Hablar de una reforma en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) no es hablar de cualquier institución. Es referirse al corazón intelectual del país, a una comunidad viva que ha formado generaciones enteras de mexicanas y mexicanos comprometidos con su tiempo. Por eso, cualquier intento de transformación debe asumirse con la seriedad, la sensibilidad y la visión de futuro que exige una institución de su tamaño y significado.
En este contexto, el papel del rector, el Dr. Leonardo Lomelí Vanegas, resulta fundamental. Su liderazgo abre una oportunidad valiosa para impulsar una reforma que no sea cosmética ni reactiva, sino profunda, incluyente y, sobre todo, construida desde la propia comunidad universitaria. Porque si algo distingue a la UNAM es precisamente su capacidad de pensarse a sí misma.
Una reforma de esta magnitud no puede ni debe imponerse. Debe escucharse, debatirse, nutrirse. Debe avanzar con gradualidad, pero con firmeza. Y, sobre todo, debe partir de una convicción compartida: que la Universidad puede y debe mejorar, sin perder su esencia.
En ese sentido, hay al menos tres ejes que deberían orientar este proceso.
El primero es el fortalecimiento de la formación de los estudiantes. La UNAM no solo transmite conocimientos, forma ciudadanía. Hoy, frente a un mundo cambiante, digital, competitivo y desigual, es indispensable revisar planes de estudio, metodologías de enseñanza y mecanismos de vinculación con la realidad. No se trata de abandonar la tradición, sino de actualizarla para que las y los estudiantes cuenten con herramientas reales para enfrentar los desafíos del presente.
El segundo eje es el compromiso de quienes integran la vida laboral universitaria, particularmente el ámbito administrativo. La Universidad necesita estructuras eficientes, no laberintos burocráticos. Cada trámite innecesario, cada proceso lento, es un obstáculo para la academia y para los estudiantes. Aquí la reforma debe apostar por simplificar, agilizar y profesionalizar, sin perder el sentido humano del servicio universitario.
El tercer eje —quizá el más sensible y urgente— es el fortalecimiento y la dignificación de la planta académica. Los profesores de asignatura y de carrera son el alma de la UNAM. Son quienes, día a día, sostienen el prestigio de la institución con su trabajo, muchas veces en condiciones adversas. Reconocer su esfuerzo no es un gesto simbólico, es una obligación institucional. Mejorar sus condiciones, garantizar estabilidad y fomentar su desarrollo académico es invertir directamente en la calidad educativa.
Pero más allá de los ejes concretos, hay un elemento transversal que no puede perderse de vista: la corresponsabilidad. La UNAM no es solo de sus autoridades, ni solo de sus académicos o estudiantes. Es de todos. Y por lo mismo, todos tienen un papel en su transformación.
Esta reforma no debe convertirse en un espacio de confrontación, sino en un ejercicio de construcción colectiva. Acompañar a las autoridades universitarias no implica renunciar a la crítica, sino ejercerla con responsabilidad, con altura de miras y con un objetivo común: que la Universidad salga fortalecida.
La historia de la UNAM demuestra que cuando su comunidad actúa unida, es capaz de superar cualquier desafío. Hoy no es la excepción. La reforma universitaria es una oportunidad, no un riesgo. Una oportunidad para actualizar, para corregir, para proyectar a la Universidad hacia el futuro sin romper con su identidad.
Que esta reforma llegue a buen puerto dependerá de algo más que de documentos o propuestas: dependerá de la voluntad colectiva de construir una mejor Universidad. Y en ello, la unidad universitaria no es un ideal abstracto, es la condición indispensable para lograrlo.
@jlcamachov