La ciudad que se pinta para el mundo

19 de Mayo de 2026

La ciudad que se pinta para el mundo

Julieta Mendoza - columna

La Ciudad de México ya no se está preparando para el Mundial de 2026: se está maquillando para él. Y en esa diferencia semántica hay una discusión pública mucho más profunda de lo que aparentan los muros morados, los ajolotes gigantes y las estaciones recién barnizadas que hoy dominan el paisaje urbano rumbo a la Copa del Mundo.

A poco más de un mes de que la capital reciba el partido inaugural del torneo más importante del planeta, la administración encabezada por Clara Brugada ha apostado por una transformación visual agresiva, inmediata y altamente simbólica. La estrategia tiene nombre propio: “ajolotización”. El concepto no es menor. El ajolote —especie endémica de Xochimilco y emblema identitario de la ciudad—, se convirtió en el rostro del Mundial chilango: aparece en bardas, señaléticas, transporte público, tarjetas del Metro y hasta en la mascota capitalina “Ajologol”.

La apuesta estética es poderosa porque entiende algo esencial de las ciudades contemporáneas: hoy las urbes también compiten mediante narrativa visual. Y el Mundial no solo será futbol; será una vitrina global para la marca CDMX. Ahí radica el fondo del proyecto.

Sin embargo, la discusión comenzó cuando la narrativa visual empezó a correr más rápido que la infraestructura.

La modernización del Tren Ligero —rebautizado como “Tren Ajolote”—, es quizá el ejemplo más visible de esta dualidad. La obra implicó una inversión cercana a los 2 mil 400 millones de pesos e incluye nuevos convoyes, renovación de estaciones y sistemas inteligentes de operación para conectar Taxqueña con el Estadio Banorte (antes y para la posteridad “Azteca”), sede del partido inaugural. El gobierno capitalino sostiene que la capacidad pasará de 130 mil a 250 mil usuarios diarios.

El problema no es la obra. El problema es el tiempo.

En distintos puntos del sur de la ciudad, las remodelaciones avanzaron con una velocidad que para muchos capitalinos transmite más urgencia política que planeación urbana. Taxqueña, Tlalpan, Huipulco y los alrededores del estadio han vivido semanas de cierres, improvisaciones viales, pintura apresurada y afectaciones comerciales. Incluso en redes sociales, ciudadanos han cuestionado que se privilegie la estética sobre problemas estructurales históricamente pendientes: drenaje, banquetas deterioradas, seguridad o accesibilidad universal.

¿La ciudad se está transformando o solo se está escenificando?

Porque el Mundial exige infraestructura real, no únicamente identidad gráfica. La FIFA observará movilidad, logística, seguridad, conectividad aeroportuaria y capacidad de respuesta urbana. En ese sentido, el Gobierno federal y capitalino aseguran trabajar coordinadamente en la modernización del Aeropuerto Internacional Benito Juárez, rehabilitación vial y ajustes al sistema de transporte. Pero muchas de esas obras siguen inconclusas.

Paradójicamente, el ajolote resume perfectamente la contradicción actual. Es un símbolo profundamente mexicano, entrañable y visualmente eficaz para el marketing urbano. Pero también es una especie críticamente amenazada. Mientras su imagen se multiplica en bardas y souvenirs, en redes sociales crece la conversación sobre la escasa visibilidad de políticas ambientales contundentes para rescatar su ecosistema real en Xochimilco.

La ciudad parece debatirse entre dos necesidades: verse mundialista y ser mundialista.
Y no son lo mismo.

Porque pintar puentes de morado genera impacto inmediato, pero no necesariamente resuelve la experiencia urbana de millones de personas que diariamente enfrentan un Metro saturado, vialidades colapsadas y servicios públicos desiguales. El riesgo de las ciudades-sede siempre ha sido ese: construir escaparates temporales para el turismo global mientras las fracturas estructurales permanecen intactas.

Aun así, sería injusto negar que la capital vive un momento histórico. La Copa Mundial de la FIFA 2026 colocará a México en el centro del planeta futbolístico…Pero qué pasará cuando se apaguen las cámaras.

Si la “ajolotización” logra convertirse en movilidad eficiente, espacio público digno y renovación urbana permanente, entonces habrá valido la pena. Pero si el Mundial termina siendo solo una capa de pintura sobre las viejas grietas de la ciudad, el recuerdo internacional durará menos que el color morado recién aplicado sobre sus calles.