La disciplina sin límites

28 de Julio de 2026

La disciplina sin límites

Julieta Mendoza - columna

La muerte de Dafne Zapata no es solamente la historia de una niña de 13 años que perdió la vida durante un curso de verano. Es también la historia de una falla institucional: la de permitir que espacios que prometen disciplina, formación y carácter operen bajo esquemas poco claros de supervisión, donde la frontera entre entrenamiento y abuso puede volverse peligrosa.

Dafne murió el 16 de julio en la Academia Militarizada Marina Doenitz, en Ciudad Madero, Tamaulipas, apenas cuatro días después de haber ingresado a un campamento de verano con formación de carácter militar. La investigación de la Fiscalía de Tamaulipas derivó hasta ahora en la detención de tres personas: Jorge Luis Ponce Ortega, director de la academia; Estrellita Mora Díaz, encargada del cuidado de las menores, y Danna Yanina N., instructora auxiliar. Dos mujeres y un hombre que ahora deberán enfrentar ante la justicia las acusaciones correspondientes, bajo el principio de presunción de inocencia.

Pero más allá del proceso penal, el caso abre una pregunta mucho más profunda: ¿cómo fue posible que una menor ingresara a un espacio diseñado para “formar” bajo disciplina militar y terminara muerta?

La respuesta no puede reducirse a buscar únicamente responsables individuales. La tragedia obliga a revisar un sistema completo que durante años ha permitido la existencia de academias militarizadas privadas con reglas poco claras, sin una supervisión equivalente a la responsabilidad que asumen cuando tienen bajo su cuidado a niñas, niños y adolescentes.

La familia de Dafne sostiene que la menor fue víctima de maltrato y cuestionó la versión inicial difundida sobre lo ocurrido. La necropsia estableció como causa de muerte asfixia por sumersión, mientras que la investigación continúa para determinar con precisión las circunstancias en las que ocurrió el fallecimiento y las responsabilidades de quienes estuvieron presentes.

Ahí se encuentra uno de los puntos más delicados del caso: cuando una institución responde ante una tragedia con una explicación inicial que después es cuestionada por los familiares y por elementos de la investigación, la confianza pública comienza a fracturarse. La transparencia deja de ser una opción y se convierte en una obligación.

Durante años, la palabra “militarizado” ha sido utilizada como sinónimo de orden, disciplina y valores. Muchas familias recurren a estos espacios buscando estructura para sus hijos. Sin embargo, la disciplina no puede confundirse con sometimiento; la formación no puede construirse desde el miedo; y ningún método educativo puede justificar prácticas que vulneren la integridad física o emocional de un menor.

El caso de Dafne también coloca bajo la lupa la responsabilidad de las autoridades educativas. Tras la tragedia, se abrió el debate sobre la operación de academias con modelos militarizados y la necesidad de revisar sus permisos y condiciones de funcionamiento. El problema no es la existencia de actividades con disciplina o formación física; el problema aparece cuando esas actividades quedan fuera de controles adecuados y cuando la autoridad no cuenta con mecanismos suficientes para prevenir abusos.

México tiene una larga lista de casos donde la falta de supervisión permitió que señales de alerta fueran ignoradas hasta que ocurrió una tragedia. Por eso, el caso Dafne no debe cerrarse únicamente con detenciones. La justicia penal tendrá que determinar responsabilidades, pero el Estado también tiene una deuda preventiva: garantizar que ningún niño o adolescente quede bajo la autoridad de personas o instituciones que no estén plenamente reguladas y vigiladas.