Raúl es carpintero en Torreón. Lleva más de una década construyendo muebles a medida, ampliando poco a poco su taller y contratando ayudantes conforme crecen los pedidos. Sus ingresos no son espectaculares, pero son constantes. Cada mes entra dinero; cada mes paga renta, compra insumos y cumple con sus compromisos. Cuando decidió solicitar un crédito para adquirir maquinaria que le permitiría duplicar su producción, el banco le respondió con una conclusión simple: sin nómina formal, sin historial crediticio amplio, sin garantía hipotecaria, no hay financiamiento.
Raúl no es un mal riesgo. Es un riesgo mal entendido. Históricamente, el sistema financiero mexicano ha operado bajo criterios rígidos. La evaluación del crédito se apoya en variables tradicionales: recibos de nómina, historial en buró, propiedades en garantía. Ese modelo funciona para el asalariado formal con activos registrados. Pero deja fuera a millones de pequeños empresarios productivos que generan ingresos estables sin encajar en ese molde.
Ahí es donde entra Open Banking. Open Banking —banca abierta—, es un modelo en el que el cliente es dueño de su información financiera y puede autorizar que esta sea compartida, de manera segura y estandarizada, con otras instituciones a través de interfaces tecnológicas. No significa abrir datos indiscriminadamente; significa que el usuario decide quién puede analizarlos y para qué.
En términos prácticos: si Raúl lo autoriza, una institución distinta a su banco puede revisar sus movimientos de cuenta, su flujo real de ingresos, sus patrones de gasto y su comportamiento de pago para evaluar su perfil completo. La decisión de crédito deja de basarse en una fotografía limitada y pasa a considerar la película entera.
La diferencia es estructural. En el modelo tradicional, el banco pregunta: “¿Tiene nómina?”. En el modelo de banca abierta, la pregunta es: “¿Tiene flujo estable?”. Se sustituye la etiqueta por evidencia.
En finanzas existe un concepto llamado selección adversa. Cuando el banco no puede distinguir con precisión entre buenos y malos pagadores, asume que todos son riesgosos. Para cubrirse, eleva tasas o restringe crédito. El resultado es ineficiente: expulsa a clientes responsables del sistema formal y deja espacio a alternativas más caras.
Por eso siguen existiendo casas de empeño y prestamistas con tasas desproporcionadas. No son un accidente del mercado; responden a una necesidad real. Miles de personas y pequeños negocios requieren liquidez y, aunque pagan puntualmente, no cumplen con los criterios tradicionales de la banca. El capital que asume riesgo está ahí y genera utilidades considerables precisamente porque el sistema formal no ha sabido medirlo con precisión.
Open Banking puede cambiar esa ecuación.
Con acceso a datos más amplios —ventas digitales, pagos recurrentes, estabilidad de ingresos—, el análisis de riesgo se vuelve más fino. Raúl deja de ser un expediente incompleto y se convierte en un perfil concreto: un negocio pequeño, con flujo consistente y trayectoria comprobable.
Más información relevante reduce incertidumbre. Y menos incertidumbre, en un entorno competitivo, debería traducirse en menor costo para el usuario. Además, la competencia bancaria cambia de eje. Durante décadas, las instituciones compitieron por tamaño, presencia física y concentración de información. Con la banca abierta, la ventaja ya no reside únicamente en acumular datos, sino en interpretarlos mejor. Gana quien entiende mejor al cliente.
En este escenario, las entidades más ágiles —bancos pequeños o fintech—, pueden adaptarse con mayor rapidez. No arrastran sistemas tecnológicos heredados ni estructuras excesivamente burocráticas. Pueden diseñar productos basados en flujo de caja real y responder en tiempos más cortos. La competencia se desplaza de la infraestructura física a la capacidad analítica. Para el ciudadano común, el efecto puede ser concreto.
Primero, mayor competencia implica mejores condiciones. Si Raúl puede autorizar que varias instituciones evalúen su historial y compitan por ofrecerle crédito, la tasa deja de ser unilateral. Segundo, la evaluación basada en datos reales permite ajustar montos y plazos a su ciclo productivo. Tercero, la portabilidad de información reduce el costo de cambiar de institución, obligando a los bancos a mejorar servicio y eficiencia.
Mi convicción es que este proceso, si se implementa con reglas claras y protección efectiva de datos, puede fortalecer la inclusión financiera en México sin comprometer la estabilidad del sistema. Permitirá que pequeños negocios productivos accedan a financiamiento formal en condiciones más justas y reducirá la dependencia de esquemas costosos.
Al mismo tiempo, presionará a la banca tradicional que no evolucione. La rentabilidad basada en información asimétrica pierde terreno cuando el usuario controla sus datos y puede elegir con mayor libertad. La verdadera competencia bancaria empieza cuando la pregunta deja de ser: ¿encaja en nuestro modelo? y se convierte en: ¿qué dicen sus datos sobre su capacidad real?. En un país con millones de emprendedores como Raúl, esa transición no es un detalle técnico: es una oportunidad para modernizar el crédito y fortalecer la economía productiva.