México es el país de la OCDE que menos impuestos recauda en comparación a la magnitud de su PIB, según los datos más recientes (año 2024). La recaudación del Estado Mexicano fue del 18.3% del PIB, mientras el promedio recaudado por los países miembros de la OCDE fue del 34.1% del PIB y en Dinamarca, el país que más recauda con respecto a su PIB, esta fue del 45.2%.
Haciendo a un lado el estigma de que la gente que trabaja en la política solamente quiere recaudar más impuestos para robarlos, es alarmante que en México no exista un debate en torno a la urgencia de incrementar la recaudación.
Durante el mes de julio, la ministra Lenia Batres abrió el debate sobre si las herencias y los legados se deben gravar. Un impuesto a las herencias no es una idea nueva, sino una propuesta que ha existido durante muchas décadas entre diversos pensadores. Este es un impuesto controvertido ya que interfiere con el legado familiar que, más que económico, muchas veces es algo más sentimental.
La creencia de que la riqueza heredable es fruto del esfuerzo y el talento de quien hereda no es del todo cierta. Thomas Piketty, en su libro “Capital e Ideología”, presenta evidencia estadística e histórica que demuestra que, entre 1980 y 2018 (época dominada por las ideas liberales de competencia en occidente), la riqueza no se distribuyó de forma pareja entre la sociedad.
El crecimiento de la riqueza del 1% más rico del planeta fue mucho mayor que el del resto de la población en casi 30 años. Quienes menos riqueza acumularon en esa época fueron los individuos de la clase media, de entre el 20% y el 40% más ricos. Los datos de Piketty arrojan que el 1% más rico ha acumulado el 27% del crecimiento en el ingreso, mientras queel 50% más pobre ha acumulado solamente el 12% del mismo.
Si las cifras del crecimiento son disparejas, al añadir en que ese 1% más rico ya tenía acumulada la mayoría de la riqueza del mundo, el dato de la desigualdad mundial empeora aún más. Quien más creció es quien ya era el más grande en 1980.
Marx, en El Capital, definió el término “plusvalía”, que representa aquel valor de la producción de un obrero que se apropia el dueño de la empresa. Por ejemplo, un obrero que trabaja en una planta automotriz y produce cada día tres piezas de automóvil, cada una valuada en mil pesos, no recibe tres mil pesos de paga diarios. Este obrero recibirá una porción del valor que generó su trabajo, ya que el dueño de la planta desea recibir dinero a cambio de la inversión que hizo en la misma. El debate aquí es: ¿qué proporción es justa que reciba el obrero?
Desgraciadamente casi nunca se le otorga una paga justa a quien trabaja. La acumulación desmedida de recursos en el 1% más rico del planeta se compone de la plusvalía del resto de trabajadores en el mundo que trabajan en sus empresas. Esto implica que la riqueza que hereda la gente más rica del mundo no es meramente fruto de su trabajo, sino la plusvalía mal distribuida que han quitado al trabajo de otros.
El problema de la desigualdad es enorme y muy complejo. Como plantea Piketty, el problema no radica solamente en distribuir las ganancias que se generan hoy (a través del ISR), sino en redistribuir aquellas fortunas enormes que se han acumulado a lo largo de la historia y que se transmiten de padres y madres a hijos e hijas durante generaciones ¿Acaso es tan injusto cobrar un impuesto a estos legados?