La tortilla no sube…hasta que sube

21 de Abril de 2026

La tortilla no sube…hasta que sube

Julieta Mendoza - columna

La tortilla no suele hacer ruido. No protesta, no marcha, no da conferencias. Pero cuando sube de precio, el país entero lo siente. No es exageración: en México, la economía cotidiana se mide muchas veces en kilos de tortilla. Por eso, cuando el gobierno anuncia que no hay condiciones para un alza y, al mismo tiempo, los productores advierten lo contrario, no estamos ante una simple discusión técnica, sino frente a una tensión histórica que se repite con distintos matices.

El maíz, base de la tortilla, ha sido durante siglos algo más que un cultivo. Desde tiempos prehispánicos, fue considerado sagrado. Los mexicas creían que los humanos habían sido creados a partir de maíz, una idea que sobrevivió a la Conquista y se filtró en la identidad nacional. Comer tortilla no es solo alimentarse: es, de alguna forma, reafirmar pertenencia.

Sin embargo, esa carga simbólica contrasta con una realidad económica cada vez más compleja. Hoy, el precio de la tortilla no depende únicamente del campo. Intervienen factores que van desde el costo del gas hasta la seguridad en ciertas regiones. Transportar maíz o harina ya no es solo una cuestión logística; en algunos estados implica riesgos adicionales que terminan reflejándose en el precio final.

El debate actual tiene un elemento incómodo —y profundamente político—: la distancia entre el discurso oficial y lo que ocurre en la calle. Mientras el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum sostiene que “no hay razón” para que suba el precio porque el maíz está en niveles bajos, el propio sector advierte aumentos inminentes de entre 2 y 4 pesos por kilo debido a costos operativos, transporte e inseguridad . Es decir, el problema no está en el grano, sino en todo lo que ocurre después de que sale del campo.

Ahí es donde la narrativa oficial comienza a tensarse. Porque aunque el gobierno ha apostado por acuerdos voluntarios —como el Paquete contra la Inflación—, y subsidios para contener precios, la inflación ha mostrado señales de persistencia, alcanzando alrededor de 4.6% anual en marzo de 2026 . Y más aún: el precio de la tortilla, lejos de permanecer estático, ha registrado incrementos graduales desde 2024, afectando sobre todo a los hogares más vulnerables .

No es la primera vez que México enfrenta esta contradicción. En 2007, el llamado “tortillazo” provocó protestas cuando el precio se disparó de forma abrupta. Entonces, como ahora, el gobierno intervino con acuerdos para estabilizar el mercado. Y entonces, como ahora, el resultado fue parcial: contuvo el discurso, pero no eliminó las distorsiones.

Hay otro elemento que suele pasar desapercibido: la transformación del propio consumo. Aunque la tortilla sigue siendo un básico —presente en la dieta de la mayoría de los mexicanos—, su peso en el gasto familiar es cada vez más visible. En los sectores de menores ingresos, la alimentación puede representar hasta casi la mitad del ingreso disponible, lo que convierte cualquier incremento en un golpe directo al día a día .

En este contexto, los acuerdos para mantener estable la canasta básica son más que una política económica: son una estrategia de contención social. Porque cuando sube la tortilla, no solo sube un alimento; se instala una percepción de descontrol que ningún indicador macroeconómico logra matizar.

El reto de fondo, sin embargo, sigue intacto. Mantener precios estables en un entorno global marcado por conflictos, energía cara y cadenas logísticas frágiles no depende únicamente de decisiones políticas. Requiere algo más incómodo: reconocer que el problema no siempre está donde se quiere señalar.

Quizá por eso la tortilla sigue siendo el mejor termómetro del país. No falla. No miente. No se maquilla.

Y cada vez que sube —aunque sea un peso— recuerda que, en México, la economía no se explica en cifras… se siente en la mesa