La dimensión de Juchitán

29 de Septiembre de 2026

La dimensión de Juchitán

Julieta Mendoza - columna

La detención de un alcalde es noticia. La detención de un alcalde en funciones acusado de extorsión agravada y señalado por las autoridades por presuntamente proteger intereses criminales es algo más: es una alarma sobre la frontera que separa al poder público del poder delincuencial.

Por eso el caso de Miguel Sánchez Altamirano, “Quetu”, presidente municipal de Juchitán de Zaragoza, no debería reducirse al expediente de un político detenido. La pregunta importante no es solamente qué hizo el alcalde. Es qué pudo ocurrir alrededor del alcalde para que una investigación criminal alcanzara al centro mismo del gobierno municipal.

Sánchez Altamirano fue detenido el 23 de septiembre durante un operativo en el que participaron autoridades federales y estatales. Las investigaciones lo relacionan, según la Fiscalía de Oaxaca, con Los Cromos, grupo identificado por las autoridades como brazo operativo del Cártel Jalisco Nueva Generación en la región. Se le atribuyen presuntos vínculos con una estructura dedicada, entre otros delitos, a la extorsión y el cobro de piso.

Pero hay un señalamiento particularmente grave: que desde su posición política y social habría podido facilitar, fomentar o encubrir actividades ilícitas.

Eso deberá probarse ante un juez. La presunción de inocencia no es una cortesía política, sino una garantía constitucional.

Pero el análisis político comienza precisamente donde termina esa precaución jurídica.
Porque una cosa es un grupo criminal enfrentando al Estado y otra muy distinta es una organización que consigue relacionarse con quienes representan al Estado. El primer escenario desafía a las instituciones; el segundo amenaza con utilizarlas.

Y ahí está la verdadera dimensión de Juchitán.

Los municipios son la primera puerta del Estado. Ahí están las policías locales, los permisos, las licencias, el comercio, las obras, los proveedores, los mercados y el conocimiento cotidiano del territorio. El presidente municipal sabe quién construye, quién vende, quién transporta, quién protesta y quién controla determinadas zonas.

Para una organización criminal, esa información puede valer tanto como las armas.

Por eso la eventual penetración de un gobierno local no debe entenderse solamente como corrupción. Puede convertirse en una forma de control territorial.

La reacción institucional fue rápida. Tras la captura, el gobernador Salomón Jara solicitó la desaparición del Ayuntamiento y el Congreso de Oaxaca la aprobó con 35 votos a favor y ninguno en contra. El Estado actuó.

Pero precisamente esa contundencia abre una pregunta incómoda: ¿qué ocurrió antes de que tuviera que actuar?

Detener a un alcalde demuestra capacidad de reacción. No necesariamente capacidad de prevención.

Si las acusaciones son acreditadas, habrá que establecer cuánto tiempo operó la estructura investigada, si participaron otros servidores públicos, qué alertas existieron, quién debía detectarlas y por qué los controles políticos, administrativos o de inteligencia no funcionaron antes.

Porque las redes criminales rara vez se construyen de un día para otro.

El contexto agrega otra capa. Días antes de la detención ocurrió la agresión relacionada con el poeta y diseñador muxe Elvis Guerra, quien había denunciado extorsiones. La presidenta Claudia Sheinbaum aclaró que la investigación contra Sánchez Altamirano venía de tiempo atrás y pidió no establecer automáticamente una relación entre ambos acontecimientos.
Es una precisión indispensable. Las coincidencias pueden generar preguntas; no constituyen pruebas.

Pero hay un fenómeno que sí atraviesa ambos episodios: la extorsión.

Cuando un grupo criminal decide quién puede abrir un negocio, trabajar, transportar mercancías o permanecer en determinado territorio, ya no busca solamente dinero. Está imponiendo autoridad. Cobra, castiga y establece reglas. En los hechos, disputa funciones elementales al Estado.

Por eso Juchitán no debería terminar en la fotografía de un alcalde detenido.

La pregunta verdaderamente importante es cuánto puede avanzar una organización criminal antes de que las instituciones adviertan que ya no está tocando la puerta del gobierno, sino que posiblemente ha encontrado la manera de atravesarla.
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La política tiene una obligación distinta: explicar qué falló para que existiera siquiera la posibilidad de que una estructura criminal encontrara protección en el poder municipal.
Porque detener a un alcalde puede cerrar una operación policiaca.

Lo verdaderamente difícil es impedir que el crimen encuentre al siguiente.