Montiel y el método Morena

6 de Mayo de 2026

Montiel y el método Morena

Brenda Peña

Brenda Peña.

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EjeCentral

El ascenso de Ariadna Montiel Reyes a la dirigencia nacional de Morena no sorprende. Confirma una forma de operar que el partido ha consolidado desde su llegada al poder.

Montiel no emerge desde la disidencia interna ni desde una trayectoria independiente. Su perfil está ligado directamente al ejercicio del gobierno. Fue secretaria de Bienestar durante la administración de Andrés Manuel López Obrador y desde esa posición construyó una de las estructuras territoriales más amplias del país. La política social, en este caso, también ha sido una herramienta de organización política.

Su nombramiento se resolvió sin competencia real. No hubo disputa visible ni contraste de proyectos. Ese proceso deja ver que Morena no prioriza la deliberación interna, sino la disciplina. El mensaje es claro. El control se mantiene desde el centro.

La cercanía de Montiel con López Obrador explica el momento de su llegada. El partido se prepara para las elecciones de 2027, un punto de inflexión donde se definirá si el movimiento conserva su fuerza territorial o comienza a erosionarse. En ese contexto, su papel apunta más a la operación que a la renovación.

Sin embargo, el escenario que recibe dista de ser estable. Morena arrastra cuestionamientos que han puesto en tensión su narrativa pública.

El caso de Rubén Rocha Moya se ha convertido en uno de los más delicados. El gobernador ha sido mencionado en documentos judiciales en Estados Unidos por presuntos vínculos con el narcotráfico, señalamientos que él niega. Más allá de la resolución legal, el costo político es evidente.

A esto se suma la figura de Adán Augusto López Hernández, operador central del oficialismo, señalado por su presunta relación con la llamada “barredora”, un mecanismo de presión y movilización política en procesos internos. Sin que exista una resolución judicial, la polémica ha impactado su imagen.

Ambos casos evidencian lo mismo. La distancia entre el discurso anticorrupción y la práctica política dentro de Morena.

En ambos episodios hay un elemento común. El respaldo político de Andrés Manuel López Obrador, quien ha defendido a sus aliados y ha evitado marcar rupturas. Esa protección ha sido parte de la lógica del movimiento, pero también abre preguntas inevitables.

¿Puede Morena sostener su narrativa moral mientras protege a figuras cuestionadas? ¿Sigue existiendo la misma confianza ciudadana que lo llevó al poder? ¿Hasta qué punto ese respaldo fortalece al partido o lo compromete?

La nueva dirigencia no ha mostrado señales de cambio frente a estos dilemas. La respuesta ha sido la misma que en crisis anteriores. Evitar la confrontación interna y cerrar filas.

Eso define el momento actual. Morena enfrenta un desgaste que no proviene únicamente de la oposición, sino de sus propias contradicciones.

Montiel asume el liderazgo en ese contexto. Su reto no es menor. Debe organizar una maquinaria electoral eficiente mientras administra tensiones que el partido ha preferido no resolver.

Su llegada no plantea una transformación de fondo. Representa continuidad.
Y esa continuidad será puesta a prueba en 2027. Porque más allá de la estructura y la operación, hay una variable que no se controla desde el poder: la confianza.