Mientras el mercado del arte hoy se viste de gala, la sombra de Manuel Álvarez Bravo cumple 124 años vigilando las esquinas.
Cuando el sol empiece a bajar detrás de los edificios del norponiente y el tránsito avance con esa pesadez interminable, volverán a encenderse las luces del Centro Citibanamex y, como ocurre cada febrero, la ciudad se reunirá alrededor de las imágenes. No será sólo una feria sino una suerte de romería contemporánea: artistas, galeristas, curadores y curiosos llegarán con el mismo ánimo con que antes se acudía a los viejos salones o a las inauguraciones de museo. Arranca Zona Maco 2026; las puertas se abrirán, circularán conversaciones en varios idiomas, alguien levantará una copa, otro discutirá frente a un cuadro, y durante unos días el arte dejará de ser pieza solitaria para convertirse en encuentro, paseo, pretexto para mirarnos.
Pero por la mañana la ciudad es otra: una luz antigua parece salir de los muros; el Centro no es tumulto sino respiración, los barredores empujan el polvo hasta formar pequeñas montañas grises, los primeros camiones descargan mercancía frente a los portales y el golpe seco de las cortinas metálicas marca el inicio del día; antes del ruido, la ciudad parece pedir una mirada más humana.
Se vuelve entonces inevitable recordar que, un cuatro de febrero como hoy, hace ciento veinticuatro años, nació Manuel Álvarez Bravo, quien fue, ante todo, un caminante que recorrió estas calles cuando aún se oía el tranvía y los portales servían de refugio contra la lluvia. Trabajó registrando murales, escuelas y edificios recién inaugurados —la pedagogía visual de un país que quería educarse tras la Revolución—, fotografió héroes pintados en muros gigantes y alegorías del porvenir; pero al salir de aquellas oficinas se colgaba la cámara al hombro y buscaba otra cosa: la estatura verdadera de la gente. Donde el discurso veía epopeyas, él encontraba cansancio; donde se proclamaba el futuro, veía cuerpos.
Cargaba una Graflex de fuelle, pesada, de negativo grande, cercana a un mueble; había que abrir el trípode, medir la luz, esperar, y esa lentitud terminó por convertirse en ética, porque cada fotografía era una decisión moral: mirar de verdad o no mirar. Y él miraba, con paciencia, como si cada encuadre fuera una forma de justicia.
Así fue documentando la crónica visual más precisa de su época, no la de los monumentos ni la de las ceremonias sino la de la vida mínima: el hombre dormido contra un muro tibio, la mujer que aguarda el tranvía, el ataúd que cruza la plaza, la cortina movida por el viento; escenas que cualquiera habría desechado y que, bajo su lente, adquirían la gravedad de un secreto, porque mientras el Estado hablaba de Historia con mayúsculas él registraba la respiración con minúsculas.
Esta ciudad le debe a Álvarez Bravo mucho: le debe su memoria cotidiana, el rostro verdadero de sus calles, la constancia de que la historia también ocurre en las esquinas y los patios, le debe el archivo de su gente anónima y, sobre todo, una manera de mirar, porque sin esa mirada no sabríamos cómo respiraban aquellas mañanas antiguas.
Quizá por eso sus imágenes no envejecen y al caminar hoy por la Tabacalera, por la San Rafael o por la Santa María la Ribera reconocemos a sus personajes como si acabaran de salir de uno de sus negativos: el trabajador que duerme unos minutos en una banca, la muchacha que se mira en el reflejo de un vidrio; cambian los letreros, cambian los precios del arte, cambian las fachadas restauradas, pero el cansancio humano permanece intacto y la ciudad, en el fondo, sigue siendo la misma.
Los filtros de Instagram no alcanzan para captar la luz que Álvarez Bravo atrapó con su pesada Graflex de fuelle. Mientras los pabellones de Zona Maco se llenan de conversaciones en varios idiomas y el mercado del arte mueve sus fichas, la ciudad real —la de los trabajadores que duermen en bancas y las muchachas que se miran en el reflejo de un vidrio— permanece intacta.
Al final, de esa alianza entre el archivo y el escaparate, entre la sombra del fotógrafo y el reflector de la feria, nace el prestigio de esta capital. Porque solo las ciudades que, como esta, aprendieron a mirarse a sí mismas con honestidad, pueden soportar que el resto del mundo venga hoy a mirarlas.