Los méxicos que no fueron al Mundial

15 de Julio de 2026

Los méxicos que no fueron al Mundial

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Juan Pablo Gómez Zarazúa

La Copa del Mundo dejó una sensación de unidad nacional en las redes sociales y medios de comunicación en México. Con imágenes que van desde las fiestas masivas en Paseo de la Reforma hasta la convivencia entre fanáticos mexicanos y extranjeros en los Fan Fest, pareciera que el Mundial tuvo resultados muy positivos para México y demostró que la nación se puede unir, dejando las divisiones políticas y sociales de lado.

Sin embargo, esto no es del todo cierto. El Mundial no fue un acto de magia que unió al país. La gente que puede tomarse el día para ir a un Fan Fest, comprar la playera de la Selección, contratar el Pase Mundial de Vix o desvelarse celebrando en el Ángel pertenece a un sector privilegiado de la población. Según datos de la AMVO, el 68% de la audiencia del Mundial pertenece al sector “ABC+”, que incluye a los hogares con el nivel de vida más alto, con necesidades básicas de bienestar cubiertas y con excedentes de recursos para inversión, ahorro y adquisición de bienes y servicios premium.

No fue un evento que uniera a México, sino que reunió a la clase privilegiada mexicana, que suele ser homogénea ideológicamente. Esto también se ve reflejado con la convivencia entre mexicanos y extranjeros. Los medios y los comentarios en las redes hablaban de la unidad entre naciones, enfatizando cómo sí se puede convivir con personas de todo el mundo, porque no existen diferencias sustanciales. Pero los extranjeros que pudieron venir a México son también personas con un nivel alto de ingresos que comparten las mismas tendencias de consumo que esta clase social a nivel mundial.

En la actualidad hay muchas más similitudes entre un mexicano y un coreano del mismo nivel de ingresos que entre un mexicano de clase privilegiada y un mexicano que vive en la pobreza. Leslie Sklair habla de la globalización del capitalismo, que implica que las corporaciones y los grandes capitales ya no solo residen en su país e influyen en el mismo, sino que funcionan a escala global. Esto implica que los consumidores también se globalizan, llevando a que ya no nos definamos como “ciudadanos” de un Estado, sino como “consumidores” en un mercado global, lo que Sklair llama la cultura-ideología del consumismo.

El Mundial le pertenece a las corporaciones. Marcas internacionales como Coca-Cola o Adidas venden los mismos productos en todo el mundo. Lo único que cambia es el diseño que busca apelar a la identidad de cada nación. Así como en México las latas de Coca-Cola se vendieron con símbolos color verde, haciendo alusión a los Mundiales de 1970 y 1986, en Argentina las latas se diseñaron con símbolos de color azul cielo y haciendo alusión a los Mundiales de 1978, 1986 y 2022 (ganados por la Selección Argentina). Estos diseños no son un homenaje a la nación, sino una forma de agregar un valor adicional al producto ante el consumidor. Las marcas diseñan un machote base para crear identidades nacionales a través de los mismos productos en todo el mundo.

Mientras la clase privilegiada internacional se unió por el Mundial a través de un consumo homogéneo, dentro de México observamos la exclusión de los grupos menos privilegiados de la fiesta del futbol. Las marcas nos enseñan cómo vivir el orgullo nacional, con la misma estructura en todos los países, siempre excluyendo a quienes no pueden consumir. Si la unidad nacional significa consumir el mismo contenido y la misma mercancía, ¿a qué México pertenecen los manifestantes de la CNTE, las madres buscadoras y quienes viven en pobreza extrema?