El ascenso
La irrupción de este movimiento político ha dejado de ser una anomalía marginal; representa un fenómeno orgánico de reorganización de la clase trabajadora y de una ciudadanía, principalmente urbana y joven, desilusionada con el statu quo y con la gerontocracia demócrata, percibida como tibia e igual de corrupta que su contraparte republicana.
La consolidación de la organización Democratic Socialists of America (DSA) como una fuerza electoral con capacidad de despliegue territorial está rompiendo varios argumentos que han dado sentido y cohesión al Partido Demócrata desde su fundación hasta la actualidad.
Desde sus inicios en 1982, el DSA operó principalmente como un think tank con incidencia marginal y una membresía que no superaba los 7.000 afiliados. Su modelo organizativo dependía del ecosistema de las ONG y de un sector del sindicalismo.
El punto de inflexión para su despegue ocurrió hace una década debido a tres factores principales: la campaña presidencial de Bernie Sanders, la primera victoria de Donald Trump y la incapacidad de la economía para garantizar estabilidad a los millennials y a la generación Z.
Entre 2016 y 2026, la membresía del DSA creció exponencialmente, pasando de poco más de 6.000 miembros a superar los 120.000 afiliados. Hoy es la organización socialista más grande en la historia de los Estados Unidos.
Su reciente éxito electoral no solo se explica por candidatos más arrojados y con propuestas centradas en problemas concretos, como los costos extraordinarios de la vivienda, el deterioro del transporte público y el aumento del costo de vida.
También, por un lado, ha sido su decisión mantener una estructura organizativa, financiera e ideológica completamente independiente del poder central del Partido Demócrata (por ejemplo, los candidatos del DSA rinden cuentas ante los comités políticos de la organización, no ante los comités de campaña demócratas) y, por otro, su estructura basada en el cambaceo intensivo, principalmente financiado con microaportaciones.
Los desafíos.
De cara a las elecciones intermedias de noviembre de 2026, este movimiento tendrá que resolver los siguientes desafíos:
- Superar las fallas de gestión. La alcaldía de Z. Mandani actuó como un catalizador institucional que ayudó a transformar el DSA de un movimiento de protesta en una facción de gobierno con responsabilidades institucionales. La primera pifia de Mandani o de cualquier representante de ese movimiento será amplificada y tendrá efectos electorales aún por verse.
- Contener los ataques del dinero corporativo y del establishment demócrata. Erradicar la presencia de los socialistas en el Congreso, principalmente en el Senado, es ahora una de las causas que más apoyos económicos reciben de organizaciones proisraelíes y de comités financiados por el sector inmobiliario y financiero, así como por empresas vinculadas con la IA. El cambaceo no será suficiente.
- Expansión geográfica más allá de los enclaves urbanos. Hasta ahora, la gran mayoría de los triunfos del DSA se concentran en distritos urbanos con alta densidad de universitarios, de jóvenes inquilinos y de poblaciones étnicamente mixtas. El desafío es demostrar si pueden penetrar en los distritos suburbanos y rurales, o en el cinturón industrial, donde el conservadurismo cultural y el pánico anticomunista están fuertemente arraigados.
- Resolver el dilema WOKE. Las posturas extremas de la cultura de la cancelación se han convertido en un elemento tóxico para la causa demócrata, a tal grado que la representante Alexandria Ocasio-Cortez ya ha marcado distancia de estas posturas. El radicalismo Woke aún no ha demostrado efectividad electoral.
- Mitigar la narrativa internacional. El avance del DSA descoloca al discurso de política exterior del liderazgo nacional del Partido Demócrata y, además, debido a la intención de alinear ideológicamente a la región, este movimiento dejó de ser un asunto doméstico. Por ello, no resulta impensable que gobiernos simpatizantes del conservadurismo contribuyan a impedir el crecimiento del socialismo, dondequiera que se encuentre.
Los avances del DSA han demostrado que existe un apetito electoral genuino por políticas públicas que cuestionan la ortodoxia del libre mercado y la primacía corporativa.
Sin embargo, transitar desde la agitación política hacia una fuerza con capacidad de gobierno conlleva amenazas estructurales, empezando por su propio partido. Mantener una independencia ideológica y financiera no se resuelve solo en la calle.