Entre 1780 y 1850, producir una yarda de tela de algodón en Inglaterra se volvió entre diez y veinte veces más barato, impulsado por la mecanización que transformó la industria textil desde sus cimientos. Quizás lo que costó más notar es que este cambio fue relativamente aislado y no se extendió a otros sectores, de hecho, los precios de otros bienes, como el pan, registraron un patrón completamente opuesto.
Podríamos decir que a agricultura no recibió ese memo. Las ciudades que se llenaban de trabajadores llegados del campo necesitaban alimentar más bocas, lo que desplazó la demanda de forma acelerada frente a una oferta que no se expandía al mismo ritmo, resultado en un encarecimiento notable del pan. En consecuencia, los historiadores económicos han debatido por más de un siglo la siguiente paradoja: los salarios reales subieron, el PIB creció, y sin embargo el consumo calórico per cápita se estancó. Los ingleses de 1850 comían aproximadamente lo mismo que los de 1750.
Esa geometría, vista desde el ángulo histórico, se parece a la que existe en torno al avance de la inteligencia artificial: un sector que se transforma radicalmente, otro que permanece rígido, y una distribución del bienestar que no sigue de manera uniforme a los agregados. Además, aplicada al caso de México, reproduce un mapa que vale la pena trazar con precisión.
Si pensamos en el sector que se beneficia con precios a la baja, como las telas, la IA está colapsando costos donde la materia prima es digital: texto, código, imagen y datos estructurados. Los servicios financieros están en el primer anillo: análisis de crédito, cumplimiento regulatorio, back-office, atención al cliente. Los servicios profesionales de mediana complejidad los siguen: consultoría de procesos, trabajo jurídico rutinario, contabilidad estándar. Y el caso más revelador para México: los centros de servicios compartidos y el outsourcing de procesos de negocio, un segmento que el país desarrolló como alternativa de nearshoring cognitivo frente a India y Filipinas.
Por otra parte, el análogo del pan es igualmente preciso. Construcción, agricultura, cuidados personales, salud de contacto, logística de última milla. Sectores que requieren presencia física, intervención manual en entornos no controlados, juicio situacional que los modelos actuales no replican. Son, por ahora, los más protegidos frente al choque. No porque sean más productivos ni porque hayan adoptado mejor tecnología, sino porque la automatización todavía no ha llegado ahí con suficiente fuerza. Son el pan de este eco histórico: rígidos, lentos en transformarse.
La manufactura avanzada (automotriz, electrónica, aeroespacial) ocupa una posición intermedia que es la más estratégicamente relevante para México. Hoy está más cerca del pan que de la tela: la automatización física en planta requiere inversión en robótica y rediseño de procesos que requiere inversiones con un horizonte de certidumbre más prolongado. Si la IA llega a manufactura con la velocidad que algunos proyectan, las plantas que hoy se instalan podrían encontrarse en la posición del tejedor artesanal de 1830: todavía operando y siendo competitivo en precio, pero con la cuenta regresiva ya corriendo.
Aquí es donde la analogía con Manchester se vuelve más reveladora. Mi impresión es que hay una paradoja distributiva que no debería perderse de vista: los trabajadores más expuestos a la IA en el corto plazo son los de calificación media-alta en servicios cognitivos, que son precisamente quienes han sido el motor de la movilidad social urbana en México en las últimas dos décadas. Los menos expuestos, por ahora, son los trabajadores manuales en construcción, campo y cuidados.
Lo que finalmente resolvió la paradoja de Manchester no fue ninguna decisión de política económica. Fue la difusión tecnológica hacia los sectores rezagados. Cuando la productividad llegó a la agricultura décadas después, los precios relativos se alinearon y la paradoja se disolvió. Pero este proceso tardó aproximadamente siete décadas.
Para nuestro país la clave de la difusión estará en anticipar el momento en que la IA penetre en construcción, agricultura y manufactura. Si dicha difusión es rápida, la ventana de vulnerabilidad es manejable. En contraste, si el rezago es estructural, México podría encontrarse en la posición que los historiadores describieron para la Inglaterra de 1820: con el PIB creciendo y con los hogares de ingreso medio pagando más por los bienes que más consumen, porque el abaratamiento habría llegado de forma asimétrica a los sectores que los atraviesan. La tela ya se está abaratando, pero el pan por ahora no la sigue.