Los dioses bajan en la estación Auditorio

2 de Septiembre de 2026

Los dioses bajan en la estación Auditorio

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José Pérez Linares

En las horas de regreso, la estación Auditorio recibe a quienes todavía no llegan a casa. Vienen de Polanco, de las Lomas, de Santa Fe. Traen el teléfono en la mano, la mochila al hombro, el saco doblado sobre el brazo. Algunos responden mensajes de la oficina; otros consultan el reloj con la prisa resignada de quien aún tiene por delante un trayecto largo.

El día se les nota en la ropa y en los zapatos. También en esa forma de caminar sin mirar demasiado, como si cada paso estuviera reservado para acercarse a la salida, al camión, a la persona que espera.

Entonces ocurre algo.

Una mujer levanta la cabeza. Un hombre disminuye el paso. Alguien que ya avanzó unos metros se vuelve para mirar otra vez.

La imagen ha cambiado.

Se llama Apoteosis. Más de doce mil tiras de acrílico, pintadas por ambos lados, producen distintas figuras conforme el pasajero se desplaza. No existe un punto fijo desde el cual la obra pueda contemplarse por completo. La imagen se transforma con el movimiento de quien la mira.

En otro lugar habría que detenerse frente a ella. En la estación Auditorio basta con caminar hacia el andén.

Esa es la intimidad inesperada de la pieza. El usuario no llega como visitante de una exposición. No trae tiempo ni disposición para contemplar. Llega cansado, pensando en la cena, en el tráfico, en las cuentas, en el día siguiente. La obra no lo espera en un museo ni le pide que modifique su rutina. Se cruza en su camino y, durante unos segundos, desvía la marcha.

Primero aparece una figura. Después, otra. El pasajero avanza y la imagen vuelve a cambiar. Quien viene detrás recibe una escena distinta, como si el mural no fuera una superficie inmóvil, sino una sucesión de revelaciones breves.

La estación también ha cambiado. Nuevos acabados, otra iluminación, accesos motorizados y señalética bilingüe alteraron su apariencia durante la renovación emprendida con motivo del Mundial. Después desaparecieron los anuncios, se guardaron las banderas y se fueron los visitantes. Quedó la ciudad cotidiana: la de los andenes llenos, los trenes que llegan y se van, los cuerpos que atraviesan los pasillos con la mirada puesta en otra parte.

Adrián Rubalcava, Director del Metro, comprendio que una estación de Metro necesita mantenimiento, seguridad, limpieza y capacidad para responder a sus fallas. Pero también importa la manera en que una ciudad se presenta a quienes la habitan. El deterioro no debería ser la única forma visible de lo público. Una estación puede ser, al mismo tiempo, infraestructura y lugar de encuentro con algo que no cumple una función inmediata.

En Apoteosis, Federico Kampf puso en relación a Apolo y Dionisio con Quetzalcóatl y Xochipilli. El título alude a una elevación, a una transformación. Sin embargo, el pasajero no necesita conocer las referencias para participar en la obra. Le basta caminar.

Por eso la pieza pertenece al Metro y no al museo. No exige tiempo: lo toma. Su duración coincide con el trayecto de una persona entre un acceso y el andén. No busca suspender la vida cotidiana, sino introducir en ella una interrupción mínima, una forma de belleza que aparece mientras todo continúa.

Quizá ahí esté su mayor acierto. El mural no obliga a detenerse. Invita a mirar mientras se avanza. Y pocas cosas dicen tanto de esta ciudad como esa experiencia. Aquí casi todo ocurre en movimiento: la gente envejece camino al trabajo, los barrios se transforman mientras sus habitantes siguen viviendo en ellos, las estaciones se renuevan y, antes de que alguien termine de acostumbrarse, ya forman parte del paisaje que ha dejado de mirar.

Auditorio es solo una estación. Un punto de paso para quienes trabajan en el poniente y regresan al final de la jornada. Con el tiempo se olvidarán las inauguraciones, las fotografías y las cifras. La obra quedará integrada a la prisa.

Pero habrá quien levante la cabeza. Alguien descubrirá que la imagen no es la misma que unos pasos antes. Quizá se detenga apenas un instante, quizá continúe hacia el tren.

Apolo y Quetzalcoatl habrán bajado a la estación. Y, mientras el pasajero crea estar regresando al mismo lugar de siempre, algo delante de sus ojos ya habrá cambiado.