La ciudad fuera de las pantallas del Mundial

17 de Junio de 2026

La ciudad fuera de las pantallas del Mundial

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José Pérez Linares

Patrick llegó desde Glasgow atraído por el Mundial. No era la primera vez que viajaba siguiendo un torneo, pero en esta ocasión: el divorcio le había dejado un hueco que ni el trabajo ni los amigos llenan. Busca en el fútbol esa distracción ruidosa que a veces funciona como anestesia.

Los primeros días hizo lo previsible. Recorrió el Centro Histórico, caminó entre los ahuehuetes centenarios de Chapultepec, fotografió el Palacio de Bellas Artes y aprendió a moverse en el Metro siguiendo los colores e íconos de las líneas. La Ciudad de México se le presentó como una metrópoli vasta, ruidosa y fascinante, llena de contrastes que desafiaban cualquier expectativa previa.

La mañana en que descubrió que estaba equivocado comenzó como cualquier otra. Simplemente decidió caminar en otra dirección, alejándose de las rutas turísticas y de las pantallas gigantes donde se concentraban los aficionados del Mundial.

Mientras miles de personas avanzaban hacia las zonas de celebración del torneo, Patrick se dejó arrastrar por una corriente humana distinta, más silenciosa y pausada. Poco a poco desaparecieron los acentos extranjeros y las camisetas multicolores de las selecciones. En su lugar surgieron vendedores ambulantes con veladoras, ramos de flores frescas y estampas religiosas. El aroma del copal se mezcló con el polvo caliente de la banqueta y el humo denso de los autobuses y microbuses.

Una mujer de edad avanzada acomodaba con cuidado flores amarillas frente a una imagen de San Judas Tadeo. Un joven con tatuajes visibles en el cuello sostenía su estampa con ambas manos, como si protegiera un tesoro frágil. Un hombre mayor limpiaba meticulosamente el cristal que cubría al santo, quitando el polvo acumulado de la calle. La escena no parecía preparada para ningún espectador externo; pertenecía enteramente a quienes participaban en ella.

Patrick siguió el flujo de personas hasta desembocar en el atrio de la iglesia de San Hipólito.

Frente al templo, cuyo nombre apenas lograba pronunciar correctamente, el visitante experimentó una sensación de familiaridad inesperada. No provenía del conocimiento de la iconografía religiosa ni de los rezos murmurados, sino del reconocimiento profundo de cómo las personas se aferraban a esas imágenes en busca de consuelo. Tocaban las túnicas de yeso con una reverencia que era mezcla de urgencia y resignación, depositando en ellas las preocupaciones que cargaban en silencio.

En el cruce de Reforma e Hidalgo, donde normalmente el rugido del tráfico y los pregones de los comerciantes llenan el aire, el fervor religioso creaba un remanso de quietud notable. Una señora envuelta en un rebozo oscuro permanecía inmóvil, apretando una estampa contra su pecho. Un muchacho cargaba con delicadeza una figura verde envuelta en plástico protector, como si transportara algo vivo y vulnerable. Dos mujeres esperaban pacientemente su turno: una con una vela encendida y la otra con una bolsa del mercado. Todo sucedía con una concentración serena, sin poses ni miradas hacia posibles cámaras.

Aquella esquina revelaba las costuras ocultas de una ciudad distinta. Durante sus primeros días, Patrick había contemplado la urbe que se muestra al visitante: los monumentos restaurados, los museos imponentes y las vistas de postal. Ahora se encontraba ante la otra cara, la que sigue latiendo sin necesidad de atención externa. No era un sitio secreto; estaba ahí, expuesta bajo el sol intenso del mediodía. Sin embargo, su presencia cotidiana la volvía invisible para quienes ya se habían acostumbrado a ella.

Las grandes ciudades se construyen siempre dos veces. La primera es la del concreto, los planos urbanos y el orgullo oficial. La segunda, la que verdaderamente sostiene la existencia diaria de sus habitantes, está tejida con gestos discretos, promesas silenciosas, deudas emocionales y esas pequeñas ceremonias personales que ayudan a enfrentar la intemperie de la vida urbana.

San Hipólito forma parte de ese segundo mapa invisible. Quienes llegaban hasta ahí no buscaban tanto respuestas teológicas como compañía ante problemas concretos que ninguna oficina gubernamental resolvía plenamente: una enfermedad que el sistema de salud no atendía a tiempo, la inseguridad constante en las calles o el milagro cotidiano de llegar a fin de mes con los recursos justos.

Al atardecer, Patrick regresó lentamente hacia las avenidas principales, donde el bullicio del Mundial volvía a dominarlo todo. Escuchó nuevamente las conversaciones en múltiples idiomas y se integró a la celebración masiva que originalmente había venido a presenciar. Pero su mirada había cambiado de forma definitiva. Comprendió que conocer una ciudad en profundidad requiere más que seguir las rutas marcadas en las guías. A veces, basta con dar unos pasos en la dirección contraria para descubrir las verdades cotidianas que nunca se había imaginado encontrar.