la experiencia ha valido la pena. Se trata de repetir con el neurobiólogo Rafael Yuste: “que no te lean la mente” y que el internet te corteje correctamente.
El algoritmo comienza a responder. Pasa a ser cómplice y se abre a un mundo encomiable. Incluso la publicidad adjunta retribuye hacia los espacios de aprendizaje en línea: desde Coursera, EdX, OpenCourseWare, Open Yale Courses, hasta FutureLearn y Khan Academy. La atención sostenida recompensa transformando los términos de referencia sobre quién controla: ¿la chica de los lentes o el algoritmo? Al final, ella coloca el algoritmo en su bolsillo. Abandona el vagón con el dedo en la página a la que ha llegado en El malestar de la cultura y me dirige una sonrisa.