Las palabras importan. Y así lo deja ver la “Estrategia Antidrogas de Estados Unidos 2026”, misma que no brinda espacio para la ambigüedad: es una política de confrontación bélica total. Ya no existe “cooperación”, sino “enemigo extranjero”; ya no hay “cárteles”, hay “terroristas”; se acabó el “fentanilo”, ahora es “arma de destrucción masiva”. Washington redefine el lenguaje no como un fenómeno criminal complejo, sino como una guerra que debe ganarse.
La implicación para México es clara, más presión política, injerencia abierta y “cacería” de políticos y redes criminales (ahora terroristas). Sheinbaum ya no no puede responder con negación, mucho menos con la gastada palabra “soberanía”. La ruta responsable exige una estrategia propia, firme y creíble. Sin embargo, para Trump no será suficiente, lo sabemos.
Apostar -otra vez- por una lógica de “guerra” ignora décadas de evidencia. La experiencia en América Latina ha demostrado que la presión militar sin reducción efectiva de la demanda solo desplaza el problema, fragmenta a los grupos criminales y multiplica la violencia. Washington debería asumir su propia responsabilidad, como lo son el consumo interno, el flujo de armas hacia nuestro país y su papel en los mercados financieros para el lavado de dinero.
Empero, esta “estrategia antidrogas” no acepta la responsabilidad estadounidense, de sus propios cárteles internos, ni de sus políticos coludidos o de su demanda insaciable, en cambio, lo que realmente dice es que el problemas de drogas no es suyo y los culpables son de fuera principalmente México y China -como antes lo fue Sicilia, Marsella, Colombia-, y quien no “coopere” con Estados Unidos, será el “enemigo en esta guerra”.
Así, el gobierno de México debe ser inteligente, pues si se libra una “guerra”, como quiere Trump, esta será en nuestro territorio. Y si algo ha dejado claro la historia, es que ninguna estrategia antidrogas funciona cuando se libra como una lucha unilateral y se ignora que el problema es compartido.