La infancia en modo avión

21 de Abril de 2026

La infancia en modo avión

yasmin jalil.jpeg

Yazmin Jalil

No tiemblan de frío ni por miedo: tiemblan porque el teléfono no vibra, porque nadie ha dado like. La escena es cotidiana y, por eso mismo, inquietante. Personas cada vez más jóvenes revisan la pantalla sin cesar y desbloquean el celular sin buscar nada. Sienten ansiedad cuando la batería se agota o no hay señal. No es exageración. Es adicción.

Frente a esto, algunos países han empezado a reaccionar. En Escocia, por ejemplo, hay escuelas, particularmente en Edimburgo, donde los alumnos deben guardar su teléfono en fundas selladas al inicio de la jornada y no pueden usarlo hasta que termina el día. No es castigo. Es política pública. Es, en el fondo, un intento por rescatar la infancia del algoritmo.

Los smartphones se han convertido en el objeto más poderoso de nuestra época. No solo comunican; también entretienen, validan, acompañan y distraen. ChatGPT ha reemplazado a los asistentes, Google a las enciclopedias e Instagram a los encuentros presenciales. En plena conexión permanente, estamos más desconectados que nunca.

En un solo dispositivo conviven redes sociales, juegos, trabajo, afecto y aprobación. Para el cerebro, una fuente constante de recompensa: dopamina inmediata, estímulo continuo, una necesidad difícil de controlar.

Hablar de adicción a los dispositivos ya no es una metáfora. Psicólogos y psiquiatras describen patrones claros: uso compulsivo, pérdida de control, irritabilidad al dejar el teléfono y necesidad de pasar cada vez más tiempo frente a la pantalla.

El problema se agrava cuando la dependencia comienza temprano. Niños y adolescentes, con cerebros aún en formación, están especialmente expuestos. El teléfono compite —y gana— frente al juego, la lectura, el aburrimiento creativo y la conversación cara a cara.

Pero esto va más allá de los hábitos: es un tema de desarrollo. El cerebro de un niño no está listo para procesar ciertos contenidos ni para vivir expuesto a una estimulación constante. No es una percepción: la evidencia lo respalda. Estudios como los publicados en JAMA Pediatrics han vinculado el exceso de pantalla con ansiedad, depresión y problemas de conducta; la American Academy of Pediatrics advierte alteraciones en el sueño y en la autorregulación; y la Organización Mundial de la Salud ha alertado sobre el aumento de obesidad infantil. Pero más allá de las cifras, hay algo que salta a la vista: niños expuestos demasiado pronto a violencia, sexualización y comparación constante. Niños que se irritan más, toleran menos y se concentran peor.

Paradójicamente, vivimos hiperconectados y cada vez más solos. El celular promete cercanía, pero muchas veces sustituye el contacto real por una versión editada, filtrada y cuantificada en likes. La validación externa se convierte en medida de valor personal. Cuando no llega, aparece el vacío; cuando llega, nunca es suficiente. Nunca hubo tantas formas de entretener a un niño… y tan pocas de acompañarlo.

Las redes exhiben vidas irrealmente perfectas: cuerpos acinturados, pieles suavizadas, ojeras borradas, sonrisas fingidas, arrugas corregidas, cero imperfecciones, fondos de yates y parejas —dizque— enamoradas. Todo es “fake”. Nunca fue tan fácil compararse y nunca tan difícil aceptarse.

Basta observar un restaurante cualquiera: parejas inmersas en sus teléfonos; niños absortos en tabletas que no escuchan ni conversan. Vulnerables, además, a depredadores ocultos tras aplicaciones que capturan su atención y manipulan su confianza. El 81 % de las captaciones de menores en casos de trata ocurren a través de redes sociales, según el Consejo Ciudadano para la Seguridad y Justicia de la Ciudad de México.

Los dispositivos se han convertido en niñeras silenciosas: pantallas que acompañan cada comida, cada trayecto y cada momento de aburrimiento. Y aunque pueden ser herramientas útiles cuando se usan bien, también pueden volverse peligrosas cuando sustituyen la presencia, el límite y el vínculo humano.

Hoy no es que falte información sobre los riesgos; lo que falta es disposición para poner límites. Frente a este fenómeno, varios países han comenzado a actuar. Según el Informe Global de Monitoreo de la Educación de la UNESCO, hacia finales de 2024, 79 sistemas educativos han implementado restricciones al uso de teléfonos móviles en escuelas.

Francia, Italia, Países Bajos, Hungría, Grecia, Letonia, Luxemburgo y Corea del Sur han limitado o prohibido los teléfonos en las aulas. Australia prohibió el uso de redes sociales a menores de 16 años y España anunció una restricción similar hasta los 17.

La tecnología no debe demonizarse. Ha facilitado la vida en múltiples aspectos, pero necesita contexto, límites y educación. Ninguna política será efectiva sin acompañamiento familiar y escolar.

El problema no es que los niños usen pantallas, sino que nadie les enseñó a vivir sin ellas. Lo que está ocurriendo en Escocia no es un retroceso. Es un intento de corregir el rumbo.

Proteger la infancia restaurando tiempos desconectados puede parecer conservador. Pero en un mundo hiperconectado, poner límites es una de las decisiones más responsables de nuestro tiempo.

Apagar el celular y encender la vida real quizá no cambie el mundo. Pero para un niño, puede cambiarlo todo.