Dicen que hay líneas que no se deben cruzar. En el Metro de la Ciudad de México esa frase suena casi ingenua. Porque aquí la línea sí se cruza. Todos los días. A cada rato. Y casi siempre sobre el mismo cuerpo.
No es metáfora. Es literal. Hace un tiempo me metí en el Metro con cámara escondida. Llevaba en la bolsa trasera de los jeans una cartera. La idea era ver cuánto duraba sin que me la robaran. Por supuesto, a los pocos minutos ya se la habían llevado.
Pasaron otros minutos y ya tenía a un tipo arrimándose a mí. Le dije que se moviera, que eso era delito. Su respuesta fue que no había pa’ dónde hacerse, mientras me comía con la mirada.
Al salir del vagón fui a denunciar, con pruebas y video. Nadie me hizo caso. Pueden buscar el reportaje en YouTube.
Es así de simple. Subirse al Metro es comprobar cómo se cruzan las líneas. En todos los sentidos. La línea entre un empujón inevitable y una mano que se queda más de lo necesario. La línea entre mirar y desvestir con los ojos. La línea entre compartir espacio y apropiarse de él. Esa línea existe, es clarísima para quien la padece… e invisible para quien decide ignorarla.
El transporte público en la ciudad es una coreografía donde el espacio personal desaparece. Vas pegada, comprimida, calculando cómo colocarte para reducir daños. Porque sí, ya no se trata de comodidad. Se trata de estrategia.
Las cifras no mienten. Alrededor del 90 por ciento de las mujeres ha vivido acoso en el transporte público al menos una vez, según ONU Mujeres y encuestas de movilidad en México. Algunas mediciones elevan la cifra hasta más del 95 por ciento. No son casos aislados, son repetición. Miradas que pesan. Comentarios que se cuelan. Cuerpos que se aprovechan del caos. Manos que aparecen con la precisión de quien sabe que difícilmente habrá consecuencias. Y ese es el punto más crudo: casi no las hay.
La mayoría de los casos no se denuncia. De acuerdo con datos del INEGI, la cifra negra supera el 90 por ciento en delitos de este tipo. Y los pocos que sí se denuncian rara vez prosperan. Denunciar implica bajarte del tren, perder el día, repetir lo ocurrido mientras aún lo traes pegado a la piel. Implica enfrentarte a la posibilidad de que no pase nada. Porque muchas veces no pasa nada.
Así, la línea se vuelve territorio libre.
Por eso existen los vagones exclusivos para mujeres. No como privilegio, sino como contención. Como una frontera improvisada dentro de un sistema que no ha logrado hacer respetar la más básica de todas: la del cuerpo ajeno. No son la solución. Son el síntoma.
Y entonces aparece la escena que lo resume todo.
Primero de mayo. Un hombre dentro del vagón exclusivo se niega a salir. Varias mujeres le explican. Le piden. Le exigen. Y él responde con una palabra que, en su boca, suena contundente: derecho.
Derecho a quedarse. Derecho a ocupar. Derecho a no moverse.
Pero hay algo que no termina de entender: ese vagón existe porque otras líneas ya fueron cruzadas demasiadas veces. Porque antes de esa discusión hubo miles de manos, de roces, de invasiones que nunca se corrigieron. Lo inquietante no es solo que no se bajara. Es que no entendiera por qué debía hacerlo.
Porque cuando nunca te han cruzado esa línea, cuesta trabajo reconocerla. Se vuelve abstracta. Exagerada. Incluso cuestionable. Pero para quienes la han sentido, no hay duda. Esa línea no se discute. Se defiende.
El problema es que, allá abajo, defenderla es un acto individual en medio de la multitud. Es un codo que se clava, una mochila que se interpone, una mirada que intenta frenar lo que ya empezó. Es sobrevivir un trayecto que debería ser irrelevante.
Viajar en Metro debería ser aburrido. Nada más. Pero para muchas mujeres sigue siendo una negociación constante. Una alerta que no se apaga al cerrar las puertas.
Así que no, la discusión no es si alguien tiene derecho a estar en un vagón. La discusión es por qué seguimos necesitando ese vagón. Por qué, con todas las cifras encima, la línea más básica —la del respeto al cuerpo— sigue siendo la más fácil de cruzar.
Porque sí, en el Metro hay una línea que se repite como regla no escrita. Y esa, esa sí se cruza.